Foto: Ricardo López Hevia (Archivo).
Quien esperó, quien espera, quien espere juegos de calidad en la recién iniciada Serie Nacional, o no entiende la naturaleza del béisbol, o no tiene conocimiento cabal de las plantillas concursantes.
Es que el clásico cubano nació lastrado por un detalle (otro) que deteriora casi cada uno de los posibles estándares de virtud deportiva, de jerarquía competitiva, de excelencia beisbolera: es demasiado joven, jovencísimo, impúber casi.
Y si la vanidad es un combustible del triunfo en los deportes, como leí y escribí alguna vez, la experiencia es un valor agregado en el béisbol, en el que se presume de estrella entre los 28 y 38 años de edad. Esto es, en la juventud madura.
Son 130 los novatos esta temporada, el doble casi de los 72 inscritos en la anterior. Y ese solo dato, nóminas de inscripción en mano, conmina a resignarse si el prisma de mira es negativo, o a esperar el paso de cuatro o cinco años para volver a ver pelota de gran calidad en los diamantes cubanos, si se trata de una persona optimista.
Mas no es la única cifra. En la LIV Serie saltaron a los diamantes 102 peloteros con apenas un año de experiencia y, además —ojo con este otro guarismo—, 160 que se han desempeñado entre dos y cuatro temporadas apenas, el tiempo que demora la mayoría para mostrarse en las competiciones domésticas, antes de establecerse y encumbrar sus carreras.
Encima, la formación de muchos de ellos ha sido interrumpida o violentada, obligadas como han estado las provincias del país a recurrir a sus prestaciones para sustituir bajas inesperadas de atletas, la mayoría en la cresta de sus carreras o a punto de explotar.
Puede decirse, también, que un número no desdeñable de los beisbolistas fuera de los límites arriba descrito (con menos de cinco años de experiencia), también carecen de prácticas, conocimientos y vivencias de las dispares situaciones del juego de pelota, como para creerlos armados del oficio que exige la calidad de este deporte.
De manera que, simple adición aritmética de por medio, el lastre (otro) que tira de la calidad de la LIV Serie Nacional no pesa lo que 130 novatos o 102 jugadores de un año. Pesa mucho, muchísimo más.
Un lastre que pudiera no aumentar, una vez superada la primera parte del campeonato, pero casi seguro tampoco disminuirá, toda vez que los equipos clasificados se refuerzan con los peloteros de mayor rendimiento, pero continúan llevando por los cabellos a sus principiantes.
Convendría que la Serie, entonces, además de entretenimiento y diversión, fuera refinado, pulcro instrumento que cincele el alma y empaque de estos muchachos, no solo en lo deportivo, digo de paso.
A fin de cuentas, aquí arranca el itinerario del futuro de nuestra pelota y ellos marcarán el alma, el empaque de ese camino que ahora comienza.
Es lo más que puede exigírsele a la Serie Nacional, además de espacio para la dura pugna por la supervivencia primero y el podio después, con el espectáculo que siempre sobreviene de las verdaderas lidias, incluso en los escalones más bajos de la calidad.
Así, como forjadora de futuro para la pelota nacional superior al presente, debió concebirse. Así, con pragmatismo e ilusión, debiéramos mirarla.
Para comenzar, los técnicos, la Federación, la Comisión, tiene a mano lo más importante: el recurso humano.
El triunfo de muchos peloteros cubanos en ligas foráneas, los desempeños en los recientes torneos internacionales de categorías inferiores, las revelaciones de muchos peloteros en la I Serie Nacional Sub 23, son indicios fiables de que la esencia, la sabia, la aptitud del jugador cubano están intactas.
Ahora —como ayer, como mañana— Cuba es pródiga en talento para jugar béisbol y ello, en un país que no administra abundancia, es un tesoro.