Lo imposible, lo imprevisible, se adueñó del partido. Ni la Real esperaba una circunstancia similar ni el Barça estaba preparado para un partido tan urgente. La Real se había organizado para protegerse frente al rival paro intentar desnudarlo al contragolpe con un centro del campo más exquisito que fuerte. Y de pronto se encontró con que, sin haber arrancado a sudar, necesitaba un club de gladiadores dispuesto a defender el gol que no había marcado pero sí conseguido. Al minuto y medio, a la Real le molestaba el balón, lo espantaba como un repelente de mosquitos y al Barça le sobraba en cuanto abandonaba los pies de Iniesta. Por la banda derecha, la de Munir y Montoya no había nada que rascar. Ninguno de los dos tiene el pico adecuado. Por la izquierda, Pedro era tan pizpireto como inocuo. Entre todos ellos, Luis Suárez resultaba un delantero anecdótico.
Era un monólogo azulgrana, sin faltas de ortografìa, pero sin acento propio, por más que el medio campo fuera el de toda la vida, pero los muros en el fútbol es mejor saltarlos que derribarlos. Quienes podían saltar la enorme verja de la Real descansaban en el banquillo. El monopolio del fútbol era del Barça, pero no rentaba beneficios. Un tiro de Pedro, que dio en un defensa, fue su único ejercicio de rentabilidad en la primera mitad.
No se sabe si el equipo titular de Luis Enrique era suficiente para ganar. Lo que descubrió el autogol de Jordi Alba es que era el más inapropiado para convertir su monólogo en una oratoria convincente. Tras el descanso, Luis Enrique dio marcha atrás. A veces, las derrotas son más convincentes que las victorias. Salió Messi, luego Neymar, más tarde Dani Alves, rayos láser para derribar el muro tras el que se fortificaba una Real a la que el sufrimiento le reconfortaba: los ataques del Barça se multiplicaban, pero la Real crecía con el minutero.
El Barça ajustó la ofensiva, rebuscó por todos los costados. Messi, aún displicente, Neymar hiperactivo, rebuscaron entre el bosque de piernas de la Real opciones para ganar, luego para empatar, pero los asuntos del gol o morían en el último pase, o en los reflejos de Rulli, un portero argentino de 22 años, que comenzó un poco miniaturizado por su debut en Anoeta, pero acabó gigantesco, especialmente frente a Luis Suárez, quien más le exigió.
La Real, que ya había ganado al Madrid y al Atlético, a ambos remontándoles en el marcador, hizo lo propio con el Barça sin necesidad de que sus hombres hicieran un gol. Luis Enrique les allanó el camino y la osadía del técnico asturiano tuvo un elevado precio. Como si quisiera dar verosimilitud a sus pronósticos, del Barça consumió un poco más de margen de error. Luis Enrique sabrá porque eligió ese camino ante el rival y el estadio más inoportunos. Y en el día más inoportuno y con muchos de los jugadores más inadecuados. Y es que la osadía, como el veneno, conviene saber administrarla.
(Con información de El País)