Apuntes sobre el simbolismo numérico en la santería (tercera parte y final)

(En colaboración con Rubén Zardoya)

Al razonar, los santeros con frecuencia reducen el alcance simbólico del número a su valor en el proceso adivinatorio que se sirve del oráculo del diloggún: "La única implicación del número -concluye Remberto- es que el santo habla por él, por su número". Y ante una pregunta relacionada con la divinidad del mar, afirma: "Yo no creo que tengan [los números] ningún tipo de simbolismo directamente. Simplemente que en Oddí (7) habla Yemayá". Pero a continuación agrega:

[...] Si le vas a poner una cosa, le pones siete cositas, si le vas a poner addimú [ofrendas] distintos, le pones siete addimú en platicos distintos, siete fruticas, siete velitas. Pero lo mismo le puedes poner siete que dos, que uno, que la mitad de uno. Se tiende con ella a poner siete, pero no porque es una cosa dogmática. Si a ti te gusta el refresco, no tengo porqué ponerte un trago de ron".

Como puede apreciarse, también en la representación de Remberto -y, lo que es más importante, en su práctica religiosa-, el número 7 se ha adherido de alguna forma a la imagen de Yemayá: el 7 "le gusta", "le pertenece", es su atributo.

Por ello, no es inusual que las hijas de Yemayá se atavíen con siete manillas de plata o acero níquel, que en el proceso adivinatorio se recomiende a un feligrés darse siete baños de mar y ofrecer a Yemayá siete palanquetas de gofio con melado, o bien rezarle durante siete días frente a "su piedra" envuelta en limo y sumergida en agua de mar; ni que la divinidad marina castigue a menudo transcurridas siete horas del agravio sufrido, o que sus víctimas aparezcan ahogadas siete días después de habérselas tragado un banco de arena a causa de una desobediencia.

En este punto, la santera Bárbara hace hincapié en un pequeño desajuste en el estereotipo simbólico: "Aunque la cazuela de Yemayá se marca con el siete, ella habla también por el ocho. Eso depende de la persona a la que le están haciendo la consulta". En cuanto al babalao José, su punto de vista y su noción del asunto nada tienen que ver con este estereotipo:

Yo no hablo con Yemayá por ningún número. Yo, si tengo que hablar con Yemayá, le doy coco a Yemayá. "Yemayá, aquí está Fulano", qué sé yo. ¿Qué me dice en el coco? Eso no es ningún número. Yo reconozco mi total desconocimiento de ese sistema. [...] No quiere decir que yo diga que no sirve, pero... No sé por qué Yemayá es el 7. Si tú me dices que Elegguá es el uno, yo te entiendo. En Ifá es el uno, el one, es el primero que se saluda. [...] Porque en el wemilere, en el toque de santos, en el orden [...] Yemayá es altísima [...] Primero se le toca a Elegguá, después se le toca a Oggún, después se le toca a Ochosi, después se le hacen algunos saludos a Osain, después viene Babalú Ayé, después viene toda una serie de santos en un orden jerárquico que no tiene que ver nada con los números que les han dado aquí, yo no sé... No te estoy diciendo que esté mal hecho... Lo que yo no tengo explicación. Y mientras no la tenga..., eso es un dogma, y el dogma, no... Yo creo que ya esto ha cogido un nivel que no es para que tú me digas: "No, es así porque sí".

El número 7 no trae en modo alguno a la representación de José la idea de Yemayá. Tampoco a la del santero Raúl, quien asocia este número "mejor a los siete dones del Espíritu Santo, o a los siete pecados capitales, o a los siete dolores de la Virgen, qué sé yo, a las siete potencias africanas [...] Y en la charada tú sabes que el siete no es nada sagrado..."

En cuanto al oráculo del diloggún, en el signo adivinatorio Odí (7) no sólo se expresan los designios de Yemayá, sino también los de deidades a las que no suele asociárseles con el número 7: Oggún, Elegguá y Ochún,; aunque esta última, por ejemplo, según Natalia Bolívar, "habla en Oché (5), Unle (8), Ofún (10), y en Obaramelli (6-6) [...] "y sus números son 5, 10, 15 y 25".

Como en la práctica ritual de la santera Bárbara, en esta transcripción de las informaciones recibidas se expresa la diversidad de tradiciones religiosas de las que son receptores los adivinos. Tal diversidad restringe la universalidad del simbolismo numérico, aunque no logra sofocarlo ni disiparlo. Como quiera que sea, lo cierto es que el vínculo simbólico que une el culto de algunas deidades con determinados números se presenta con mucho más fuerza y fijeza que en otras.

En este sentido, la asociación de Yemayá con el número 7 parece privilegiada, aunque este número no la traslade de inmediato a la representación, y conserve su valor autónomo, su independencia y su simbolismo variado y heterogéneo. Su asociación con la deidad de la maternidad marina sólo puede ser comprendida cuando se le integra como un momento diferenciado del complejo simbólico, en particular, como un momento que deriva del simbolismo peculiar inherente al proceso adivinatorio, en el que la cualidad sobrenatural que revela el destino adquiere la forma de una abstracción numérica sensorialmente perceptible.