Gente de la tierra, guajiros

Arriero con sus mulos transporta las cargas, escena típica en la Sierra Maestra, la cadena montañosa más alta de Cuba, en el municipio de Guisa, provincia de Granma. 16 de mayo de 2014. Foto: Armando Ernesto CONTRERAS TAMAYO/ AIN

A inicios del siglo XIX, un inteligente viajero francés anotaba en su diario una descripción de la gente campesina de las inmediaciones de La Habana, mientras se solazaban en casas de juego:

“(...)Estos campesinos tienen todos muy bellos rostros y son bastante altos y generalmente delgados. Su vestimenta se compone de un sombrero de paja muy alto, de una camisa y de un pantalón de tela con rayas de color, muy ajustado al cuerpo y muy limpio, con el machetta (sic) al costado, el tabaco a la boca y un pañuelo con orlas atado negligentemente alrededor del cuello”.

Semejante descripción sería frecuente entre los numerosos transeúntes, cronistas y observadores extranjeros que visitaron la Isla de Cuba durante la centuria, y que coincidirían en la representación de un tipo físico y de un carácter distintivo de las gentes del campo cubano, los guajiros, según la voz popular.

En su indispensable diccionario sobre los modismos y topónimos isleños, Esteban Pichardo calificaba a los campesinos cubanos en los siguientes términos: en la región occidental de Cuba,

“...guajiro es sinónimo de campesino, esto es, la persona dedicada al campo con absoluta residencia en él, y que como tal usa el vestido, las maneras y demás peculiaridades de los de su clase (...)”.

Según narra Pichardo, el guajiro, si bien respetuoso de lo ajeno, no era precisamente un modelo de buenas maneras, en el sentido de la corrección social de su época, si se sentía en un ámbito familiar: “...éntrase todo así de zopetón en los pasadizos y dentro de las tiendas...; cruza las piernas sin reparo y no se quita el sombrero por nada..., donde oyó sonar una cuerda allí le arrastran los pies al zapateo; y allí canta sus amoríos con el mismo descaro y entusiasmo en un convite extraño, que en la cárcel o los caminos...”. Esta caracterización del temperamento de los campesinos cubanos coincide con otras muchas que escritores, viajeros y funcionarios que recorrieron la Isla, como puede verse en las narraciones de Cirilo Villaverde sobre los guajiros de las montañas y llanuras de Vueltabajo para la cuarta década del siglo XIX.

Vale la pena anotar algunas de las características del carácter y las condiciones físicas de los campesinos, labradores y hateros que tanta importancia tendrían a lo largo de varios siglos para explicar la difícil colonización agropecuaria de un territorio casi intacto, de los monteros y contrabandistas del siglo XVI, el espíritu de las milicias locales en las luchas contra los británicos en el siglo XVIII, de los rancheadores de negros cimarrones y luego, del más importante componente humano de los levantamientos emancipadores de la última mitad del siglo XIX.

La resistencia de las gentes de la tierra ya hubo de ser ponderada por más de un gobernador de fines del quinientos, como la fibra de los tierradentro mereció el elogio de militares profesionales en Madrid y se haría célebre para propios y adversarios la de los mambises de 1868 y 1895. En efecto, para estos pobladores de la ruralía, “...no hay mal tiempo, ni malos caminos, ni necesidades; sobrio, se contenta con poca comida, frutas o lo que haya, mucho o poco, con tal que no falte el tabaco, una taza de café mal hecho y alguna pelea de gallos...”

Capaces de dormir poco y a la intemperie, de hacer muchas horas cabalgando por montes y caminos de herradura, una de sus cualidades más renombradas, el valor mezclado con un algo arcaico sentido del honor personal y familiar, era descrita así: “...indómito, vengativo y celoso a la mas ligera ofensa..., pela por el quimbo de una manera brutal, implacable, sin reparar en número, categorías ni circunstancias...” Su conocimiento de los recursos del país, su capacidad de sobrevivir con lo que ofrecía la naturaleza isleña, eran otras de las habilidades que se ponderaban en estos criollos del campo:

“...tócales...la superioridad de conocimientos prácticos en el campo;...no hay vegetal que no conozcan y distingan, con sus propiedades terapeúticas y demás utilidades; ...estudian en la naturaleza las costumbres y particularidades de todos los animales; conocen prácticamente el país con las más minuciosas circunstancias de su topografía, y casi todos son arquitectos rústicos...”

