Aníbal Escalante Beaton
El Dr. Carlos García Vélez conoció a su padre cuando había cumplido 11 años. Tenía 20 meses cuando Calixto García se alzó contra el poder colonial. No pasaba de 3 años, cuando su familia fue capturada por tropas españolas. Junto a su madre, hermanos, tía y abuela, las celdas de la Casas de las Recogidas fue su estrecho parque de diversiones de la niñez. Como escribió en su diario, “dormíamos en el piso y con escaso alimento”. Con 7 años escuchó el llanto ahogado de la madre cuando supo que Calixto se había disparado un tiro para no caer prisionero.
En 1878, después de cuatro años de prisión, el general holguinero pudo encontrarse con su familia en Nueva York. Por primera vez, el padre pasó de relato familiar a imagen. La cicatriz entre ceja y ceja, que supuraba pus de manera intermitente, la extraña configuración de la dentadura y la extraña voz nasal del padre, lo impresionaron.
Carlos y sus hermanos, crecieron bajo el enorme peso de los méritos del padre. Por eso, aunque él mismo dijo que prefirió la carrera de Odontología, porque duraba menos tiempo que la de Derecho, como deseaba el padre, siempre he pensado, sin evidencia que lo confirme, que en su decisión mediaron las secuelas de la herida del padre.
El dentista García
En la Escuela de Medicina de San Carlos de Madrid se graduó en 1887 como Cirujano Dentista. Interesado por la investigación tuvo relaciones con importantes profesionales extranjeros. Patentizó dos instrumentos para el trabajo de su profesión y fundó y dirigió la Revista Estomatológica, una de las primeras en el mundo y la pionera en Madrid.
Diecinueve años después de dispararse, Calixto García padecía de sangramientos y fuertes dolores bucales. En 1893 el Dr. Carlos le realizó cirugía que mejoró la calidad de vida del general. Extrajo piezas y le colocó una prótesis bucal de caucho, que era lo último en ese momento.
Carlos García Vélez tenía una prometedora carrera con consultorio propio. Cuando en 1895 comenzó la nueva guerra por la independencia de Cuba lo dejó todo y partió al campo de batalla con su padre. Quizás en todo eso pensaba el comandante en esa fría mañana de enero en el campamento cubano de Guasimilla a la vera del rio Cauto, después de dejar preparados los torpedos. ¿Detonarían?
Garrafones como los que se utilizaron para hacer las minas subacuáticas
Torpedos made in manigua
Para confeccionar las minas subacuáticas made in manigua, los cubanos habían buscado garrafones de los que se usaban para almacenar vino, aguardientes o aceite. Vasijas robustas, en ocasiones reforzadas con cubiertas de mimbre como las que se muestran en las fotos.
Pero para las funciones bélicas como las que narramos, el cuello estrecho dificultaba su llenado con dinamita. Y, sin embargo, aquellos campesinos, bajo la mirada atenta de García Vélez y dirigidos por el comandante Juan Manuel Galdós, lo lograron en menos tiempo del calculado.
Más delicada fue la tarea de Galdós para colocar, dentro de los garrafones, lo que funcionaría como cápsula detonante. De ahí partía el alambre de telégrafo hasta el magneto o explosor, que enviaría la chispa eléctrica que provocaría la explosión de los garrafones debidamente sellados y lacrados. Así, podemos decir, que los torpedos made in manigua se construyeron con vasijas de vino que no se tomaron y alambre de cables que no se enviaron.
Como dijimos, colocaron dos hileras de torpedos. Cada uno con 5 minas separadas una de otra unos 8 metros, según el testimonio de Aníbal Escalante Beatón en su libro Calixto García, su campaña del 95. La primera estaría a la altura de Guasimilla. Las fuentes españolas identifican el lugar como El Mango. La otra, según Aníbal Escalante Beatón la situaron a unos 300 metros, digamos unas 3 cuadras, río arriba.
Por ser la segunda en construirse, Juan Manuel Galdós consideró que quedó mejor y él se dispuso para ejecutar la acción allí por si fallaba la primera línea. Al joven de 16 años, Aníbal Escalante, encargaron accionar el explosor de la primera línea.
Cañonera semejante a la Relámpago
La espera
No sabían cuándo las fuerzas españolas intentarían trasladar suministros por el río. El comandante García Vélez cuida de que, el medio centenar de hombres que integran la Columna Volante del Cauto, se mantengan las precauciones para no delatar su presencia. Parejas recorrían la zona ribereña; vigías colocados a distancia para avisar con tiempo cuando se avistara alguna embarcación. Pero en coordinación con esta operación, fuerzas el general Francisco Estrada quemaron el caserío de Guamo. Esto provocó que el mando español ordenara que dos cañoneras partieran hacia ese punto.
Las cañoneras
Las cañoneas son lanchas de poco calado que se utilizan para navegación de cabotaje y patrullar las costas. En el caso de Relámpago y Centinela fueron parte de un lote que compraron de segunda mano en Estados Unidos, con dinero aportado por comerciantes españoles.
Relámpago, que iba delante, tenía 19 metros de largo por 3.5 de ancho. Desplazaba 21 toneladas y llevaba en la proa un cañón de tiro rápido. Le seguía Centinela, que desplazaba 30 toneladas. Tenía 18.60 metros de eslora y 4 de mangas. Estaba armada con dos cañones–ametralladoras, o revólveres-cañones como se decía entonces. Ese tipo de arma se ha visto en filmes. Mostramos una.
