Argentina fue eliminada el sábado de la Copa América.
Para Marcos, estudiante de medicina, amigo uruguayo.
Nunca he podido escribir sobre Argentina. He escrito de todo: esqueletos de novelas, narraciones inconclusas, notas informativas, notas interpretativas, informes burocráticos, autobiografías (cortísimas, por cierto), y entrevistas y reportajes a dos a cuatro y a seis manos.
Por si fuera poco, he escrito hasta sonetos, horribles pero felices rimas, compuestas para una o para varias muchachas en el mismo y alucinante centro de la adolescencia (a esa edad uno se enamora con inusitada facilidad, siempre al borde de la muerte).
Pero la crónica sobre Argentina, la crónica que yo quisiera escribir, aún no he podido soltarla. Llevo años esperando y no aparece.
Antes -no lo puedo recordar, solo lo intuyo-, yo le iba a Alemania, o a Holanda, o a Bélgica. Antes yo le iba a Islas Fiji. Antes, dicho de otra manera, yo no le iba a nadie. El fútbol no existía. Después, con algo más de lucidez, me empezó a gustar Brasil. Pensé que Brasil sería mi equipo, una buena elección, una elección, a todas luces, coherente, previsible. Una elección mundana, sí, pero incuestionable.
Entonces el muchacho de doce o trece años que yo era, inserto en una noche densa, en una de esas noches torpes y obesas que apenas sirven para aplastarte y que solo trascurren en los más recónditos municipios, leyó la biografía de Maradona. La leyó nueve o diez veces. La hojeó unas quinientas. Y es, al sol de hoy, junto con el Tom Sawyer de Mark Twain, el libro que más he leído. El que más leeré.
De ahí que yo, futbolísticamente hablando, haya terminado argentino. Una elección tan mundana como la de Brasil, pero a las claras cuestionable. Si no cómo se explica que a estas alturas, casi en los finales de la universidad, a punto, pues, de que la vida comience a declinar, yo no haya podido todavía hacer una crónica del fútbol argentino. Una crónica de aficionado, no una crónica de periodista. O sea, una crónica laudatoria, que hable de triunfos y de glorias y que por un momento olvide las penas y que olvide también los niños presurosos y las niñas menudas que limpian parabrisas en las populosas capitales del mundo.
He llegado a la conclusión de que la biografía de Maradona, contrario a lo que una vez supuse, me ha provocado un daño terrible. Pongamos por caso: si yo le fuera a España, o a Italia, o a México... si yo le fuera, incluso, a Estados Unidos, ya hubiera encontrado la excusa del éxito. (Porque el éxito siempre es una excusa, y no un fin, como algunos pretenden.) Pero no eso, si yo, en suma, hubiera sido consecuente, y como otros tantos me hubiera dejado encandilar por el estratosférico y surrealista fútbol de los brasileños, no me habría sucedido lo que le sucede a la gente ingenua, a la gente indecisa, a la gente que a las primeras de cambio se va detrás de una historia bien contada.
Desde los cuartos de final del Mundial del 2010, ando a la caza de la biografía de Pelé, pero el hombre se pasa la vida en protocolos, dándole la mano a embajadores y ministros, tirándose fotos, elogiando a la FIFA, sonriendo con sus múltiples trajes y con su única sonrisa de triunfador, en fin... el hombre parece demasiado ocupado, por lo que me temo nunca escribirá, o mejor dicho, dictará sus memorias.
Lo sé: no queda de otra. Argentina no gana ni una Copa América en su propia casa. La derrota ante Uruguay me ha dejado algo de bronca, pero no de dolor.
Me ha dejado algo de bronca porque como conjunto los albicelestes son un cadáver, espectros sobre la cancha moviéndose a deshora, en una especie de danza siniestra, y porque evidentemente algo anda mal, algo que no son lo jugadores, que no es Messi algo que no es ni siquiera Sergio Batista (ahora la excomulgarán, pero el hombre solo es otra víctima), algo que, me atrevo a asegurar desde la distancia, atenta contra la mística, y que tiene su rostro pero que sin dudas supera a Grondona, un tipo, por otra parte, bastante gris, de una grisura tal hasta el punto de sugerirle a Messi que, en respuesta a las críticas de los hinchas, se largue a jugar a España, y que no regrese más. En mi país eso tiene un nombre. Desconozco cómo será visto Grondona en Argentina, pero si sé cómo lo ve Menotti, el hombre, entre vivos y muertos, que más sabe de fútbol en este planeta.