Como nota curiosa que mencionan observadores, y contra algunas apreciaciones que aparecen en la historiografía moderna, esta población rural, si bien pobre no dejaba de ser aceptablemente saludable.

Aunque no faltó opinión que atribuía a las condiciones geográficas la naturaleza del carácter de los isleños. No cabe duda que para muchos, la gente campesina poseía rasgos que la singularizaban, aún en una sociedad bastante parroquial como aquella de la primera centuria.

Calificativos similares habría de expresar casi dos siglos después Buenaventura P. Ferrer, en una interesante serie de cartas publicadas en Madrid y dedicadas a ilustrar sobre las costumbres populares habaneras, tanto urbanas como campestres. El guajiro campero, como lo tipifica, era persona de “...sencillez natural, pero distante de la rusticidad y grosería. Modestos, alegres y jocosos mezclan en sus chanzas un cierto agrado y atención generosa...”.

Esta descripción, que se sitúa a finales del dieciocho, encaja perfectamente con las que se han citado, y otras que plasmarían en sus impresiones los más diversos observadores. Como dato etnográfico, en estos casos se le confería especial atención a la vestimenta, notablemente adaptada a los requerimientos de una latitud tórrida, y cuya simplicidad no carecía de comodidad y presencia.

Cuatro testimonios del siglo XIX temprano cerraran esta corta viñeta de los hombres de campo. Uno de ellos, un viajero, observaba que los “...campesinos blancos, dueños de estancias o fincas pequeñas, raza robusta de hombres habituados al trabajo...”. Señalaba que su establecimiento en reducidos fundos y viviendas humildes, pero sólidas, edificadas con recursos del país, en particular la palma real, creaba comunidades de parentesco cerradas en “...una especie de soledad patriarcal con sus familias, probablemente a 10 o 20 millas del mercado.”

Sin embargo, estos fundos patriarcales del guajiro estaban muy relacionados con las poblaciones que dependían de la provisión de sus viandas, maíz, frijoles, hortalizas, carbón vegetal y frutas, además de las aves de corral y cerdos que se consumían a diario en las poblaciones insulares. Él mismo llamaba la atención que las fuentes de subsistencia de las familias campesinas procedían del propio esfuerzo de sus integrantes, excluyendo prácticamente toda forma de esclavitud, inclusive la doméstico-patriarcal: “...este trabajo lo realiza el cubano mismo, arando, sembrando, cosechando, y llevando los frutos al mercado lejano, lo que es tal vez la parte más penosa de su labor”. Aparte de la natural reticencia del campesino a no incorporar extraños a su ámbito consanguíneo, señalaba que para el guajiro de entonces, la adquisición de esclavos o la contratación de jornaleros estaba vedada a sus precarios medios.

Uno de los tópicos comunes entre muchos funcionarios, hacendados y vecinos la Isla a inicios del siglo XIX era el de la supuesta imposibilidad del hombre blanco, fuese criollo, canario o peninsular, a adaptarse a la dureza de las faenas del campo en el trópico antillano. Esta especie se correspondía perfectamente con el discurso que, desde influyentes instituciones dominadas por las élites criollas de La Habana, intentaba convencer a la corte de Madrid, los altos funcionarios y los grupos de poder habaneros y peninsulares de la necesidad de extender el modelo plantacionista que existía en muchas de las Antillas francesas, danesas y británicas desde la década de 1670.

