De Carahatas a Playa La Panchita: “Estamos vivos para hacer la historia”

Una coraza de cayos resguardó a Carahatas. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Al salir de “Isabela” una pregunta nos martillaba la cabeza: ¿Cómo estarán Carahatas y “La Panchita”? Amenazaba diluvio, pero íbamos en una camionetica roja con atribuciones de alfombra mágica, entonces, valía la pena intentar buscar un puerto seguro.

‘Carahatas primero’, coincidimos, aquella bahía intrainsular que el Padre Las Casas rebautizó como “Cazaharta”, cuando a orillas del Río Majá los indígenas lo agasajaron con abundante caza, cientos de papagayos cubanos.

Llegamos preguntando por las historias que “Irma” había dejado en el pueblo de pescadores de Quemado de Güines. “Busquen a Robertico, que él les cuente”, nos redireccionaban los marinos. ‘Definitivamente tenemos que ver a Roberto, el cacique de Carahatas’, pensé. “Vayan a la Cooperativa Pesquera”, gritaron desde un portal.

Al llegar a la UEB Ambrosio Francia León, en cuyas oficinas radica el Consejo de Defensa de la Zona, nos recibe su presidente, antes de preguntarle por los daños, los materiales y la recuperación, le digo: ‘¿Quién es Robertico?’. La autoridad contesta de un tajo: “Un servidor”.

Carahatas blindada

En este pueblo villaclareño las casas nunca se cierran. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Roberto Vivero Abreu asegura que una coraza de cayos resguardó a Carahatas de “Irma”. “Esto es una bahía de bolsa, cerrada, como le decimos nosotros, la cayería que tenemos al frente nos protegió muchísimo, incluso de las penetraciones del mar, la altura de las olas no fue considerable, además, aquí la costa no es tan baja”, explica el patrón de barco.

“Robertico conoce los ajetreos de una Zona de Defensa desde 1985”, comenta José Martínez, el carpintero del puerto que se pone camisa a cuadros para hablar con una visita: “Lo mío es suave, dos planchas, tres tablas y unas puntillas. Robertico, mijo, ¿cuándo me vas a traer las puntillitas?”, reclama el ebanista.

La casa de José ha resistido tres huracanes —Kate, Michelle e Irma—. “Pero cuando el río suena yo me voy y me llevo todo lo que pueda. En una carretilla fue todo para ‘La Llamará’ —así le dicen a las biplantas, 58 casas que fueron construidas a una distancia prudencial de la línea de costa después del huracán Michelle—. Ah!, eso sí, en cuanto pasa el fenómeno yo cabeceo y vengo echando pa´ mi casa, a ver qué me dejó”, asegura Martínez.

“Mira pa´ allá —señala José—, esa casa azul es de Cari y Juan, ellos cuando comienza la temporada ciclónica se van y regresan el 30 de noviembre. Aquí todo el mundo toma sus providencias, aprendimos a palos, con el Michelle”.

“Aquí se evacuó todo el mundo, después que evacuaron todos los equipos electrodomésticos y las pertenencias. La costa se quedó desolá, todo se llevó para la nueva comunidad, que se hizo después del Michelle, el último ciclón que arrasó con nosotros.

“Muchacha, aquello fue desastroso, el nivel del agua subió a 1.70 metros, ahora no, quizás un poco más de 80 centímetros. No está científicamente medido, pero lo hemos sacado por las marcas de agua que dejó Irma en las paredes. Aunque esta vez, las rachas sí fueron fuertes, un ‘vientazo’ de 200 a 250 km/h”, cuenta Roberto Vivero, presidente del Consejo de Defensa de Carahatas.

Después del 9 de septiembre de 2017, el día que el huracán Irma azotó con rabia la costa norte villaclareña, “se movilizó todo el mundo. Los escombros se desaparecieron del pobladito, en una carreta, en carretillas”, afirma Liset Pérez, la esposa de Heidi, un pescador escamero cuya casa tiene como patio el mar.

“El ciclón desmanteló el frente, los laterales, el baño. Ya la comisión vino y certificó, pero nosotros no podíamos sentarnos a esperar, porque tenemos dos niños, uno de 4 años y otro de 9, y ellos necesitan tener un hogar seguro para dormir, una estabilidad. Entonces, nos prestaron unas tablas y ya forramos todo el frente de la casa. Así vamos resolviendo. Entra para que veas”, invita Liset.

