Caricatura: Martirena.
La paradoja cubana: se pide eliminar los topes, pero las provincias los retoman
Mientras en el eje temático número 13 de las Transformaciones Económicas y Sociales, aprobadas por la Asamblea Nacional, titulado: “Transformaciones en la política de precios” (con solo dos propuestas), se puede leer: “descentralizar la facultad de aprobación de precios y tarifas a las empresas y a las administraciones territoriales y locales. Se eliminan los topes de precios de manera general”; en las provincias —los gobiernos provinciales— parecieron no enterarse y los retomaron ante el alza imprevista y desmedida de los precios del aceite.
Del dicho al hecho media la vieja disputa entre controlar o liberar precios, topar o no topar. Spoiler: los topes de precios pueden ganar tiempo en una crisis, pero rara vez ganan la guerra.
Cuba 2026: el caso más reciente y el que más nos importa
En julio, la Asamblea Nacional aprobó 176 Transformaciones económicas y sociales con la directriz explícita de "no determinar precios por métodos administrativos y no topar precios". Desde su puesto de emprendedora, Gina piensa "Los topes en realidad no funcionan. Si al comerciante no le conviene, no vende. Pero si quitan el tope y ellos ponen el precio, ¿no sube más?"
Su intuición se confirmó en semanas. En agosto, Villa Clara, Santiago de Cuba, Holguín y Guantánamo restablecieron topes. En Villa Clara, el huevo a 110 pesos la unidad, el aceite a 2500 pesos el litro, la leche en polvo a 3120 pesos el kilogramo. Matanzas cubrió aceite, pollo, huevo, arroz, granos, leche en polvo, azúcar y embutidos. Pinar del Río habló directamente de "precios máximos": aceite a 2150 pesos.
Quizás por eso se escuchan los gorjeos de un recién nacido, los Mercados de Barrio, que mezclan topes que no son topes pero lo son indirectamente. Otros afirman: "Sin abastecimiento suficiente, la liberalización de precios tampoco resuelve, y sin productos y una tasa cambiaria tan volátil y al alza, los Mercados de Barrio pueden morir al nacer". ¿Y los ingresos de la población? Bien, gracias.
La academia lo aborrece: el debate teórico
El argumento contrario a los topes es directo: si el gobierno fija un precio por debajo del equilibrio, los productores pierden incentivo para ofrecer más, los consumidores compran de más, y la brecha se cubre con escasez, colas o mercado negro. El precio deja de avisar dónde falta mercancía.
Algunos economistas en Cuba lo resumen desde una óptica marxista: los topes no deben ser política permanente ni general, pero en una crisis aguda "pueden ser medidas temporales y focalizadas". Su eficacia depende de tres condiciones: que el precio no quede por debajo del costo de producción con ganancia razonable, que venga acompañado de mecanismos para aumentar la oferta, y que sea transitorio. Cuando falla alguna, "el efecto boomerang supera los beneficios": el producto desaparece del mercado formal, la inflación reprimida estalla en el informal y se pierde el incentivo a producir.
En la senda opuesta, la defensa clásica apunta a la distribución. Cuando un monopolio o un oligopolio abusa de su posición, el tope "protege al consumidor de la explotación monopólica", una medida que algunos califican sin ambages de "justa". En crisis externas —bloqueo, desastres naturales—, el límite impide que la escasez sea explotada por especuladores.
Los más ven el tope de precios como una mala palabra vergonzosa a la que en su recurrencia se desafía la lógica más elemental. Las personas, economistas o no, tienden a agradecer cuando alguien o algo les alarga el bolsillo.
Galbraith en Washington: cuando Estados Unidos topó precios
Cuando el economista canadiense John Kenneth Galbraith llegó a Washington una mañana de domingo para hacerse cargo de la División de Precios de la Oficina de Administración de Precios (OPA), Estados Unidos aún no había entrado formalmente en la Segunda Guerra Mundial, pero el gasto en defensa ya estaba inflando los precios. Su tarea era titánica: dividir toda la industria estadounidense en sectores manejables —metales no ferrosos, combustibles, acero, textiles, cuero y confección— y ponerles un techo a los precios.
"Sentado solo en el edificio Bryan un domingo, revisé la división del trabajo de la oficina de las clasificaciones industriales del censo", recordaría después. "Parecía casi demasiado fácil."
Fue un camino cuesta arriba. La oficina llegó a contratar a 15 000 personas. La burocracia creció hasta extremos absurdos. Un curioso grupo se dedicaba a la recuperación de caucho de suelas y tacones, y en un momento se movilizó a carteros de Washington para medir el desgaste de las suelas y evaluar la calidad del calzado. Parecía demasiado soviético.