Sin embargo, ya antes de 1840, un corresponsal de la Sociedad Económica de Amigos del País, se exponía al lápiz del censor al sugerir que el guajiro, mejor que el esclavo, podía hacer efectivas las potencialidades de la agricultura comercial de la Isla. De acuerdo con el mismo, el determinismo climático al que se atribuía una supuesta incapacidad del blanco para la explotación de los recursos tropicales, era desmentido por la importante presencia de campesinos blancos en los campos de Cuba, señalando que algunas de las más duras tareas, como la tala de los bosques para obtener las maderas preciosas destinadas al arsenal, obras públicas u otros fines, eran ejecutadas con absoluta preponderancia de hombres blancos libres, mayormente criollos y canarios, entre otros.

El redactor de la memoria en cuestión era de la opinión que las dificultades que un europeo o criollo blanco adujera como limitantes para las labores en entornos cálidos, era más bien reflejo de un fenómeno cultural que de un impedimento natural. Por ello afirmaba:

“Nuestros guajiros nada tienen que envidiar a los hombres de Europa y desmienten el sistema de los climas que ha inducido a muchos a creer que en ciertas temperaturas no se puede vivir sino en la inacción. Los hijos de nuestros campos son robustos y bien formados, resisten los abrasadores rayos del sol, de la canícula y el frío del invierno con solo el ligero vestido de hilo que les cubre todo el año”.

Más adelante coincide con otras apreciaciones sobre la resistencia a las inclemencias naturales, su privilegiada constitución física y frugalidad que les permite penetrar en las comarcas más inaccesibles de la Isla. Por otro lado, recuerda ciertas proverbiales cualidades del guajiro que los hacían tan útiles como milicianos: “(...) Incansables jinetes, hacen sucumbir los caballos de más brío; ...y su valor raya en la barbaridad”.

Estos atributos, conocidos desde fines del siglo XVI, comenzaban a ser considerados como una de las más valiosas existencias humanas para el fomento económico de la Isla desde una perspectiva no esclavista, aunque más de un autor observó que la ausencia de educación pública rural era un escollo para semejantes posibilidades. Como anotó otro de los visitantes de la Isla, su aumento demográfico perceptible desde fines del siglo XVIII en diversas regiones como Vueltabajo, Cuatro Villas y las comarcas sujetas al gobierno santiaguero, prometía darles protagonismo en los acontecimientos del país, “...si se les procurase educación, podría llegar el momento que la naturaleza parece haberles destinado, de ser los verdaderos dueños del país”.

*Fragmentos del ensayo "Gentes de la tierra, tierradentros y guajiros: una temprana cubanía rural", del historiador Pablo J. Hernández González. Publicado en Tebeto - anuario del Archivo histórico insular de Fuerteventura.

La doctora Rosario Silverillo dialoga con un paciente en el consultorio médico de La Platica, comunidad de la Sierra Maestra, la cadena montañosa más alta de Cuba, en el municipio Media Luna, de la provicnia de Granma, Cuba. 16 de mayo de 2014. Foto: Armando Ernesto CONTRERAS TAMAYO/ AIN.

Mujer a caballo, una escena típica en la Sierra Maestra, la mayor cadena montañosa del país, en Granma, Cuba, 16 de mayo de 2014. Foto: Armando Ernesto CONTRERAS TAMAYO/ AIN

El caballo como transporte escolar, una escena típica en la Sierra Maestra, la mayor cadena montañosa del país , en Granma, Cuba, 16 de mayo de 2014. Foto: Armando Ernesto CONTRERAS TAMAYO/ AIN

Un niño demuestra sus habilidades en la monta de un Poni, durante la Feria "Guajirito Soy", dedicada al campesinado cubano en su aniversario 55, en el recinto ferial agropecuario de Camagüey, el 16 de mayo de 2014. Foto: Rodolfo BLANCO CUÉ/ AIN

Pioneros exploradores, durante la Feria "Guajirito Soy", dedicada al campesinado cubano en su aniversario 55, en el recinto ferial agropecuario de Camagüey, el 16 de mayo de 2014. Foto: Rodolfo BLANCO CUÉ/ AIN

