De Madre a Patria: Fiesta de sueños

Cada pueblo tiene -o debiera tener, porque este mundo está patas arriba- el derecho de hacer sus cosas como le venga en ganas. Esto, obviamente, es lo que definimos con las cinco sílabas de "soberanía", y vale igual para encarar asuntos constitucionales que para proceder con las festividades.

Quiero decir, que dondequiera, desde Alaska a Kiribati, usted despide y recibe los años a su libre albedrío, y nadie goza de facultades suficientes para cuestionarlo. "Nadie, ni siquiera la lluvia", para recordar el viejo y permanente verso de Edward Estlin Cummings.

Hay mil y un rituales que entran en escena en el día final de los diciembres. Sé que en Polonia consumen cerezas durante la cena para atraer a la fortuna, que en Grecia queman zapatos viejos con el afán de conjurar los tropezones, y creo recordar que los franceses procuran besar a algún desconocido bajo un muérdago, cosa que -dicen ellos- le abre espacio al amor en sus hogares.

He leído también que en la fecha de marras, los venezolanos refuerzan amistades obsequiándoles hallaca (esa hermana mayor de los tamales), los japoneses dan inicio a un jolgorio que se extiende a quince días, y las solteras de Rumania caminan hacia un pozo, encienden una vela y creen ver en la oscuridad del agua el rostro de su futuro esposo.

Pródiga en supersticiones exquisitas y sabrosas creencias, Cuba tiene lo suyo. En plena medianoche del 31, mis compatriotas echan cubos de agua a la calle y disfrutan, piromanía aparte, la quema de un muñeco simbólico del año que fenece.

Fugaces, estas cosas cruzaron por mi mente hace unas horas, cuando comía la docena de uvas que la tradición impone en pueblos como España. Posiblemente usted lo sabe: la costumbre establece llevarse una de dichas frutas a la boca con cada campanada del reloj, y en medio del ritual, dar rienda suelta a los deseos y aspiraciones personales.

Es bonito. Y a mí, que me gustan las uvas y venero sus derivaciones -caramba, he logrado un trabalenguas con la "v"-, me dio gusto devorar el racimo que me correspondía. Un racimo orquestado por repiques y ahíto de esperanzas.

Ya decía Calderón de la Barca que en la vida todo es sueño. El que ande por el corredor de la existencia con la cabeza gacha, sin tener una cumbre que alcanzar ni un punto rojo en su colimador, mejor que ceda el paso. Nada de reprochable puede haber en amasar expectativas: lo terrible es mandarlas al destierro.

Por eso, entre uvas y campanadas y más uvas, yo no reparé en trazarme algún que otro propósito. Como Jano bifronte, miré atrás y adelante, y creí constatar que el camino todavía está alumbrado. Y voy por él, intentando alzar sueños donde varios palacios han caído.