La segunda intervención yanqui: Motivos e impacto

Banderas de Estados Unidos y Cuba. Foto: AP.

El 29 de septiembre de 1906, el secretario de Guerra de Estados Unidos –y futuro presidente- William Taft asumió la condición de gobernador provisional de Cuba, cargo que ejerció hasta la llegada el 13 de octubre de quien se desempeñaría oficialmente en esa función, Charles Magoon. Comenzaba la segunda intervención oficial de los Estados Unidos en Cuba, con lo cual se abrían momentos de angustias, incertidumbres y también revisión de causas y consecuencias.

La imposición de la reelección de Tomás Estrada Palma como presidente, en unas elecciones llenas de violencia, había generado un estado de inestabilidad política como colofón de la primera experiencia de gobierno republicano, después de más de tres años de ocupación militar por los Estados Unidos (1899-1902). La resistencia del pueblo cubano había obligado a estructurar un Estado nacional, aunque con mecanismos de control por parte de los Estados Unidos como fue la Enmienda Platt, incorporada como apéndice a la Constitución cubana, que fue un instrumento para el ensayo en Cuba de lo que Martí había alertado como “su sistema de colonización”. Es decir, que Cuba era en esos momentos un terreno de ensayo que se extendía a la región.

Estados Unidos se mostraba ante el mundo como generoso y bueno desde la imagen que construyó: había ocupado a Cuba y le había “regalado” la independencia después de haberla  “educado” para su desempeño republicano exitoso, lo cual era útil para limpiar su imagen después de su acción en la separación de Panamá de Colombia para dominar la zona del Canal. Eso era importante con vistas a la Conferencia Panamericana a celebrarse entre el 21 de julio y el 26 de agosto  de 1906.

En ese contexto, el conflicto en Cuba era un factor negativo para los propósitos estadounidenses de ahí que, en una caricatura de la época, está el presidente Teodoro Roosevelt observando un mapa donde aparece Cuba con el occidente de la isla pintado de oscuro y dice: “¡Me ensuciaron el cuadro!”

El conflicto en Cuba se había generado desde la preparación de las elecciones presidenciales de 1905, en las que contenderían la candidatura del Partido Liberal: José Miguel Gómez-Alfredo Zayas, con la del Partido Moderado: Tomás Estrada Palma-Domingo Méndez Capote. El vicepresidente que había acompañado a Estrada en su gobierno, Luis Estévez y Romero, no había aceptado ir a esa reelección y renunció a la vicepresidencia. Entonces la figura acompañante fue Méndez Capote.

El ambiente que presidió el proceso electoral, cuando el Gobierno constituyó el llamado “Gabinete de combate”, estuvo plagado de imposiciones, represión, cesantía de liberales en puestos de gobierno y hasta asesinatos. En ese contexto, los liberales encabezados por José Miguel Gómez decidieron ir a un alzamiento, desatando lo que se conoció como la “Guerrita de agosto”. Esta acción se acompañó de gestiones en busca de apoyo de los Estados Unidos por ambas partes. Sin duda, la dependencia funcionaba para los grupos que entonces se disputaban el poder político.

Estrada Palma,  a través de su secretario de Estado, había solicitado al cónsul general de los Estados Unidos en Cuba que aquel país enviara dos barcos de guerra pues, según el cónsul, “el Gobierno resulta inefectivo para proteger la vida y la propiedad”. Un nuevo telegrama del cónsul a su gobierno del 12 de septiembre insistía en este pedido, ahora incluyendo el envío de 2,000 o 3,000 hombres con la mayor rapidez.

Estrada Palma justificó esa actitud diciendo, en carta del 10 de octubre de ese 1906, que era preferible “una dependencia política que nos asegure los dones fecundos de la libertad, antes que la República independiente y soberana, desacreditada y miserable por la acción funesta de guerras civiles”. Esto era compartido por sus cercanos colaboradores, más no fueron solo los “moderados” los que tuvieron esa actitud.

Alfredo Zayas, presidente del Partido Liberal, fundamentó en la existencia del derecho de intervención norteño plasmado en la Enmienda Platt que “no se pusiera obstáculo ni se hiciera resistencia” al ejercicio de ese derecho. Los liberales también hicieron gestiones con el vecino norteño para buscar “apoyo y comprensión” a la posibilidad de crear un gobierno provisional. El presidente Roosevelt, por su parte, había hecho  pública una carta donde llamaba a la paz, de manera de evitar que se viera a los Estados Unidos como interventores.

La situación se agravó cuando, ante la llegada a Cuba de Taft junto al subsecretario de Estado Robert Bacon, acompañados de 5 000 marines, Estrada Palma y todo su equipo renunciaron y dejaron la República totalmente acéfala. Comenzaba entonces esa segunda intervención directa hasta el 28 de enero de 1909, cuando asumió Gómez la presidencia.

Esta intervención quedó en el recuerdo de entonces por el despilfarro de los recursos del Estado, las “botellas” -que llegaron a ser “garrafones”- para contentar a todos, por eso las caricaturas ponían a Magoon “chupando el biberón” y “engordando en La Habana”.

Pero lo peor era la dependencia, la falta de soberanía y el peligro de que una tercera intervención fuera definitiva. En la poesía popular de entonces se mostró ese sentimiento, como cuando Ramón Creagh dijo: “Nosotros en largas guerras / Las manos ensangrentamos / Muchas sangres derramamos / Por ver libre a nuestra tierra / Horrible desgracia encierra/ Para todos los cubanos / Pensar que el Americano / A Cuba ha de gobernar / Esto se puede evitar / PONGAN ASUNTO CUBANOS.

Gonzalo de Quesada decía entonces en una carta, que Estados Unidos soñaban ver a Cuba “una factoría donde el desprecio que se siente por nosotros se convierta en una exterminación lenta y deshonrosa, y donde se nos considera únicamente hombres-bestias” para producir azúcar, tabaco y “dar a las Compañías de capital extranjero pingües dividendos.” Y en otra carta afirmaba que “Frente a nosotros hay un enemigo que no descansa y que aprovecha nuestra desunión”.

Mientras, Salvador Cisneros Betancourt, el 10 de octubre de 1907, fundó la Junta Patriótica y el periódico La estrella solitaria, reivindicando el Manifiesto de Montecristi como programa de la revolución, defendiendo así la independencia, en lo que le acompañaron figuras como Amalia Simoni, Ana de Quesada, Bernarda Toro, Fermín Valdés Domínguez,  José Dolores Poyo, Enrique Collazo, entre otros.

La segunda intervención fue muy traumática para el pueblo cubano, que había defendido su derecho a la soberanía e independencia al costo de grandes sacrificios y que ahora veía en verdadero peligro, ante el cual volvía a combatir.