La araña del Tacón

Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso en la actualidad. Foto: Tomada del teatro en su página en Facebook.

El Gran Teatro Tacón (hoy Alicia Alonso) fue en su momento uno de los mejores del mundo. Su austera fachada contrastaba con el lujo y la elegancia de su interior.

La eximia bailarina Fanny Elssler lo comparó con el San Carlo, de Nápoles, y la Scala, de Milán, “y no creo que sean mucho más grandes ni más elegantes en proporciones y estilo…”.

La condesa de Merlin lo vio, en 1844, como un salón que no desentonaría en Londres ni en París, en tanto que otros viajeros se resentían al encontrar en la colonia lo que no existía en la metrópoli.

El palco destinado al gobernador lucía mejor adornado que el que se destinaba a los reyes en algunos países. Ochenta ventanas y 22 puertas ventilaban la estancia. Su acústica era insuperable.

En 1878 admitía a 2 287 personas sentadas y otras 750 que podían colocarse de pie detrás de los palcos, aunque se dice que en sus inicios tenía capacidad para unos 4 000 espectadores.

Su lámpara central, en forma de araña, constituía, según la copla popular, uno de los elementos distintivos de la ciudad, junto al Morro y la Cabaña. “Tres cosas tiene La Habana / que causan admiración: / son el Morro, la Cabaña / y la araña del Tacón”.

Se decía que a esa lámpara solo la superaban en tamaño las de la Ópera de París y el Palacio Real madrileño. Si bien provocaba la admiración de muchos, irritaba a otros, a aquellos que debían presenciar el espectáculo desde los pisos superiores del teatro, esto es, desde la tertulia y la cazuela: los obligaba a hacer prodigios para ver el escenario completo. Se hicieron muchas sugerencias para remediar esa situación, pero la araña del Tacón permaneció en su mismo sitio durante más de 60 años.

Antigua araña del Tacón. Foto: Redes sociales.

La luminaria sufrió una avería cuando una noche de 1863 los espectadores decidieron tomar la escena por asalto. El Gran Teatro había vuelto a abrir sus puertas, luego de una de las tantas remodelaciones que sufriera, y lo hizo con la presentación de una compañía de tan baja calidad que el público de la tertulia y la cazuela, molesto y enfurecido, arremetió contra los cómicos lanzando a la platea y al escenario brazos de butacas y cuanto objeto contundente encontró a su alcance.

Rey Alfonso en su Biografía de un coliseo se permite otra lectura, quizás más exacta de ese incidente: los espectadores más humildes asumieron tan agresiva actitud no contra los actores, sino en repudio al régimen colonial.

La famosa lámpara desaparecería el 9 de enero de 1900. Se limpiaba el teatro con vista a la temporada de ópera que se iniciaría al día siguiente cuando la mítica araña se desprendió del techo y cayó estrepitosamente sobre el lunetario.  Para sustituirla se adquirió a toda prisa un plafón en forma de estrella que sostenía 120 bombillas eléctricas.

Los tiempos habían cambiado, el nombre de Tacón resultaba obsoleto y se sugirió dar al Gran Teatro el nombre de La Estrella. La idea no progresó. La lámpara con forma de estrella fue también sustituida. A mediados de 1915 comenzó a funcionar un ventilador absorbente que hacía descender a 20 grados la temperatura de la sala.

En la actualidad, el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso. Foto: Redes sociales.

Para la construcción del teatro, Miguel Tacón, capitán general y gobernador de la Isla, concedió al catalán don Francisco Marty una discutida franja de terreno realengo situada casi al frente de la puerta de Monserrate de la muralla, en una de las zonas más codiciadas de extramuros, y suministraría la piedra necesaria, en tanto que garantizaría la mano de obra con los reclusos de la Cárcel de La Habana, esclavos y peones.

Como respaldo de la empresa, don Pancho, como se le conocía, pondría su cuantiosa fortuna. En el juicio de residencia que se le siguió en Madrid a su salida del gobierno, Tacón declaró que el Gran Teatro había significado una inversión de 200 000 pesos. Don Pancho dijo, por su parte, que el costo del edificio fue de 291 507 pesos con 16 reales, cifra que no incluía los recursos aportados por la administración colonial.

En 1878 su plantilla la conformaban un director, un secretario, un contador, un tenedor de libros, un portero mayor y 13 porteros y acomodadores. También un expendedor de boletos, un mecánico, cuatro carpinteros, dos serenos, una costurera con cinco ayudantes, un cartelero y varios conserjes, tramoyistas y utileros, así como cierto número de extras que solo eran llamados a trabajar y cobraran cuando las circunstancias lo requerían.

El palacio social del Centro Gallego y el Gran Teatro, ya en el siglo XX, representaron una inversión que sobrepasó los dos millones de pesos. Fue exigencia de la directiva gallega que la acústica del coliseo permaneciera inalterable. Así, se aprovechó todo lo que se pudo de la estructura del Tacón, se tuvo sumo cuidado de reproducir lo más exactamente posible la planta del salón y se trató de utilizar maderas semejantes a las ya existentes.