La derrota de este 16 de julio de 2011, sin embargo, no me dejó dolor porque fue ante Uruguay, y porque si eso no bastara, la derrota confirmó varias cábalas, varias conjeturas, y le dio belleza, estética supra o extradeportiva al fútbol latinoamericano. Hacía 61 años del Maracanazo, y quizás los uruguayos recordaron aquella trepidante y concisa frase de Obdulio Vareta (una lápida, una filosofía), dicha minutos antes del partido contra los brasileños: "cumplido solo si somos campeones". A su vez, el estadio de Santa Fe se ha ganado el elogio (sí, porque es un elogio) de "Cementerio de los Elefantes". Un espacio idóneo para redimirse, un reducto de esperanza para los débiles, para el humilde, para el que nadie da de favorito, ni siquiera los teólogos de la liberación. El partido Argentina-Uruguay, entonces, confirmó reglas hermosas.
En cambio, la derrota ante Alemania, el pasado 3 de julio de 2010, en el estadio Green Point de Sudáfrica, no confirmó nada. Fue un penal en el alma, un off-side en las vísceras, un tremebundo fuera de juego, pues nadie lo esperaba, o sí, había gentes que lo esperaba, pero no yo, que con pavorosa candidez me senté a ver el partido, con la certeza de que solo era posible una victoria, pero siempre, en todos los encuentros, ambas cosas son posibles, la victoria y la derrota. Y esto, perdonen la digresión, es importante no olvidarlo, porque en caso de olvido uno puede terminar tocado, indefenso, abatido, uno puede terminar, no le demos más vueltas, llorando.
Como ocurrió tras la final del Clásico del 2006, cuando era imposible que Cuba perdiera ante Japón y así, sin más, perdimos, y de golpe, con tanto esfuerzo que lleva un poema, se nos jodió toda la poesía, se nos jodió la estética, se nos jodió la inmortalidad.
Y así más o menos sucedió la mañana de aquel 3 de julio, en la que yo pensé, por la angustia casi sin límites, y contradictoriamente para mi felicidad, que me estaba convirtiendo en un latinoamericano a ultranza, pero la verdad yo no sufría ni por el continente, ni por Argentina, ni por Maradona. Yo sufría como hubiera podido sufrir un chino o un europeo. Sufría porque, una vez más, no podía escribir mi crónica, porque me quedaba mudo, con tanto por dentro y mudo, que es lo peor que a uno le puede pasar, tener algo por dentro y no poder sacarlo.
Lo bueno que tiene la Copa América es que siempre la gana un latinoamericano. Por eso aprovecho ahora, porque la derrota fue ante Uruguay, y desde lejos, sé que desde cerca no, pero desde lejos parece una victoria. Y porque si me pongo a esperar, quizás la poesía no aparezca nunca. Y la poesía, creo yo, hay que salir a buscarla, hay que husmearla y traerla de vuelta. Por los cabellos, arrastrada. Poesía que no vocifere y que no sangre y que no se desgreñe no es poesía
Desde que sacaron a Maradona del Mundial del 94´, Argentina arrastra algo que no es, pero que bien pudiera ser una condena. Quiere zafarse, pero no puede. Hay versos así, versos siniestros, versos persistentes. El último evento importante que ganaron fue la Copa América del 93´. Yo tenía, para entonces, poco más de tres años. Es decir, todavía no le iba a ningún equipo. Es decir, el fútbol no existía. Era un lugar remoto. Era una luz lejana. Como la poesía. Como el sol.
Nota:
Al término de esta crónica, Venezuela derrotaba a Chile dos goles por uno, en el último de los partidos de cuartos de final de la Copa América 2011. De modo que los cuatro favoritos de los entendidos, Colombia, Argentina, Brasil y Chile, quedaban eliminados. A su vez, Perú, Uruguay, Paraguay y Venezuela, avanzaban a las semifinales. Algo inaudito, sobre todo si tenemos en cuanta que Brasil falló sus cuatro intentos en la tanda de penales ante Paraguay. Lo cual pudiera entenderse, o al menos yo lo veo así, como parte de la estética supra o extradeportiva del fútbol latinoamericano. A otros, tales resultados les parecerán un disparate. A mí me parecen una belleza.