Carlos Tabares robándose una base.
Uno de los aspectos básicos del juego de pelota donde más se resiente la Serie Nacional -esto, desde hace varios años ya- es la escasa utilización del robo de bases, recurso que por un lado secunda los esfuerzos de la ofensiva, y por el otro aporta un exquisito toque de espectacularidad a los partidos.
Grandes robadores de bases hubo siempre en el béisbol cubano. Para muestra, estos botones de la etapa revolucionaria: Ñico Jiménez, Wilfredo Sánchez, Víctor y Germán Mesa, Eduardo Paret, Enrique Díaz...
Sin embargo, esa clase de personaje es cada vez más esporádico, y ahora el principal mecanismo para avanzar almohadillas es -¡qué horror!- el toque de bola.
Tanta es la subestimación por el robo, que hasta los juegos de este martes, en la Serie Nacional se estafaba menos de una base por encuentro (55 intentos exitosos en 57 choques), pese a que, como sabemos, nuestra pelota exhibe un elevadísimo promedio de embasados.
Hago una salvedad: se roba poco, y para colmo el arbitraje desestimula dicha práctica: bastante vieja es su tendencia a cantar 'out' la inmensa mayoría de las situaciones apretadas en las almohadillas.
En el béisbol, el acto de robar alcanza un inefable grado de sutileza, y por ende, no es cualquier jugador el que se puede dar el lujo de emprenderlo. Quiero decir, esta es una tarea de especialista, y para desempeñarla no basta, por ejemplo, con tener piernas ágiles (de ser así, Amado Zamora habría sido un as de las estafas).
Las estadísticas de los más recientes campeonatos insulares prueban que faltan estabilidad y persistencia en nuestros robadores: hace tiempo no se repite un líder en el departamento, en el grupo de vanguardia se alternan los nombres, y las cifras oscilan de modo llamativo. Digamos, en la Serie 45 se impuso Carlos Tabares con 24 estafas; y de entonces acá, triunfaron Yoandri Urgellés (27), José Julio Ruiz (32), Yoelvis Leyva (22) y Marino Luis (35).
Si echamos un vistazo a sus últimas cinco temporadas, enseguida nos percatamos de que en las Ligas Mayores la situación es diferente: allí los números de liderato se han movido entre 68 y 81 robos, y prácticamente son los mismos peloteros -Juan Pierre, Carl Crawford, Chone Figgins, Ichiro Suzuki, B. J. Upton, Michael Bourn...- los que discuten el premio cada año.
Contra viento y marea, la pelota cubana ha salido adelante cada vez que la adversidad se ceba en ella. Disponemos de la materia prima, que es la calidad innata del pelotero criollo, y de la técnica para producir (léase, el conocimiento beisbolero). Pero estamos perdiendo la batalla de ir a la par del mundo. El escaso ejercicio del robo de bases es tan solo la punta del iceberg.