"La Venganza de los Viejos": La distorsión como arma de guerra cultural (+Video)

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En los últimos días hemos sido testigos de un fenómeno tan predecible como lamentable: la distorsión malintencionada de "La venganza de los viejos", la más reciente propuesta audiovisual de Buena Fe. Los comentarios venenosos que inundan las plataformas digitales no son casuales, ni emergen del genuino desacuerdo estético o ideológico. Son, más bien, la manifestación de una estrategia deliberada de sabotaje cultural que pretende invertir el mensaje humanista de la obra para convertirla en su opuesto.

Quienes atacan esta canción afirman, con la desfachatez del que miente a sabiendas, que Buena Fe "ofende a los hijos que se fueron" o que la obra constituye un ataque contra quienes mantienen económicamente a sus padres desde el extranjero. Esta interpretación no solo es errónea: es criminalmente deshonesta. Es la lectura de quien busca el conflicto donde no existe, de quien necesita encontrar la provocación para justificar su odio preconcebido. "La venganza de los viejos" es, en su esencia más profunda, un llamado de atención sobre una realidad dolorosa y universal: el abandono afectivo de los adultos mayores.

La canción construye la historia de don Andrés, un padre que tras entregar su vida entera a sus hijas ("mis tres flores, mis tres hijas... No vieron un amanecer sin mis besos de amor") se encuentra abandonado cuando más las necesita.


El relato no condena a quienes emigran por necesidad, ni critica el envío de remesas. La condena está dirigida hacia algo mucho más específico y cruel: la indiferencia afectiva, la ausencia emocional, el reducir la relación filial a una transacción económica. Cuando las hijas responden "las cosas están complicadas, no podremos ir" ante la soledad de un padre viudo, no están siendo criticadas por vivir lejos, sino por su frialdad, por convertir el amor filial en una ecuación de conveniencia.

La genialidad de Israel Rojas reside en construir una narrativa que transforma la victimización en empoderamiento. El "Negro Simón" —figura sabia y solidaria— no solo salva a Andrés del suicidio, sino que diseña una estratagema que devuelve al anciano su dignidad perdida. La mentira sobre la herencia no es venganza en el sentido destructivo, sino justicia poética: obliga a las hijas a demostrar si su amor es genuino o meramente interesado. El desenlace es revelador: "Al viejo Andrés, al viejo Andrés / Ahora hasta se lo disputan las tres". La supuesta herencia convierte la indiferencia en atención, la ausencia en presencia. Don Andrés recupera no solo a sus hijas, sino su autoestima: "Vive feliz, sin tormento y sin estrés". La venganza verdadera no es el castigo, sino la recuperación de la dignidad.

Los que atacan esta canción parecen ignorar —¿o fingir que ignoran?— la consistencia del proyecto artístico de Buena Fe. Como he analizado anteriormente en obras como "Pablo" o el álbum "Morada", el dúo ha construido durante décadas una poética comprometida con la reflexión social, la denuncia de las injusticias cotidianas y la reivindicación de la dignidad humana. "La venganza de los viejos" se inscribe naturalmente en esta tradición. Al igual que "Pablo" explora la melancolía y la nostalgia como elementos constitutivos de la experiencia humana, o como en el disco "Morada" que examina la intimidad doméstica en tiempos de crisis, esta nueva canción aborda el drama universal del envejecimiento en una sociedad que desecha a sus mayores. Pretender que Buena Fe, tras décadas de compromiso social, produjera una obra destinada a dividir familias o atacar a los emigrantes, es no solo una falsedad: es una demostración de ignorancia sobre la trayectoria artística del dúo.

Los ataques contra "La venganza de los viejos" revelan una incapacidad —¿o una negativa deliberada? — para distinguir entre arte y propaganda. El arte verdadero no busca confirmar prejuicios ni alentar divisiones. Busca, como señalara Marcel Proust, conectar memoria y melancolía para iluminar aspectos olvidados de la condición humana.

La canción no pretende resolver el problema migratorio ni ofrecer soluciones políticas. Su función es más sutil y, paradójicamente, más poderosa: generar conciencia sobre una realidad que muchos prefieren ignorar. La soledad de los ancianos no es un problema exclusivamente cubano, ni siquiera latinoamericano. Es una crisis global que el arte tiene el derecho —y la obligación— de examinar.

Los ataques contra esta obra revelan un método perverso pero eficaz: la interpretación maliciosa como arma de guerra cultural. Tomar una obra, extraer de ella los elementos que pueden ser distorsionados, y utilizarlos para generar controversia artificial es una técnica tan vieja como la política misma. Pero hay algo particularmente cruel en aplicar este método a una canción que habla del amor filial y la dignidad de los mayores. Es como si los atacantes necesitaran profanar precisamente aquello que es más sagrado: la relación entre padres e hijos, el cuidado de los vulnerables, la solidaridad intergeneracional.

Defender "La venganza de los viejos" no es defender a Buena Fe como grupo musical. Es defender el derecho del arte a existir sin ser sometido a la tiranía de la interpretación maliciosa. Es resistir la tentación de reducir toda expresión artística a su supuesta utilidad política inmediata. El arte trasciende la coyuntura política porque toca fibras más profundas de la experiencia humana. "La venganza de los viejos" permanecerá aun cuando las polémicas —artificiales, como ya dije— de hoy, sean solo ruido olvidado, porque habla de algo eterno: la relación entre padres e hijos, la soledad del envejecimiento, la necesidad de dignidad en todas las etapas de la vida.

La verdadera venganza de los viejos —y del arte mismo— será el tiempo. Cuando las voces del odio se callen, cuando los algoritmos dejen de amplificar la controversia artificial, quedará la canción en su dimensión real: una obra hermosa, inteligente y necesaria sobre uno de los dramas más universales de la condición humana.

Don Andrés, el Negro Simón, y las tres hijas vivirán en la memoria colectiva mucho después de que sus detractores sean olvidados. Porque el arte verdadero, como escribiera Gaston Bachelard, nos devuelve "la energía de un origen", nos conecta con lo esencial de nuestra humanidad.

La venganza de los viejos no es contra los hijos emigrantes. Es contra el olvido, contra la indiferencia, contra la crueldad disfrazada de crítica cultural. Y en esa venganza, necesaria y justa, todos los que amamos el arte auténtico debemos estar del lado de don Andrés.

Del autor:

Santa Ana de Coro, estado Falcón. Venezuela. Licenciado en Educación mención Lengua, Literatura y Latín por la Universidad Nacional Experimental "Francisco de Miranda", ha desarrollado una sólida trayectoria como activista a favor de las artes. En narrativa, ha sido galardonado en concursos literarios nacionales. Ha publicado relatos en revistas impresas y digitales, fue pionero y organizador de espacios como el "Encuentro de Jóvenes Creadores" en la ciudad de Santa Ana de Coro y fundador del Centro Cultural El Giróscopo, referencia para la canción de autor. Ha producido varios eventos literarios, concierto y festivales musicales, asimismo, exposiciones y ferias culturales. Actualmente dirige la Revista Digital Coroculto.