Lucero no me llama

El 1 de mayo de 2015 murió en La Habana Lucía Huergo, a los 63 años. Arreglista, productora, compositora y mul­­tinstrumentista y experta en el trabajo con las nuevas tecnologías, Lucía recibirá hoy un homenaje de sus amigos y familiares en Bellas Artes.

(Para Lucía Huergo)

Hace un año que no hablo con Lucero. Nunca hemos permanecido tanto tiempo sin intercambiar opiniones, criterios, música, bromas, burlas, ingenuos disgustos casi adolescentes y por qué no: ¡Chismes de todo tipo y de todo el mundo! No nos medimos en eso. Empezamos por el cariño y ahí, como sempiterno tema de conversación, salen a relucir Sara, Martha Campos, Fefita y Lourdes, Sonia Cornuchet y Liuba de protagonistas, pero una vez transcurridas las artimañas del amor comienza el: ¡No digas que te lo dije pero…!!!! y en medio de las intrigas palaciegas, inician las carcajadas y los disparates el descenso hacía las fosas de lo prescindible, por que a fin de cuentas nuestras conversaciones son parecidas a las de los niños, y ni a ella ni a mí nos importa demasiado el cotilleo.

Lucero es sumamente ingeniosa y mucho más aguda de lo que algunos suponen y esas características de su personalidad, aunadas a su talento musical sin límites ni parangón, nos unieron desde 1981 hasta los días que corren cuando todavía espero preguntarle si aquella falta de aire por fin se le atenuó, o la alteración de su piel acomodó el escozor, si terminó su trabajo con Telmary, Manolito Iglesias, Lourdes de los Santos, Mayra Caridad Valdés o Yaíma Sáez.

Durante años nos fuimos de gira desde España, pasando por Venezuela y República Dominicana, hasta México, y las crónicas humorísticas de esos viajes bien rebasarían el volumen literario más extenso; la niña que Lucero fue nunca dejó de acompañarla para mi goce, y eso, muchas veces se lo aseguré, la lanzaría también a la inmensidad.

La última vez que hablamos, y ahora se lo reprocho, fue a finales de abril de 2015 con motivo de un almuerzo que mi esposa Peti le había preparado porque ambas se adoran; el apetito de Lucero es insaciable y legendario. Hablo de reproche porque no ha solicitado más de las filigranas gastronómicas de la amiga y hemos acumulado libras y libras de carne de cerdo esperando su reclamo gástrico siempre urgente y desaforado como su amor.

Alguien me aseguró que jamás me llamaría, pero no lo creo. Cuando el sol se pone bajito, y este firmante también, suena el teléfono y desesperado respondo no vaya a ser que por descuido pierda la oportunidad de hacer el disco que nos falta o comentarle que Delia, su mamá, está contando sus intimidades a voz en cuello, que La Gorda necesita consultarle algo, que Mami quiere café, y que Niurka es lo mejor que le ha ocurrido en la vida.

¡Coño Lucero, llámame, que a mí la paciencia y el tiempo se me están agotando y prefiero no dejarte más mensajes en el contestador!

Amaury Pérez Vidal