La madre quita el gancho de la puerta y comprobamos que, aunque todavía la brisa dialoga con la posible arquitectura, sus hijos tendrán una casa fuerte, porque el hogar ya se lo han construido sus padres.

Aunque todavía la brisa dialoga con la posible arquitectura, los hijos de Liset y Heidi tendrán una casa fuerte, junto a ellos, Roberto Vivero, “el cacique de Carahatas”. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

La mar no entiende

A Roberto Vivero Abreu no le hace ninguna gracia que los huracanes se empeñen con su pueblo y que los vecinos pierdan — una y otra vez— sus bienes: “Pretendemos que la gente que permanece viviendo en el litoral, vaya reubicándose en la comunidad, porque antes un ciclón fuerte era cada 20 años, ahora no. Analice cuántos hemos tenido en los últimos 10 años. La gente me lo dice, sobre todo los que perdieron sus casas completamente, ‘ahora voy a levantar mi casita de sus cimientos, voy a invertir lo que tengo y lo que no tengo, viene otro y me lo vuelve a tumbar, pues me voy, a construir más pa´ allá, que es más seguro’. La mar no entiende”.

Carahatas tiene 676 habitantes. “Todos somos familia, los que viven en la costa y quienes residen en las biplantas. Eso facilita la evacuación, porque las casas de las familias siempre están abiertas, y los que no son familia también, porque todos somos gente de mar y hemos vivido experiencias similares, cada cual aquí tiene su propia historia”, asevera Roberto.

Refrendan los lugareños que las biplantas de este poblado costero de Quemado de Güines se construyeron en la zona más alta, que están fuertes y sus moradores se sienten seguros. “Además, mi alma, no está tan lejos de la costa, los pescados llegan frescos a casa”, reconoce el carpintero José, aunque a él no hay quien lo arranque del litoral. La comunidad posee 376 casas, incluyendo las 58 biplantas.

“Tuvimos 66 derrumbes parciales y 4 totales, además se afectaron 69 techos en parte y 3 completamente. Estamos trabajando en la entrega de materiales, priorizando las afectaciones en los techos, para que la gente se pueda guarecer, que pongan sus dos o tres planchitas rápido para que puedan ayudar a los que tardarán más en levantarse, que son los derrumbes parciales o totales”, explica su método de organización el presidente.

“Traemos los materiales según la cantidad de expedientes que atendamos en el día, por ejemplo, hoy tenemos listos 31 casos de techos parciales, pues ahí tenemos los materiales que ellos necesitan, no más. Solo tiene que venir a recoger sus planchas el que se le avisó, aunque tengamos todos los insumos, ellos saben que unos van a coger primero y otros después, entonces, hay que organizarse. Aquí todo el mundo me conoce. Mañana en la tarde definimos 10 expedientes más, pues pedimos los recursos y al otro día ya los entregamos”, asegura Roberto.

En Carahatas también perdieron los techos la Escuela Primaria Ciro Redondo, la Sala de Lectura Enrique Núñez Rodríguez y la Casa de Cultura Fabio A. Landa, así como el muelle y el Centro Recreativo, situados a orillas del mar.

Da la impresión que en este pueblo villaclareño las casas nunca se cierran, las puertas permanecen abiertas y a través de ellas se abre el paisaje: un barco entra en el puerto, los pescadores regresan a casa y el pueblo recobra su semblante.

“Ayer, un pescador salió a dar una vuelta en el barco y encontró en la cayería que está al frente un tanque que es de su casa, dice que vio con los prismáticos un tanque y pensó ‘déjame ir allá’. Increíblemente era su tanque, se lo estaban poniendo delante para que lo fuera a buscar. La mar se lleva muchas cosas, pero poco a poco te las te devuelve también”, afirma Roberto, “el cacique de Carahatas”.

“La Panchita”, sin nervios

En Playa La Panchita, las biplantas de madera permanecen en pie, resistiendo el vendaval. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Al final de la tarde entramos en Playa La Panchita, Corralillo, uno de los destinos de vacacionistas más populares de la provincia de Villa Clara. Esquivando un enjambre de mosquitos encontramos a Claribel Conte.

A esta señora con cara de buena gente le pregunto por qué permanece allí un asentamiento poblacional, a sabiendas de estar expuesto a todos los fenómenos climatológicos que despiertan la furia del mar. “Hija, los ‘playistas’ no tenemos nervios”, afirma sosegada.

