Jazz band estudiantil: ¡Wat yu sei!

Jazz band de estudiantes de música en el parque del Quijote, en 23 y 12

Ese era el grito de combate de la explosiva tropa que tuve la suerte de toparme. Yo, que creía haber perdido la tarde, que me quedé con las ganas de ver a Silvio en el museo de Bellas Artes, de repente tropecé con aquel fogonazo de alegría en el centro del Vedado. Hermosa coincidencia; situados junto al flaco batallador de quimeras, en el parque de 23 y J, me encontré una turba de uniformes de secundaria armados con violines, clarinetes, saxos, trompetas, teclados, batería, bajo, congas, en fin, lo que se dice una auténtica jazz band a la vera del Quijote.

Comandados por un entusiasta y joven maestro, se batían sin complejos con lo mejor de la música popular cubana y el jazz, con la entrega y placer de un músico añejo, como si tuvieran décadas de oficio, como si no fueran una pandilla de muchachos que juegan al escondido, bailan trompo y llegan hechos “bolas de humo” a sus casas tras un día de travesuras.

La habitual marea de personas que recorre 23 a toda hora hacía parada obligada para disfrutar al menos por un par de minutos de aquellos portentos que se transformaban en Chucho e Irakere brindando bacalao con pan, en el alma negra vibrante de Jericho a ritmo de Dixieland, en los Van Van incitando a darle con el corazón, en Celia Cruz recordándonos como nadie que las penas se van cantando.

Eran una verdadera fiesta, un inefable placer para los sentidos y el corazón, la dulce comprobación de que seguimos siendo uno de los pueblos más musicales de esta tierra. También eran la confirmación de que uno de los grandes aciertos de esta utopía ha sido el sistema de enseñanza artística, el impulso y encauce de unos dones naturales que nos permiten que nazcan una y otra vez los Chucho Valdés, Rodney Barreto y Paquito D’ Rivera de mañana, ahora llamados Ahmed, “El Buti”, José Carlos.

“¡Wat yu sei!”, dijo una vez más la alegre tropa antes de terminar y que se disolviera la muchedumbre agradecida que los escuchaba. Yo, que siempre camino por las calles sumergido en mi música, deseché los audífonos esta vez, para deleitarme con los ecos de la mejor descarga de jazz de mi vida, aún resonante en mi cabeza.

Estudiantes del conservatorio Manuel Saumell en el parque Quijote de 23y J, en La Habana. Foto: Daylin Céspedes

Estudiantes del conservatorio Manuel Saumell en el parque Quijote de 23y J, en La Habana. Foto: Daylin Céspedes