Strike 3: Papá Montero

"Escribe sobre las viejas glorias del béisbol", me pidieron en varias ocasiones. Pero de modo inevitable surge siempre un tema de actualidad que me convida a un comentario o crónica, y la referencia a los inmortales de antaño queda postergada. Hoy no será así...

Paseemos un instante de la mano del gran Adolfo Luque, el mítico Papá Montero, el primer cubano y latino que llegó a ser considerado estelar en la pelota profesional norteamericana.

El hombre que llegó a las Ligas Mayores en 1914 con los Bravos de Boston. El coloso que fue champion pitcher en 1923 para orgullo de los Rojos de Cincinnati, al terminar con foja de 27 triunfos, solo ocho reveses y 1,93 carreras limpias por partido. El vejete gruñón que más tarde hizo historia como manager en el campeonato criollo.

Era un carácter. Y para probarlo, cada historiador tiene una anécdota. En lo particular, a mí me fascina la siguiente:

Corría el entrenamiento primaveral de 1924, y los Cardenales de San Luis le habían dado la oportunidad de adiestrarse junto a ellos al joven Stan Smith, quien había lucido inmenso en las categorías inferiores.

El novato era un tipo arrogante, y pensaba que entre la elite igual podría desforrar la esférica. De hecho, las primeras veces al bate le dieron razones para el engreimiento, pues le pegó tres hits al abridor del choque preparatorio contra el "querido Cinci".

Entonces los Rojos enviaron a un relevista. Un relevista que no era otro que el gran Luque. Y  mientras éste conversaba brevemente con su receptor, a Smith le llamó la atención el acento de aquel pitcher. El diálogo no se hizo esperar...

-¿Qué idioma es ese que hablas?

-Español.

-¿Y como te llamas?

-Adolfo Luque.

-¿Adolfo qué?

-Luque, dijo con evidente fastidio el cubano.

-¿Y de dónde eres?

-De Cuba.

-¿Cuba? ¿Dónde rayos queda eso?

-Al Sur de Brooklyn, respondió Luque indignado.

En ese momento, el árbitro rompió la dilatada charla, y solo se escuchó una frase mitad amenazante, mitad premonitoria: "Ahora tú vas a saber dónde queda Cuba".

Lo primero fue una recta pegada que Smith dejó pasar. Luego vino otra recta hacia la otra esquina. "Strike two", gritó el umpire. Y cuando el confundido jovenzuelo esperaba quién sabe qué cosa en el home plate, una curva le dio el tiro de gracia.

Anonadado, Smith no se movió. Parecía congelado en el cajón. El catcher lo sacó del mal momento:

-No te acongojes, le dijo. Ese señor ganó 27 juegos el año pasado en Grandes Ligas.