Cuando los japoneses aparecieron en Pearl Harbor, Galbraith envió un telegrama al mercado de Chicago antes de que abriera la oficina, limitando las alzas diarias de trigo, soja, manteca y huevos. También llamó a las grandes empresas para fijar topes a decenas de productos. Según sus propias memorias, el Congreso, que es como la junta de gobierno o de accionistas del gran capital, "aulló".
La lógica a favor era simple: en una guerra, el sistema de precios deja de asignar recursos y pasa a determinar "quién puede pagar más". El control era la única forma de repartir con cierta justicia. La crítica también era simple: los topes generan escasez y el racionamiento apenas la disimula.
También del lado de acá se nos hace, y estamos en guerra con estos mismos vecinos norteños; no tenemos una oficina de control de precios, aunque sí un ministerio que lo tiene en su nombre y una Oficina Nacional de Estadísticas e Información que calcula el Índice de Precios al Consumidor y que sirve de observatorio. Amén de la población, que sigue la espiral de precios minuto a minuto con menos rigor metodológico pero no menos sentido práctico.
Nixon y Burns: el mayor ensayo de control de precios en tiempos de paz
Luego de cerrada la Oficina de Control de Precios por el propio Galbraith y muchas críticas de Milton Friedman y los Chicago Boys en Chile, golpe de Estado por medio, Nixon pareció no darse por enterado —bueno, de eso y otras cosas— e inició el mayor ensayo de control de precios en tiempos de paz en Estados Unidos.
El 15 de agosto de 1971, Nixon anunció un congelamiento salarial y de precios por 90 días. La Fase I funcionó: los precios al consumidor subieron apenas 0,5 %. La Fase II limitó los salarios al 5,5 % anual y la inflación de 1972 cayó al 3,5 %. Después llegó la Fase III, con controles "voluntarios", y el techo se derrumbó: en 1973 los precios mayoristas industriales crecían a un ritmo anualizado cercano al 16 %. Nixon volvió a congelar por 60 días, ya sin efecto.
El entonces presidente de la Reserva Federal, Arthur Burns, admitió ante el Congreso en 1974 que "los controles directos contribuyen poco a contener la inflación" y que, en un entorno complejo, "los controles amplios y rígidos de salarios y precios probablemente hacen más daño que bien".
No olvidar que entonces, igual que hoy, los precios del petróleo se dispararon, la OPEP hizo lo suyo en aquel momento, el oro de Bretton Woods dejó de ser un referente para el dólar, y la guerra, en aquel entonces contra Vietnam, hoy se libra contra Irán, agregaban una carga adicional. Es cierto que el contexto general geopolítico es otro, pero hay invariantes.
Los topes que no se llaman topes
Ser y no ser al mismo tiempo es una cualidad que Hamlet envidiaría. No todos los controles de precios se anuncian como tales. Buena parte operan disfrazados de política cambiaria, arancelaria, intereses bancarios, impuestos, reservas de recursos, fondos de contingencia, regulaciones o en combinación. Son formas indirectas de regulación y de "topes". Algunos no los reconocen; para ellos solo existen los topes administrativos directos y son a los que les tienen ojeriza casi como un reflejo condicionado. En su opinión, los otros, los topes indirectos, son parte de las políticas y herramientas cambiarias, monetarias, tributarias, etc.
En materia de precios no es posible ignorar, desde la academia, el gobierno, las empresas, las familias y los organismos internacionales, un tema transversal a toda la economía y que se encuentra en el centro de muchas teorías y prácticas económicas desde tiempos tan lejanos como el código de Hammurabi o el intento de Diocleciano de regular el precio del trigo ante una falla en los cargamentos provenientes de Egipto.
Políticas de precios más, políticas de precios menos, siempre toman partido entre dos extremos con matices: o se va a un riguroso control de precios de corte centralizado y administrativo, o se deja, en el mejor estilo laissez faire, que el mercado regule de manera "natural" los precios.
Cuando se apuesta por la regulación indirecta de precios se está dejando una ventana al mercado y a la autonomía de los agentes económicos. El ancla cambiaria es un ejemplo. Cuando un banco central compra o vende divisas para sostener un piso cambiario, está fijando implícitamente el precio del dólar y de la moneda local. El efecto es idéntico al de un salario mínimo: se sostiene un precio por encima del equilibrio, solo que aquí el comprador (el banco central) tiene capacidad de absorber todo el excedente. Y los empresarios se orientan por esa señal, que no es solo una intervención estatal regulatoria sino también una señal al y del mercado.