Cultivo de Piña por un campesino de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP), del municipio Aguada de Pasajeros, en la provincia de Cienfuegos, Cuba, 16 de mayo de 2014. Foto: Modesto GUTIÉRREZ CABO/ AIN

Juan Carlos Jiménez Cúrvelo (I), usufructuario beneficiado por el Decreto Ley 259, integrante de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP), en la Finca La Flora, de la Cooperativa de Créditos y Servicios (CCS) Agustín Cabrera del municipio Rodas, provincia de Cienfuegos, Cuba, 16 de mayo de 2014. Foto: Modesto GUTIÉRREZ CABO/ AIN

Sistema de regadío para maíz, en la Finca Tanaguillo de la Cooperativa de Créditos y Servicios (CCS) Patricio Lumumba, del municipio Abreus, en la provincia de Cienfuegos, Cuba, 16 de mayo de 2014. Foto: Modesto GUTIÉRREZ CABO/ AIN

Sistema de regadío de arroz, en la Finca La Chafarina, del campesino Luís Morejón, en la Cooperativa de Créditos y Servicios (CCS) Jesús Sardiñas, del municipio Aguada de Pasajeros, en la provincia de Cienfuegos, Cuba, 16 de mayo de 2014. Foto: Modesto GUTIÉRREZ CABO/ AIN

Luís Morejón, campesino fundador del proyecto de colaboración Cuba- Viet Nam, para la cosecha de arroz, en el municipio Aguada de Pasajeros e integrante de la Cooperativa de Créditos y Servicios (CCS) Jesús Sardiñas, en Cienfuegos, Cuba, 16 de mayo de 2014. Foto: Modesto GUTIÉRREZ CABO/ AIN

Silvino Ramos Santos, campesino productor de leche de vaca, beneficiado con el sistema de ordeño mecanizado, en la Finca Gasa e integrante de la Cooperativa de Créditos y Servicios (CCS) Conrado Benítez, de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP), en el municipio Abreus, provincia de Cienfuegos, Cuba, 16 de mayo de 2014. Foto: Modesto GUTIÉRREZ CABO/ AIN

Pedro Valiente Rodríguez, campesino productor de granos, en la Finca Tanaguillo, integrante de la Cooperativa de Créditos y Servicios (CCS) Patricio Lumumba, de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP), en el municipio Abreus, provincia de Cienfuegos, Cuba, 16 de mayo de 2014. Foto: Modesto GUTIÉRREZ CABO/ AIN

Integrantes de la Cooperativa de Créditos y Servicios (CCS) Raúl Suárez Martínez, de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP), realizan tareas de deshierbe de maíz, en el Consejo Popular Parque Alto, del municipio Rodas, provincia de Cienfuegos, Cuba, 16 de mayo de 2014. Foto: Modesto GUTIÉRREZ CABO/AIN

Sistema de regadío para arroz, en la Finca La Chafarina de Luís Morejón, de la Cooperativa de Créditos y Servicios (CCS) Jesús Sardiñas, en el municipio Aguada de Pasajeros, en la provincia de Cienfuegos, Cuba, 16 de mayo de 2014. Foto: Modesto GUTIÉRREZ CABO/ AIN

José Alfredo Silva Tapia, campesino productor de granos e integrante de la Cooperativa de Créditos y Servicios (CCS) Raúl Suárez Martínez, de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP), del municipio Rodas, provincia de Cienfuegos,Cuba, 16 de mayo de 2014. Foto: Modesto GUTIÉRREZ CABO/ AIN

José Alfredo Silva Tapia, campesino productor de granos e integrante de la Cooperativa de Créditos y Servicios (CCS) Raúl Suárez Martínez, de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP), del municipio Rodas, provincia de Cienfuegos,Cuba, 16 de mayo de 2014. Foto: Modesto GUTIÉRREZ CABO/ AIN