En la confianza está el peligro
Las dos cañoneras avanzaban confiadas en su fuerza. Una vegetación incontrolada era dueña de las orillas. Malezas ensortijadas disputaban espacio a robustos árboles de júcaro, jagüey y ocuje y, ese día todos eran trincheras cubanas.
Sobre las 10 de la mañana el vigía más lejano da la voz: “¡Barco a la vista!” Funciona el telégrafo humano de boca a oído y se despereza la emboscada. Galdós y Aníbal se preparan para a hacer funcionar los magnetos. Todos tienen la vista fija en aquellos puntos que van creciendo mientras remontan el río.
Curiosamente en la segunda cañonera iba una perrita que habían bautizado como Centinela, igual que la embarcación. Acostumbrada a navegar, observaba el paisaje sentada en la proa. Dos sinsontes se desafían con su canto.
Ya se distingue la artillería de proa. Comienza a escucharse el chapoteo metrado de las hélices sobre el agua. A soto voce un mambí: “¡Atención!... Atención!...Preparados... La perrita Centinela comenzó a ladrar. Los sinsontes cortaron su trino. Un marinero mandó a callar a la perra. Carlos García Vélez esperaba el momento adecuado. Un grito: “¡Ya!”. La mano adolescente de Aníbal Escalante bajó la palanca del magneto y la tranquilidad de paisaje voló.
Como una película silente
Ametralladora o cañón -revolver
“Una explosión infernal que nos aturdió a todos e hizo trepidar la tierra con la misma violencia de un terremoto”, así lo recordó Aníbal Escalante. El impacto levantó el Ralámpago, cuando cayó, quedó escorado y comenzó a hundirse.
Al unísono, las dos orillas comenzaron a vomitar plomos. Los gritos de auxilio, las voces de mando, los lamentos de heridos, más que oírse se leían en los rostros. El Centinela detuvo la marcha mientras la dotación disparaba con sus cañones-ametralladoras a un enemigo que no lograban ver. En medio de la balacera, el alférez Gonzalo de la Puerta y Díaz, comandante de la Centinela, dio órdenes de virar y echó el bote al agua para intentar rescatar a la tripulación del Relámpago.
Sólo pudieron salvar al ayudante de máquina de Relámpago, al artillero y 2 marineros. Al comandante no lo encontraron y el alférez de navío Puerta fue herido en un brazo y el rostro.
Pusieron la máquina de Centinela en retroceso mientras ripostaban la agresión y parte de la tripulación caía herida o muerta. Después de mucho maniobrar, lograron girar el barco y comenzaron a regresar a la desembocadura.
Balance
De los 16 tripulantes de la Centinela murieron 2 marineros y 5 resultaron heridos, incluido su comandante que fue condecorado. De los 18 tripulantes del Relámpago sólo se salvaron los 3 mencionados. Los cubanos tuvieron un herido. La cañonera Centinela fue hundida por barcos norteamericanos el 30 de junio de 1898 frente a Niquero. Gonzalo de la puerta ya era su comandante y la perrita de igual nombre estaba como mascota en otro barco de la armada española.
Relámpago fue la primera embarcación de la armada española hundida por una mina. La acción tuvo mucha repercusión en la prensa y los españoles abandonaron la idea de utilizar la vía fluvial para abastecer las ciudades. Calixto García le escribió a Estrada Palma: “Con cañones de dinamita y máquinas eléctricas he hecho abandonar el Cauto y las bahías de Banes y Manatí.”
Carlos García Vélez fue ascendido a teniente coronel. Concluyó la guerra como general de brigada. En 1923 encabezó el Movimiento de Veteranos y Patriotas contra la corrupción y el latrocinio imperante. Entre sus miembros estuvo el joven Rubén Martínez Villena.
Sorpresas y curiosidades en la historia
La acción de operar el magneto pudieron hacerla otros mambises, luego perdidos en la niebla de la historia. En este caso podemos agregar algunos datos sobre ellos.
Aníbal Escalante Beatón nació en Jiguaní en 1880. Durante años ejerció como notario en su pueblo. El archivo municipal de Jiguaní lleva su nombre. En 1937 ingresó en el partido comunista. Sus hijos César y Aníbal Escalante Dellundé, fueron dirigentes del Partido Socialista Popular. De sus experiencias como ayudante del general Calixto García nació el importante libro citado en este artículo.
Juan Manuel Galdós Belzaguy, que tenía entonces 31 años, era hijo de Domingo Galdós Mesa, nacido en Macurijes (hoy Pedro Betancourt), Matanzas, primo del famoso escritor Benito Pérez Galdós. Varios miembros de los Galdós tuvieron vínculos con Cuba. Pero de eso escribiremos otro día.
Espero les haya resultado de interés conocer como Juan Padrón, el padre de Elpidio Valdés, dio con la cañonera. Siempre hay sorpresas en el laberinto de la historia. A propósito de don Benito, quiero despedir con estas palabras de su obra Realidad, que nos resultan afines: “Me inclino comúnmente s admitir lo extraordinario, porque de ese modo me parece que interpreto mejor la realidad, que es la gran inventora.”