Por Íñigo Sáenz de Ugarte
Después de siete años de trabajo, era de esperar que el informe definitivo de la comisión Chilcot sobre la intervención británica en la invasión de Iraq tuviera dimensiones descomunales. El resultado final con anexos y la transcripción de las comparecencias es tres veces superior a la Biblia y a todas las obras escritas por William Shakespeare.
Pero eso no es lo más importante. Lo más llamativo, casi hasta sorprendente, es que el veredicto final es concluyente. Es toda una condena a la conducta de Tony Blair y su Gobierno antes de la guerra de Iraq, y por extensión se puede considerar una condena a la aventura imperial que acabó con el derrocamiento de Sadam Hussein y el inicio de una serie de acontecimientos catastróficos cuyas consecuencias continúan persiguiendo a Oriente Medio, Europa y EEUU.
No hay que bucear entre todas las páginas del informe ni tampoco fijarse con cuidado en las 150 páginas del resumen. Está todo en la declaración que el presidente de la comisión leyó al presentar las conclusiones. Ahí aparecen las críticas directas y sin ambigüedades a las razones que se dieron para justificar la invasión, a la planificación (o falta de ella) de las operaciones militares y a su justificación.
Hay muchísimo más que contar, pero creo que este párrafo resume la intervención de Chilcot y las conclusiones de siete años de investigación.
En resumidas cuentas, es lo mismo que pensaban las personas que se manifestaron en las calles de Londres contra la guerra, lo que advirtieron algunos expertos que tuvieron la oportunidad de comunicar sus opiniones en persona a Blair, lo que dijeron o temían muchos diputados laboristas, y en especial Robin Cook, que presentó su dimisión como ministro el 17 de marzo de 2003, tres días antes del inicio de la invasión, con un discurso recibido con aplausos en la Cámara –algo que ni se estila ni se permite en el Parlamento británico– y que aún se recuerda.
La que podríamos llamar la pista española de esta historia confirma también el alcance del engaño. Tres semanas antes de la invasión, en una reunión en Madrid de Blair con Aznar, la descripción del encuentro indica que para afrontar las dificultades creadas por “la impresión de que EEUU estaba decidida a ir a la guerra pasara lo que pasara”, Blair y Aznar acordaron poner en marcha una estrategia de comunicación que demostrara que “estaban haciendo todo lo posible para evitar la guerra”. Ambos sabían ya que la decisión –que ambos apoyaban– estaba ya tomada en Washington desde hace mucho tiempo y que había llegado el momento de intentar adelantarse a las críticas.
La guerra era un hecho ya imposible de parar, Blair había comunicado a Bush mucho tiempo antes que estaría con él hasta el final, Aznar había sorprendido a Blair con su firme disposición a apoyar a Bush, pero los jefes de Gobierno español y británico querían hacer creer a todos que su prioridad era evitar la guerra. Fue una más de las muchas mentiras.
Blair tuvo la entereza de no ocultarse tras la publicación del informe y concedió una rueda de prensa un par de horas después. Quien esperaba que fuera a disculparse o reconocer los errores no había visto sus dos comparecencias ante la comisión Chilcot, en especial la primera, ni leído las memorias. Sí admitió algunas de las conclusiones del informe, pero con una lógica difícil de entender. Dijo que hubo errores en la planificación de la invasión, en cuanto a lo que ocurriría después del derrocamiento de Sadam Hussein, y en el uso de la información facilitada por los servicios de inteligencia. Pero dijo que volvería a tomar la misma decisión sobre el cambio de régimen en Bagdad.
La trampa no se diferencia mucho de lo que ocurrió en EEUU. Exigir una mayor preparación de los planes de EEUU y el Reino Unido para el Irak postSadam hubiera dejado claro la inmensa dificultad de la tarea, y eso habría afectado al apoyo de la invasión en la opinión pública y en el propio partido de Blair. Hacer un uso más restrictivo de la información de inteligencia habría podido tener el mismo efecto. Exagerar los indicios –no sustentados por pruebas– aportados por los espías, que estaban condicionados para encontrar como fuera pruebas que justificaran la invasión, y exigir planes más exigentes sobre la reconstrucción de Irak podrían haber hecho pensar a la gente que no había tantas razones que justificaran la guerra o que el precio sería demasiado alto.
A fin de cuentas, en Washington se sostenía que las tropas extranjeras serían recibidas como “libertadores”. Nada podía desmentir esa premisa. Esa fue la prioridad de Blair y su equipo en Downing Street.
Las consecuencias las tuvieron que pagar otros.
(Tomado de Guerra Eterna)