Amorosa e irreverente, auténtica y solidaria, amiga de sus amigos hasta las últimas consecuencias. Así recordaremos en el Centro Pablo de la Torriente Brau a Teresita Fernández, quien nos enseñó que lo bueno que en el mundo existe obedece a que “los círculos de amor se cierran”. Ella, sin embargo, los abrió como nadie.
Desde que el primero de julio de 1967 ofreció en Bellas Artes su concierto Teresita y nosotros con los jóvenes poetas y trovadores vinculados a El Caimán Barbudo hasta este 11 de noviembre del 2013, esta maestra que canta, como le gustaba definirse, entregó sus energías y talento a promover el canto honesto y limpio, tan limpio como esa guitarra que tocó en el patio de las yagrumas de Muralla 63.
Sobre ese espacio, que ahora cumple quince años y que ella prestigió con sus canciones desde su segundo aniversario, dijo: “He disfrutado mucho estar aquí porque aquí todo es poesía (…). Este espacio ha sido una gran idea y lo que quiero es que me traigan más a menudo y trabajar más para ustedes y con ustedes”.
Y así fue. Nos acompañó muchas veces y recibió en ese lugar el Premio Pablo, la máxima distinción que entrega el Centro. Anduvo entre nosotros Pobre, nómada y libre, como el título del documental que produjo la institución y que realizó Jorge Fuentes, y que la mostró intacta en sus esencias.
Tenía 82 años, pero seguía siendo la niña ingenua y soñadora que siempre fue. La que encontraba belleza en lo feo, la que nos invitaba a tomarnos de la mano y a danzar, la que encontró la música en los versos de José Martí, la que tenía un gatico flaco al que le entregó todo su amor.