“He pasado por muchos, pero nunca como este. Loca estoy por irme de la costa, y parece que lo voy a lograr. Antes del paso del ciclón ya me habían aprobado un subsidio y voy a construir más allá, cerca de los edificios del ‘Kate’, por las casitas del ‘Michelle’ —después del paso de estos huracanes el asentamiento fue desplazándose más allá de la franja de riesgo—. Ayer con tres horas de lluvia se volvió a inundar toda esta zona, es muy baja, no se puede vivir en ese sobresalto”, refiere Claribel.

Esta criolla perdió todo el techo de su casita. “Entre mi esposo, mi hijo y yo recuperamos algunas tejas, pero está lloviendo mucho y ahí no podemos estar, el vecino me prestó su casa”, dice Conte en un suspiro.

¿Quién es tu vecino?, pregunto. “Emilio García se llama, es temporadista —propietario de una casa de veraneo—, vino a revisar su casa y todo estaba bien. Al ver cómo había quedado la nuestra, nos dijo que no nos preocupáramos, que él nos iba a prestar la suya hasta que llegaran las vacaciones. Tengo miedo que no pueda terminar antes la mía, pero todavía falta”, cuenta Claribel.

En Playa La Panchita, la embestida del mar avanzó casi un kilómetro hacia dentro. De las 135 viviendas del asentamiento, 71 están dentro de la zona costera de riesgo y “la gran mayoría de ellas fueron afectadas”, resume Ángel Ernesto Sánchez, presidente en funciones del Consejo de Defensa de Zona.

“La Defensa Civil trabajó casa a casa, se repartieron las guías familiares para que la gente se preparara, se evacuó todo el asentamiento, incluidos los 19 viejitos del Hogar de Ancianos, no me lo vas a creer pero los playistas salieron hasta con sus puercos y gallinas para el Centro de Evacuación en Rancho Veloz”, rememora el joven.

Claribel asiente y dice: “Pero yo me puse fatal. Soy auxiliar de limpieza en la Escuela Primaria Carlos Casanova Reinoso y después que pusimos a buen recaudo los materiales y medios decidí llevar mis equipos para allí, nunca pude imaginar que aquellos canelones fueran a volar, pues sí, la escuelita perdió todo el techo y mis equipos se destruyeron. Por suerte habíamos recogido la base material de estudio de los niños que viven en las casas en riesgo y no se perdió ni un lápiz”.

“La escuelita está reubicada en dos casas de temporadistas, hasta que la arreglemos, pero pronto tendrá su techo nuevamente”, apunta Yipssi Dayamí Bravo, la vicepresidenta del Consejo de la Administración de Corralillo, quien desde el 4 de septiembre, cinco días antes que “Irma” llegó a “La Panchita”.

Junto a Yipssi recorremos parte del poblado, que aún conserva sus biplantas de madera en pie, vemos cómo las luces se van prendiendo y el patio de materiales de la construcción va llenándose de planchas de fibrocen y bloques, “mañana se espera que entre el cemento”.

Claribel continúa en el portal de Emilio, soñando con el suyo en Playa La Panchita, pero lejos de las olas, esas que a veces odia y a veces ama: “Aquí nací, formé mi familia y, si me siguen ayudando, construiré mi casita. Perdimos los colchones, los ventiladores, la casa, pero estamos vivos para hacer la historia”.

Claribel Conte, en el portal de su casita. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

El muelle de la Cooperativa Pesquera de Carahatas. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

“La mar se lleva muchas cosas, pero poco a poco te las te devuelve también”. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Después del huracán Michelle, en Carahatas se construyeron 58 casas a una distancia prudencial de la línea de costa para los que lo habían perdido todo. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

José Martínez, el carpintero del puerto de Carahatas. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

“Entra para que veas”, invitó Liset en Carahatas. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Roberto Vivero, presidente del Consejo de Defensa de Carahatas, y Osmel Corso Pérez, jefe del Grupo de Trabajo Político Ideológico de Quemado de Güines. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

La casa de José ha resistido tres huracanes: Kate, Michelle e Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

La Cooperativa Pesquera de Carahatas recuperó la parte principal del puente a 20 días del paso de “Irma”. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Claribel Conte, residente de Playa La Panchita. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

La Escuela Primaria Carlos Casanova Reinoso perdió el techo, pero resguardó todos los materiales y medios de enseñanza. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

En Playa La Panchita, la escuelita fue reubicada en dos casas de temporadistas. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Escuela Primaria Carlos Casanova Reinoso, poblado Playa La Panchita. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.