Las ya muy agotadas reservas de hidrocarburos en inmensas cuevas de sal en EE. UU. están al límite y, con todo y eso, los precios del diésel en California rondan los 10 dólares el galón, más de 3 dólares el litro. Y vuelven a liberarse otros 40 millones de barriles de petróleo para contener unos precios que están encabritados. Utilizar fondos de reserva es también muy común para sostener una banda de precios.
Los aranceles trumpianos también inciden en los precios, generalmente al alza, para estimular la producción nacional y, por esa vía, con el incremento productivo, entonces tener un efecto positivo en los precios. Otra cosa es que funcione mecánica y linealmente.
La Reserva Federal de los EE. UU., sin complejos de doble personalidad, topa el precio del dinero en EE. UU. La tasa de interés que fija la Reserva Federal es la más poderosa señal de la economía norteamericana, que como un efecto dominó fija otros muchos precios. Alguien puede decir: sí, pero esa decisión se orienta por las señales del mercado, y es correcto, pero una vez topado el precio del dinero funciona en cadena. Y el objetivo declarado es mantener la inflación en determinados límites, y la inflación es el efecto del aumento desmedido y sin control de los precios.
Los subsidios y exenciones arancelarias son otra vía. En junio de 2026, Cuba eliminó los aranceles de importación para pollo, leche en polvo, salchichas, pastas y aceite, al mismo tiempo que derogaba los topes de precios que pesaban sobre esos productos desde 2024. Un tope que había funcionado por dos años con efectos variables: muy eficaces al inicio y fueron perdiendo fuelle en la medida en que el tiempo no fue suficiente para incrementar las producciones.
Se intentaba, y en parte se logró, que el tope de precios estuviera acompañado de otras medidas. Entre ellas, las de fomento de la producción en el tiempo que se ganaba por el tope, pero no se logró combinar políticas. Los topes nunca funcionan más allá de seis meses, a lo sumo un año. Pueden durar más tiempo, pero deben ajustarse y combinarse con otras variables y medidas. En ese tiempo deben revisarse y ajustarse hasta lograr aumentos significativos y estables de la producción.
Ya en 2026 se cambió la estrategia. No fue una liberación pura: el costo de importación bajó por decreto, sustituyendo el control administrativo del precio final por un control administrativo del costo de entrada.
Los marcos regulatorios por fórmula cumplen la misma función. Varios países aplican "sistemas de tope de precios" combinando políticas cambiarias, arancelarias e impositivas, en el entendido de que deben mantener la inflación "amarrada" cortica, pero no tanto como los japoneses, e ir a la deflación. La productividad con una propensión excesiva al ahorro hace que las mercancías no se realicen y volvemos al mismo punto, pero en la calle opuesta.
Valor, costos y mercado: las bases teóricas del precio
Si el acento en la determinación de precios parte de la teoría del valor trabajo marxista, entonces estos reflejan las condiciones medias de producción de los bienes y servicios. Y en última instancia depende de los volúmenes de producción, aunque mediados por otros muchos factores, desde la calidad a las tendencias y preferencias de los consumidores finales. En este sentido, el tema de la realización de la mercancía sigue siendo vital.
Si el punto de partida es el neoliberalismo stricto sensu, entonces nada que hablar: todo se resuelve de cara al mercado, apartando al Estado de toda regulación e intervención, eliminando regulaciones y que los más fuertes triunfen en una especie de darwinismo económico, aunque en la realidad las grandes empresas y capitales se “desayunan” al mercado todos los días, lo ignoran olímpicamente y suelen saltarse las más elementales reglas de la competencia y el mercado. El discurso neoliberal es perverso en el sentido de que proclaman lo que de entrada no van a cumplir.
La transformación 118 prescribe: "eliminar la obligatoriedad de utilizar el método de gastos en la formación de precios, dando paso a los métodos de referencia del mercado o por correlación, marcando su posición en la cadena de valor". En este acápite, los que se han dedicado por años a los sistemas de costos o la contabilidad de gestión y la contabilidad estratégica de costos, deben estar atónitos.
Se puede dar el mensaje equivocado o interpretarse que ya no es necesario determinar los costos de lo que producimos o de los servicios prestados. ¿Cuánto cuesta producir un medicamento o formar un estudiante universitario? Es absolutamente necesario determinar con la mayor exactitud los costos.
