Habana Colonial: Foto: Good Free.
A fines del siglo XVIII La Habana era ya la ciudad más populosa y mejor fortificada de toda América, asevera Emilio Roig. Desde 1532 era la localidad más importante, pero no es hasta 1556 cuando se establece aquí el gobierno central de la Isla, y en 1592 Felipe II le concede el título de ciudad.
Si a finales del siglo XVI tenía unos 4 000 habitantes su zona urbanizada ocupaba algo más de un tercio de kilómetro cuadrado, ya en 1750 su población superaba los 50 000 habitantes y su zona urbanizada era de uno y medio kilómetros cuadrados. Un decenio después, la ciudad contaba con 70 000 habitantes, la mitad de la población total de la Isla, que era de 140 000.
Puntualiza Roig: “En 1762 nuestra capital contaba con diez conventos, universidad, un hospital, cuatro iglesias intramuros, dos iglesias extramuros, una ermita intramuros, tres ermitas extramuros, un oratorio, dos colegios, hospicio y otras 25 construcciones de importancia”.
En 1772 se prohíbe construir casas con techo de guano en el recinto amurallado, y en 1779 se construyen las primeras edificaciones con dos pisos altos, uno de ellos, el entresuelo.
En 1827, la Isla tiene ya 700 000 habitantes, pero solo 100 000 de ellos radican en la capital, y son blancos el 44 por ciento de ese total. El ferrocarril, con sus líneas dirigidas hacia el oeste y hacia el sur, hace nacer nuevos poblados.
En 1850 la ciudad llegaba a la calzada de Galiano, unos cuatro kilómetros de área urbanizada, y 140 000 habitantes. En 1870, con siete kilómetros cuadrados y 170 000 habitantes, pasaba la calzada de Belascoaín, y en 1890 avanzaba hacia Infanta, con diez kilómetros cuadrados y 200 000 pobladores. En 1902 los habaneros llegaban al cuarto de millón. A partir de ahí el crecimiento fue vertiginoso; tanto que barrios extremos llegaron a unirse.
Un crecimiento que enfilaba hacia el oeste y hacia el sur. El Túnel de La Habana (1958) facilitaría la expansión hacia el este.
Rascacielos de bolsillo
Antes, en la década de 1940, surgieron y proliferaron los rascacielos. Seudorrascacielos, les llama Roig pues “no hemos pasado de los treinta pisos, y esto en casos contadísimos”.
El hotel Habana Libre tiene 126 metros de altura sobre el nivel del terreno. El edificio Focsa, 121. La torre principal del Hospital Hermanos Ameijeiras, 112. El Ministerio de las Fuerzas Armadas, en la Plaza de la Revolución, 94, misma altura que la del Capitolio. El hotel Habana Riviera, 71. El monumento a José Martí, en la Plaza, 141,95 metros hasta los faros y banderas… Nunca se ha revelado con claridad, al menos, la desconoce el escribidor, la altura de la llamada Torre K. ¿Supera la del monumento al Apóstol y Héroe Nacional de Cuba?
Agenda
En 1836, al establecerse el uso del coche de alquiler, circulaban en la villa 4 000 carruajes. La primera guía turística (Guía de forasteros) se imprimió en la Habana en 1781 y desde 1793 tuvo carácter anual hasta su desaparición en 1884.
El primer médico y boticario ejerció en 1569. El primer teatro habanero, El Coliseo, abrió sus puertas en 1776, pero antes la capital dispuso de una llamada Casa de Comedias. El primer baile público de máscaras se celebró en 1831.
En 1807 se introdujo en Cuba el buque de vapor. Treinta años después se inaugura el primer servicio de ferrocarril, y en 1840 circulaban los primeros ómnibus de tracción animal. En 1901 se introduce el tranvía eléctrico.
La imprenta es de 1723. La universidad, de 1728. El primer periódico apareció en 1764 y en 1790 la primera publicación literaria, El papel periódico de La Habana. El primer cementerio, que fue el de Espada, se explotó a partir de 1806, y en 1872 comenzaron los enterramientos en la necrópolis de Colón. La epidemia de cólera de 1833 ocasionó 11 000 muertos en La Habana.
No se ponen de acuerdo los especialistas acerca de la introducción del inodoro en Cuba. Algunos aseguran que eso ocurrió en 1887, y que el primero de ellos se instaló en el edificio del Centro Asturiano, mientras que no faltan los que digan que ya en 1884 dos establecimientos habaneros se dedicaban a la venta e instalación de esos muebles.
En 1841 Fanny Essler, la mejor bailarina del siglo XIX, actuó en esta capital. En 1855 y en 1862 vino Adelina Patti, la mejor soprano absoluta de todos los tiempos. En 1915 hubo una sensacional temporada de ópera en La Habana con la presencia de Titta Ruffo, Palet y María Gay. En 1920 estuvo aquí Enrico Caruso y al año siguiente, Ana Pavlova.
El Gran Teatro Tacón, hoy Alicia Alonso, se inauguró en 1838. Contaba con 80 ventanas y 22 puertas, y se dice que en algún momento dio cabida a 4 000 personas. En 1878 admitía a 2 287 espectadores sentados y otros 750 podían colocarse de pie detrás de los palcos.
En 1882 Cirilo Villaverde publicó Cecilia Valdés, obra cumbre de la narrativa cubana de su siglo e impresionante fresco de una época. Un año antes, Carlos J. Finlay enunció por primera vez su teoría sobre el mosquito como ente trasmisor de la fiebre amarilla, con la que no solo se logró batir esa enfermedad, sino que sentó en el mundo las bases de la Medicina Tropical.
Llega el hielo
El hielo, ese gran invento del siglo XX, como le llama un personaje de Cien años de soledad, llegó a Cuba, por primera vez, en 1771, traído desde Veracruz y Boston y se le conferían cualidades medicinales. “Las bebidas heladas, se decía, entonan el estómago y todo el sistema nervioso y muscular”.
El 23 de septiembre de 1801, Francisco de Arango y Parreño, el llamado “estadista sin Estado” y eminencia gris de la burguesía criolla, sugirió en una memoria al Real Consulado de La Habana la conveniencia de importar hielo a fin de que los habaneros gocen “de su consuelo en el riguroso estío”. El marqués de Someruelos, capitán general y gobernador de la Isla, aprobó la iniciativa de Arango y autorizó su importación “como uso medicinal para las enfermedades que originan la rarefacción de la sangre, que son tan frecuentes en los climas cálidos”.
En 1805 estuvo aquí Federico Tudor, el rey del hielo, con 240 toneladas de su mercancía que trajo a bordo del bergantín Favorito. Cinco años después obtenía del gobierno colonial el monopolio de la venta de hielo en La Habana, pero ya a mediados del siglo XIX, el hielo se importaba libre de derechos.
Más allá de sus pretendidos propósitos curativos, el hielo hizo que apareciera, y de manera acelerada, la vida de café en la capital cubana, dice el historiador Julio Le Riverend.