Liga Mundial: los coreanos son una eterna sonrisa (+ Fotos)

Nadie o muy pocas personas se lo explican, pero es así. Pase lo que pase, aunque apabullantemente los reduzcan, los coreanos siempre muestran rostros afables. De divina inocencia, de imperturbable jovialidad.

Aunque pierdan por diez puntos de diferencia, aunque no quede la más remota esperanza, aunque un servicio potente los golpee, o, en el mejor de los casos, los descoloque. Así le ocurrió a O. H. Yeo -quien, dicho sea de paso, por su efectiva plasticidad linda con lo surrealista- en el encuentro de la madrugada del domingo, tras un saque de Fernando Hernández. Y cuál fue, de inmediato, la respuesta del líbero. Pues ni más ni menos. Una sonora carcajada.

Hasta las coreanas del público sonríen, lo cual hace pensar que no saben nada de voleibol y asisten a la sala solo para tocar a la amiga, y mostrar esa asiática perplejidad que tanto tiempo han ensayado frente al espejo cuando la cámara, por fin, las enfoca y ellas pueden, entonces, disfrutar de unos pocos segundos de fama, mientras piensan en la abuela o en el enamorado que a esa hora las debe estar observando desde la casa.

Y nunca, pero nunca, sospechan que del otro lado del mundo, donde perfectamente pueden ser la una y diez, o las dos y cuarto, o ya, de súbito, las tres de la madrugada, existen cientos de miles de aficionados que en las salas de sus casas, en el puesto de guardia, o en la cafetería del municipio, también, a pesar del sueño, se despachan a placer.

Ya Cuba es segunda del grupo. Cinco victorias y tres derrotas. Ha enfilado de lleno hacia Polonia, hacia la ronda final. Y nadie descarte la pugna por el primer cupo. Italia no está lejos. Es más, esos seis puntos son ahora mismo su única ventaja. Puramente cuantitativa. Su derrota ante Francia, y el nivel mostrado por los cubanos ante Corea fueron claros anuncios.

Obvio, aún resta muchísima Liga Mundial, y la reciente versión del equipo cubano todavía es más que perfectible. Sobre todo para la última fase (si en definitiva la última fase pasa de la hipótesis y se materializa).

El servicio y el ataque: mortíferos. Y eso ante un conjunto de bien ganada reputación por su recibo y su defensa de campo. En lo adelante -hasta Ban Ki Moon lo sabe-, el servicio y el ataque serán concluyentes, así como la oportuna y gradual incorporación de Isbel Mesa, quien se vio seguro y dispuesto, con categoría en la net, a pesar de los pocos minutos en cancha.

En el bloqueo, también resaltó Yoandri Díaz. Y a la hora de entenderse con Henry Bell. Lo cual me lleva, ipso facto, a conjeturar.

Tal compenetración solo se explica porque ambos jugadores son, digamos, de la vieja guardia, de aquel conjunto medallista de bronce en el 2005, pues todavía no comprendo cómo el pasador cubano alcanza niveles tan bajos de eficiencia a la hora de repartirle mikasas a Fernando Hernández y a Wilfredo León.

Sencillamente no se articulan. Pases bajos. Pases raros. Pases incómodos.

Insisto en la labor de lo que se supone debiera ser el estratega del conjunto. Porque, a mi juicio, los sets se nos complican demasiado debido a la simple falta de variedad, a evidentes y extensas lagunas tácticas.

Otros graves problemas, como la recepción, ya son males de fondo. E infiero yo que solo se remedian con mucho entrenamiento. O quizás con algo más, con algún sedimento cultural o epistemológico, con una rara alquimia que le ha sido negada por completo a todos y cada uno de los equipos cubanos de voleibol.

En todo caso, el recibo no se resolverá en dos semanas, o sea, no se resolverá en lo que queda de ronda clasificatoria. Pero los errores mentales se subvierten en segundos.

A la selección quizás le falte, ahora mismo, un poco de idea, pero por edad resulta admisible. Lo que no debe faltarle es el ímpetu. Ni la confianza. Ni la soberbia. Eso sí, que no hagan tampoco como los coreanos. Quienes no necesitan una causa razonable para hacer de los partidos una fiesta. Uno no sabe si admirarlos o si reírse (también) de sus carnavalescos rostros. Son un espectáculo. Una comedia.

Tal vez se comporten así en todo lo demás. Y hagan el amor o el odio entre contagiosas algazaras. Lo cual no estaría del todo mal.

Yo lo intento, pero acostumbrado al melodrama de las telenovelas, no sé, todavía no me los puedo imaginar en una iglesia. Ni en un velorio. Mucho menos en una tesis de graduación.