Strike 3: Al árbitro le toca "la más fea"

Varios lectores solicitan un comentario sobre el arbitraje, preocupados por lo que ellos consideran un mal desempeño de los encargados de impartir justicia en el pasatiempo nacional. Pues bien, aquí está -sin pelos en la lengua- mi opinión.

Ante todo, confieso que me desagrada la costumbre de encubrir los errores arbitrales bajo el manto de "son seres humanos y tienen derecho a equivocarse". Sí, verdad, los humanos nos pasamos la vida equivocándonos, pero nuestros dislates a menudo nos deparan consecuencias negativas. A los árbitros, no.

Quiero decir, si yo escribo un sinfín de disparates, se prescinde de mí. Si un albañil es chapucero, difícilmente lo contraten. No obstante, si un árbitro yerra a menudo, aun cuando sea en típicas jugadas "de apreciación", ¿qué le sucede?...

Definitivamente, hay árbitros que no están aptos para cumplir con su trabajo. En unos casos, porque no tienen una zona establecida para los conteos en el home, y por ese camino vuelven literalmente loco al bateador. En otros, porque han entronizado la costumbre de decretar el out en (casi) todas las jugadas "chiquiticas", o porque carecen de suficiente autoridad para imponer la disciplina en el diamante.

Sostengo todo eso. Sin embargo, no tolero la falta de respeto hacia estos hombres. Seguro estoy de que ellos no quieren errar, y de que el mundo se les viene encima cada vez que la afición les grita horrores.

(Recordemos que los mejores peloteros se ponchan, y le hacen swing a bolas malas, y pifian al fildear, y ejecutan algún corring nefasto. Mas por ello no dejan de ser idolatrados por las gradas. Al árbitro, admitámoslo, le ha tocado bailar "con la más fea").

En torno al tema, voy a contarles una anécdota relacionada con un gigantesco desliz arbitral ocurrido en un partido de la última campaña de la pelota profesional norteamericana.

El lanzador venezolano Armando Galarraga estaba a un out de conseguir el sueño mayor de todo pitcher: un juego perfecto. El último bateador conectó un rolling inofensivo, el tiro llegó con tiempo a la inicial, pero el árbitro cantó "safe".

¿Quién actuaba en primera? Nada menos que un árbitro con 23 años de experiencia en su profesión, al que los propios jugadores habían elegido tiempo antes como el más capacitado del campeonato.

Jim Joyce -tal es el nombre del infortunado- no olvidará jamás aquella noche del dos de junio de 2010. No olvidará los infernales abucheos, ni las amenazas de muerte que recibió posteriormente. Como él mismo lo ha dicho: "Yo no puedo ni explicar el sentimiento, porque no hay palabras. Fue casi peor que la muerte de mi padre. Así de mal me sentí".

Pero el deporte sabe -y mucho- de momentos sublimes. Galarraga, el único perjudicado por la pifia de Joyce, no dudó en perdonarlo. Es más: lo abrazó sentidamente mientras el pobre árbitro, bañado en lágrimas, le pedía disculpas en inglés y en español.