La foto cubana de la Navidad

Invierno en La Habana. Foto: EFE/Alejandro Ernesto

Diciembre trae dos cosas. El frío y el Festival de Cine de La Habana. A mí me gusta el frío, pero no más que el calor. No siento predilección por una estación u otra, sobre todo porque en Cuba las estaciones son un eufemismo. Sin embargo, lo que aquí se entiende por invierno, un viento cobarde y veinte grados Celsius de temperatura, viene muy bien con los aires del festival.

La gente asiste a los cines con sus abrigos, sus bufandas y sus vestidos largos, y así, nórdicamente, le dan un toque aún más bohemio al Yara o al Chaplin, o ya, en conjunto, a las calles presurosas del Vedado, en el supuesto de que los cines de La Habana sean bohemios y en el supuesto de que las calles del Vedado sean calles, y no líneas en fuga, u otro de los tantos laberintos del subdesarrollo.

Yo creo que la mejor película cubana del siglo XXI, tendría que ocurrir en diciembre. Porque diciembre es la inminencia y es la paz. Y expresa con verosimilitud el carácter de los cubanos. Mezcla de tradición, de absurda belleza, y de malos guiones costumbristas.

Por estas fechas, cualquier actor español, cualquier productor finlandés se para frente a un público y le dice, agradecido, al borde del colapso, que no ha visto en el mundo cosa igual. Esa desenfrenada avidez por la cultura, los miles de espectadores que se aglomeran y se destrozan y que luego resucitan de sus duras cenizas para consumir algo que no es precisamente Citizen Kane.

El cinéfilo más común se mira las manos y se tantea el cuerpo y no entiende dónde está la maravilla. Eso, no otra cosa, es lo que lo hace maravilloso, partícipe de una tradición. No deslumbrarse, porque nadie se deslumbra con lo que hace a diario. En este país, tan del Tercer Mundo, ver una película sigue siendo una necesidad.

Esto, lógicamente, tiene un significado mayor. Todo tiene un significado mayor. La más mínima escena, el más insospechado primer plano, te retrata un país y luego te lo prefigura.

Solo que al otro día, cualquier periódico, o la televisión nacional, que no son extranjeros y que por lo tanto no debieran impresionarse tan clamorosamente con la realidad cubana, largan una reseña inverosímil y llenan de adjetivos lo que no debiera sujetarse a ninguna circunstancia.

¿Que Cuba es un país casi único? ¿Que las colas multitudinarias y el excesivo atuendo para tan poco invierno son exclusivos? El sujeto que intentó mirarse las manos, en la oscuridad de la sala, no entendió lo que el actor español quiso decirle, pero le cayó bien, porque le suena a elogio. Y no entendió tampoco lo que le quiso decir la prensa, pero le cayó mal, porque le parece chovinismo.

Según Borges, Edward Gibbon se percata de algo interesante en su ya legendario Historia de la decadencia y caída del imperio romano. En el Alcorán, libro árabe por excelencia, no aparece ningún camello. Alá, que era un árabe convencido, no habla de lo que para él resulta cotidiano, no lo exalta, pues no tenía porque saber, nos dice Borges, que los camellos eran especialmente árabes. Un falsario, un turista, un nacionalista árabe, hubiera prodigado caravanas de camellos en cada página. Pero Alá estaba tranquilo, sabía que podía ser árabe sin camellos.

Nosotros podemos ser cubanos sin colas, incluso sin cine, incluso, hoy, somos cubanos sin periódicos, los cuales, perdonen el atrevimiento, se me asemejan a nuestras películas en más de un sentido. No en la forma, ciertamente. No en los tópicos. No en la gestualidad. Pero sí en que al final logran convertir la tradición (o la coyuntura), lo verdaderamente sui géneris, en puro color local. Unos por muy serios, otros por muy chistosos.

Yo prefiero al chofer de la 27, que cuando trae la guagua hasta el tope sigue de largo, y en un tono muy serio, mientras señala la parada, te pregunta a ti, sí, tú, socio, tú mismo, si tienes familia entre esa gente. Solo para que le contestes no, no tengo familia, y entonces él, aliviado, quitándose un peso de arriba, pueda responderte ¡ah!, no, para que la saludes, porque yo no voy a parar.

Los choferes, ya lo sabemos, son dados a las frases célebres. Son como son. Sobre todo en diciembre. Y nunca, pero nunca, usan bufandas. Ni en la mismísima foto de Navidad.