Abidal
Aunque su protagonista sea un jugador de fútbol, estos párrafos no hablarán de deporte. Poco importa que giren en torno a Eric Abidal, titular del Barcelona FC e internacional con la selección francesa. Definitivamente, esta vez el fútbol no es el tema. Lo que sigue no es otra cosa que una historia de humanidad y lucha contra el infortunio.
Todo empezó con un golpe bajo del destino. A finales de julio pasado, a un niño español le diagnosticaron un tumor maligno en el cerebro. Atribulado, ciego de dolores ante la devastadora noticia, a su padre solo se le ocurrió decirle: "Tienes en la cabeza lo mismo que ha tenido Abidal en el hígado, y mañana te lo quitarán". Hombre a destiempo, el niño no lloró. "Papá -se limitó a decir-, cómprame la camiseta de Abidal. Lucharé como él y ganaré mi Champions".
La operación no podía esperar. Al día siguiente, el muchacho entró al quirófano enfundado en la elástica número "22" del Barcelona, la camiseta del moreno Eric Abidal, el mismo jugador que poco tiempo antes había lidiado contra el cáncer que se alojaba en sus adentros.
A modo de estandarte guerrero, de talismán quizás, la franela fue colgada en la cabecera de la cama una vez que concluyó la intervención. Y quiso la buena fortuna que, semanas más tarde, el padre se topara con el futbolista en una tienda X de una calle cualquiera.
No podía dejar pasar esa ocasión. Echó a un lado la timidez y se paró delante de Abidal, sereno, firme, para enseñarle fotos de su hijo con aquella camiseta y agradecerle por la esperanza que su ejemplo había sembrado en la familia.
Abidal comprendió. No dijo nada, pero comprendió. Él sabía del drama interior que atraviesan los enfermos de cáncer. Él lo había vivido en carne propia. Y a principios de enero de este año, cuando los jugadores azulgranas visitaron el hospital en la víspera de Reyes, Abidal subió al octavo piso junto a Puyol y Alexis.
No bien los seis pies del moreno traspasaron el umbral de la sala, el niño, incapaz de llorar una lágrima hasta ese momento, rompió en llanto. "Vamos, vamos, hermano, que yo estoy aquí para animarte. Yo también estoy peleando contra esta enfermedad".
Los minutos pasaron entre abrazos y emociones. A punto ya de irse, Abidal se desprendió de su Rolex Daytona y lo puso en la muñeca del muchacho. "Quiero que te lo quedes. Detrás está grabado mi nombre". Alguien trató entonces de hacerlo desistir de la idea y devolverle la prenda. "El dinero no sirve para nada. Esto para mí no tiene valor. Solo quiero que él esté feliz".
Ese día, Eric Abidal, el azulgrana, el lateral izquierdo que ha ganado todos los títulos posibles a nivel de clubes, entró en una dimensión extradeportiva. Fue como si nos desvelara que el fútbol es solamente un juego, y que lo importante es el corazón del hombre que patea la pelota.