La Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad denuncia la desaparición de los militantes argentinos, secuestrados tras viajar a llevar ayuda humanitaria al pueblo palestino.
Uno de los rasgos más nítidos de esta fase del imperialismo y su articulación transnacional es el castigo sistemático a la solidaridad como acto humano y militante. No se trata de un hecho aislado ni de un efecto colateral; se persigue, se estigmatiza y se desaparece a quienes deciden tender puentes donde el poder levanta muros.
Frente al bloqueo criminal contra el pueblo palestino, la respuesta de Paula Giménez y Lucas Aguilera no fue la indiferencia ni el cálculo, sino el desprendimiento. Eso que hicieron —llevar alimentos, medicamentos, presencia— es un acto profundamente político, y por eso se lo castiga.
El imperialismo sabe que su capacidad de reconfiguración hegemónica no depende sólo de los bombardeos ni de los bloqueos, sino de los límites que la articulación y la alianza entre movimientos puedan realmente ponerle. Sabe que una unidad eficaz entre quienes resisten es su verdadera amenaza. Por eso su estrategia no se reduce a masacrar, asfixiar y/o aislar a un pueblo, sino que buscan separarlo de todo aquel o aquella que pueda acudir a acompañarlo en su suerte.
El silencio que rodea este caso no es neutro, no es demora burocrática ni falla diplomática, es la expresión local de esa estrategia. Se busca que solidarizarse con Palestina sea un peligro, que la ayuda humanitaria sea leída como amenaza, que el internacionalismo militante quede fuera de toda protección estatal. Se busca borrar todo acto de desprendimiento dotado de contenido político. Con su remedio del terror quieren evitar que se expanda esa solidaridad activa y amputar los ejemplos de humanidad.
Pero lo hacen porque saben que la solidaridad y el internacionalismo se contagian, producen una nueva ética y anuncian una sociedad de nuevo tipo. Paula Giménez y Lucas Aguilera son una expresión viva de esa sociedad en el presente. Son militantes que encarnan lo que el poder teme, la disposición a cruzar fronteras no para invadir ni saquear, sino para cuidar, para hermanarse, para gritar injusticias, para hacer visible y propio el dolor de todo un pueblo. Eligieron estar donde el mundo mira para otro lado. Y por eso hoy están desaparecidxs.
Exigimos una prueba de vida. Exigimos que el Estado argentino cumpla con sus obligaciones y no priorice sus mezquinos intereses geopolíticos por encima de la vida sagrada de nuestra gente. Exigimos que la comunidad internacional se pronuncie de un modo fuerte y decidido. Pero exigimos también que el ejemplo de Paula y Lucas se multiplique. Porque sólo así, cuando el imperialismo y sus títeres de turno tengan que armar una prisión en la que ya no quepamos todos y todas las internacionalistas del mundo, entonces comenzará nuestra hora.
La hora no solo de nuestra resistencia, sino de la victoria definitiva, la de la humanidad, la del fin de la prehistoria salvaje del capitalismo. Y Gaza será entonces la capital del nuevo mundo, ese lugar al que iremos a recordar y a recuperar el último genocidio para que, entre otras muchas cosas, la felicidad de las niñas y los niños no siga siendo masacrada con bombas.
(Tomado de Resumen Latinoamericano)