Otra cosa es si constituyen o no la base del precio. Mi opinión es que sí constituyen la base del precio, aunque no sea el precio definitivo, y entonces otros aspectos como la información del mercado o la correlación terminen conformando el precio definitivo. Los costos siempre son la medida real de la gestión productiva, tecnológica, humana y de dirección. Es la base, además, de la toma de decisiones empresariales junto a otras herramientas como las finanzas, la contabilidad, el marketing, recursos humanos, logística, organización de la producción, etc.
Por otra parte los métodos con información de mercado y por correlación necesitan que las relaciones de mercado funcionen de manera estable. El metodo de correlación no abandona el cálculo de los costos, por el contrario, es esencial porque sin ellos no se puede calcular la utilidad, las ganacias y la rentabildad general. La derminación de los precios por el método de gastos sigue siendo efcctiva en la toma de decisiones emprsariales.
El debate cubano: técnico, social y político
El debate se da en todas partes. En la calle, en las redes digitales, en blogs y chats de economistas. "¿Un consejo provincial de gobierno operando como agencia de mercado, fijando precios de venta y márgenes comerciales? ¿Es lo que se quiere con las 176 transformaciones?" Otros prendieron velas e hicieron cruces en el suelo cuando los gobiernos locales reaccionaron al influjo del huidizo aceite.
El presidente Miguel Díaz-Canel reconoció en el balance anual del Ministerio de Finanzas y Precios que "el descontento popular por los abusos y la especulación en los precios minoristas" no se ha revertido, y reiteró que "la solución está en producir más bienes y servicios". La directora provincial de Finanzas y Precios de Sancti Spíritus lo dijo sin rodeos: "Por muchas multas que pongamos, la multa no baja el precio". La salida, dijo, es "el abastecimiento, la producción, el mejoramiento de la economía".
El debate cubano no es solo técnico, es sobre todo social y político. Para el gobierno, en un contexto de más de seis décadas de economía planificada, bloqueo y sanciones estadounidenses, liberar precios sin red de contención expondría a los más vulnerables. Díaz-Canel lo planteó en junio: "Los logros sociales son inviolables", la educación y la salud seguirán gratuitas, y el Estado compensará por "planificación y redistribución". No es deseable que "unos avancen y otros queden atrás".
Para los críticos, ha faltado acabado al diseño. El sentido de la urgencia ha puesto el pie en el acelerador. No olvidar que venimos de un ordenamiento monetario con sentido de integración de precios, salarios, devaluación de la moneda, ajuste cambiario e impositivo que se pensó durante largos años y tenía una concepción estudiada y en gran medida cuantificada, y con amplio respaldo normativo y expectativas consensuadas.
Ahora, en 2026, en los últimos tres meses, de las 176 transformaciones en curso ya suman 160 con grados de implementación y 196 normas les dan blindaje jurídico. Se habla de un proceso de debate popular que busca legitimar políticamente lo que ya está en curso. Quizás bajo principios muy antiguos de que "vista hace fe" y de que "obras son amores", y el muy fidelista de que "no les vamos a decir cree, les vamos a decir lee", y esa lectura es también la lectura de la realidad.
La realidad desafiante y el control de precios más efectivo
Esa realidad es desafiante: el dólar se dispara en el mercado informal y en el segmento 3 del Banco Central, los apagones de 20 horas son rutina y los precios del mercado negro superan cualquier lógica económica. En ese contexto, los topes administrativos serían ciertamente simbólicos. Hay que seguir insistiendo en las herramientas indirectas y en los incentivos a la producción. También hay que mantener la mirada en los oligopolios, la colusión de precios, la especulación rampante, ajustarse a la ley y las normas. Potenciar la construcción colectiva de consensos en toda la cadena productiva para lograr verdadera concertación de precios e incorporar definitivamente a los consumidores finales.
Topar o no topar sigue siendo una decisión importante en el camino de la toma de decisiones gubernamentales y empresariales. La regulación, el control de precios por vías directas, topar; e indirectas con el conjunto de herramientas a mano sigue formando parte del carcaj.
El asunto continúa siendo entonces: cuándo, en qué momento y en qué plazos y sectores y acompañado de qué otras medidas que aseguren efectividad y temporalidad. No es un supuesto. Ya hoy se hace. La electricidad, el agua, el gas manufacturado, el oxígeno medicinal, los salarios del sector empresarial y presupuestado, algunos medicamentos y algunos otros precios de amplio consumo popular, aun cuando su abastecimiento sigue teniendo muchas irregularidades, siguen topados. Y por supuesto educación y salud. Y nos es contradictorio: seguimos siendo una sociedad socialista.
Hoy el más efectivo control de precios es que las transformaciones en curso, como punta de lanza del programa de gobierno, tengan éxito, y hacia ese frente hay que enviar todos los recursos y prenderle velas.