Aguiar, la calle del dinero

Columnas de Liborio Noval: Convento de Santa Clara, La Habana Vieja

Aguiar, esa calle habanera que comienza en la Avenida de las Misiones y se interna a lo largo de unas quince cuadras en la ciudad vieja para morir en Sol, junto a los muros del convento de Santa Clara, debe su nombre a Luis José Aguiar, uno de los regidores del Ayuntamiento de La Habana que se destacó de manera extraordinaria en la defensa de la ciudad ante la agresión británica de 1762. Uno de los restaurantes más emblemáticos de la urbe, en el Hotel Nacional, lleva su nombre, El Comedor de Aguiar.

Escribe José María de la Torre en su libro Lo que fuimos y lo que somos; La Habana antigua y moderna, publicado en esta ciudad en 1857, que el hombre que terminó dado nombre a esta calle residía en la esquina de Tejadillo. Añade que al tramo de Aguiar entre Teniente Rey y Muralla se llamó Carnicería por hallarse allí –segunda casa a la derecha según se entraba por Teniente Rey- la carnicería real, mientras que a la esquina de Amargura se le llamó De los Terceros por la capilla de la Tercera Orden de San Agustín, y la de O’Reilly fue la del Anticristo. A Aguiar se le da el nombre de Contias en algunas escrituras, pero dice De la Torre que desconoce los motivos,

Es una calle que cuenta con una magnífica sala de conciertos en el antiguo Oratorio de San Felipe Neri, en la esquina con Obrapía, y radica en ella el Tribunal Supremo de Justicia, en el número 367, antigua sede de The Royal Bank of Canada. En opinión del cronista Aguiar fue hasta 1959 e incluso un poco después, la calle del dinero.

Allí tenían casas matrices o sucursales nueve bancos, por lo que fue uno de los ejes del llamado distrito bancario habanero, nuestro pequeño Wall Street. También un elevado número de compañías y agencias de seguros, así como numerosas asociaciones comerciales como la Cámara de Comercio Británica, la Asociación de Bancos de Cuba y la Cámara Nacional de Comerciantes e Industriales. Como si eso fuese poco, sobre la calle Aguiar abrían sus puertas los bufetes de más de 105 abogados, entre ellos algunos pejes gordos del régimen batistiano como Rafael Guas Inclán, vicepresidente de la República, en el número 574 de la calle; Jorge García Montes, primer ministro, en el 310; Gastón Godoy, presidente de la Cámara de Representantes, en el número 360, y en el 305, Marino López Blanco, ministro de Hacienda. Y también algunos abogados opuestos a la dictadura, desde las filas de la Ortodoxia, como Francisco Carone Dede y Ernesto Dihigo, ambos con oficinas en el edificio marcado en el número 556.

No faltaban desde luego las casas de vivienda ni los locales que daba cabida a establecimientos comerciales, como los Almacenes de Sedería y Quincallería, en el 560, la sastrería y camisería de Ramón Gómez, en el número 408, y la tienda de ropa hecha para caballeros de José Wladawsky, en el 609. En el 402 se hallaba el Club de Sport y Fomento del Turismo de La Habana, y, en la esquina de O’Reilly, el bar del hotel Lafayette donde, se dice, se impuso el “cubanito”, el sabroso coctel que se elabora con ron blanco, zumo de tomate, salsa inglesa y pimienta y que se puntea con sal. El propietario principal de la fábrica de sombrero de Barquín y Compañía, número 602, era miembro de la Cámara de Comercio de la República.

En Aguiar 569 se confeccionaban las sábanas Palacio. Un slogan comercial viene desde el fondo de los tiempos. Acaso lo recuerden los mayores de 70 años. Dice: “Sábanas Palacio. Suaves como la seda y fuertes como el lino. Garantizadas por 360 lavadas”.

Desconoce el cronista si alguien se animó a contarlas alguna vez.