África lo merece

Por Liliam Lee Hernández

Cuando las estadísticas adquieren rostros, sentimientos, se hacen tangibles; adquieren otra dimensión. Lo que hasta ese momento era el inexplicable caos de ver, sin mirar; de oir, sin escuchar; de palpar, sin percibir puede en tan solo un segundo, en un milimétrico espacio de tiempo, trastocarse por un humano estremecimiento de la razón, a partir de ese breve instante se comienza a ver, mirando; oír, escuchando; tocar, sintiendo.

Es decidirse a no dejarse sustraer por una cotidianidad que a veces no nos da tiempo a reflexionar, que nos limita en ver como ajeno la dimensión de un problema que ofrece un sobrecogedor panorama. África trata de reinventarse a diario, de lograr más alentadores amaneceres, de convivir con sus instantes alegres e infinitas penurias, pero el destino se la ha puesto difícil a un pueblo que sin embargo, destaca por su insondable nobleza y generosidad.

Las imágenes muestran los cuerpos inertes de personitas que no alcanzaban los cuatro o cinco años, parecían dormidos, como en efímero reposo después de un vehemente día de retozo infantil, pero la realidad era otra. Aún no despertaban a la vida y ya habían sobrepasado su última vez. Tristemente ya pocos recordarán cuales fueron sus últimas sonrisas, la última de esas inocentes miradas que sobrecogen ante tanta ternura, la última de las palabras aprendidas en kiswahili, zúlu, kocsa, kisukuma, kinyamwezy, o cualquier otro, de los miles de dialectos que habla el continente africano.

Las estadísticas son más que números. Aproximadamente dos millones de personas fallecen cada año a consecuencia de la malaria. Niños menores de cinco años y mujeres embarazadas, sus principales víctimas. A pesar de la dimensión de lo que ocasiona esta epidemia en el continente africano y lo “mucho” que se hace para vencerla, las cifras no evidencian ninguna mejoría.

Las recetas, casi siempre firmadas por potencias occidentales, no están dirigidas a una cura definitiva, son apenas “jarabes” que actúan como paliativo, soluciones a medias muchas veces aceptadas por gobiernos y organismos internacionales que encaminan sus pasos hacia los derroteros marcados por el dinero.

En tan agreste contexto, una propuesta se abre camino. El Grupo Empresarial LABIOFAM desarrolla un Programa que ataca a la enfermedad desde sus cimientos al dirigir las acciones hacia el control de las larvas del mosquito que trasmite la malaria. Y esto lo complementa con el ofrecimiento de la transferencia tecnológica para lograr la sustentabilidad.

África lo merece. Es tiempo de que veamos, escuchemos, sintamos, todos los días de nuestra existencia, que en algún lugar de ese inmenso y rico continente, cada 30 segundo una vida se apaga.