#CubaEnSochi: El mundo en un avión

Primera parte de la delegación cubana camino a Sochi al Festival Mundial de la Juventud. Foto: Lázaro Manuel Alonso.

Hay gente que se queda en el afecto ante la certeza de compartir ideas, sensibilidades, miedos, sueños. Hay gente fácil de querer… y punto. Mi amiga Susana es una de ellas. Sabía que sería difícil verla, pero el solo hecho de pasar dos horas en su Venezuela, aunque fuesen dos horas de enclaustro dentro de un avión, el solo hecho de estar geográficamente cerca, hizo que le escribiese. Uno nunca sabe. Capaz y se las arreglaba para asomarse por un cristal o, así de simple y complicado, entrar. Que por Cuba no quede.

Dicen por ahí que las pistas de los aeropuertos prácticamente son terreno del mundo, que estar ahí nunca es exactamente “estar ahí”. Pero la tierra es la tierra y ningún muro ni legajo puede cambiar eso.

El trayecto iba a ser largo y Maiquetía era solo la primera parada, la más cercana a Cuba. Después vendría Estambul, luego San Petersburgo, luego Sochi. 

Las películas siempre quedan por debajo de la realidad. Porque las obras de ficción, incluso las más desestructuradas, están sujetas a una lógica y, como mínimo, tienen que establecer pactos de verosimilitud.

Pero la vida es otra cosa: un entramado de sucesos con innumerables niveles de lecturas, hechos que coexisten, que se sobreponen, que se intersecan tres segundos y siguen por su trillo, hechos que se suceden en el espacio, otros solo en el tiempo, otros en espacio y tiempo o con cualquier conjugación a la que no vale “meterle mucho la cabeza”, sino apenas sorprenderse de haber sido testigo o partícipe de lo improbable.

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En la terminal 3 del Aeropuerto Internacional José Martí, un hombre pasado de los cincuenta hace preguntas incómodas. Es de Filipinas, se lee en su pasaporte, y quiere saber quiénes somos y por qué estamos haciendo fila aquí. Las preguntas de los extranjeros muchas veces son incómodas, porque parten de códigos distintos y es difícil hallar el punto medio en el que coinciden nuestros códigos, en el tramado de la lengua, las vivencias y en general… culturas.

Además de todo eso, a uno siempre se le sale la desconfianza cubiche y no puede evitar preguntarse, al menos para sí: ¿y este por qué querrá saber tanto?

El diálogo termina pronto. El filipino va a ser fila a otro lado y, por ahora, nada más ocurre.

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Venezuela fue la primera parada de un largo recorrido. Foto: Lázaro Manuel Alonso.

Ya en el avión, mientras acomodo las cosas en los compartimentos del techo, se acerca un hombre viejo y muestra un ticket idéntico al mío. Mismo asiento, misma fila. Parece británico... el viejo.

Le muestro el que tengo y se sonríe, al tiempo que se encoje de hombros y sale a conversar con la azafata.

Desde el asiento —¿mío, suyo, nuestro?— veo cómo discuten y cómo unos segundos más tarde, derrotado, el viejo me mira sonriente y se deja conducir hasta otra parte del avión, que poco después cierra todo, rueda por la pista, corre como un pájaro por la rama, da un brinco y vuela.

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Ya estamos en Maiquetía y el viejo nuevamente se levanta. Estoy pensado en que Susana difícilmente podrá asomarse por algún cristal y estoy sintiendo el calor del mediodía de Venezuela, junto al tedio de la espera y del viejo que vuelve a arremeter contra las aeromozas, esta vez con más furia.

La aeromoza me llama. Llego adonde están. El viejo saca otra vez su risa británica de “sí y no” al mismo tiempo, risa que parece más “sí”, aunque en esencia es más “no”. El viejo camina rumbo a mi asiento —¿mío, suyo, nuestro, suyo? ¡Suyo!— y como buen viejo británico lo ocupa, sin perder la sonrisa.

Sin muchas explicaciones, la azafata me envía hacia otro lado, al fondo de la nave. Yo también discuto. Pero no hay mucho que hacer. “Tienes derecho a reclamar cuando se acabe el viaje”. Pero a uno no le importa reclamar, uno solo quiere que el siguiente avión, a medio mundo de distancia y a media hora de partir cuando este llegue, no se vaya.

Camino con la nuca hirviendo, como si me hubiesen acabado de quitar las Malvinas, y llego al nuevo puesto. Levanto la cabeza y reconozco el rostro del filipino. Qué pequeño el mundo, qué pequeño este avión.

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El filipino lleva una remera castaña con un almendrón dibujado al pecho. Estuvo cuatro días en Cuba. Es ingeniero civil y dice estar impresionado con la arquitectura de Miramar. Antes de llegar a Cuba estuvo en Argentina y en una ensarta interminable de otros países de América Latina que no recuerdo y hasta en la Antártida. Ahora va en su larguísimo viaje de regreso.

Pregunta algunas cosas de Cuba, de Fidel. Que si es verdad todo lo que de él se cuenta. Que si acaso no es demasiado para un solo tipo.

Luego hablamos algo de nuestros pasados en común. El filipino cuenta que a ellos el inglés les entró con todo, que por esa parte ya no hay vuelta atrás. Sin embargo, sus nombres siguen aludiendo a algo parecido al español.

—¿Cómo te llamas?

Y de su boca enredada sale algo parecido a un Ronquilio, a un Rogelio.

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Estoy a su derecha. Ahora intenta conversar con la muchacha del otro lado. Ella no sabe nada de inglés y solo responde con palabras sueltas en español y la sonrisa venezolana, igual a la de Susi, que es idéntica a la de Cuba, solo que un poco más del sur.

Ella le dice “Rusia” y le muestra las uñas de los dedos coloreadas de blanco, azul y rojo.

Así conozco a Pilar, interrumpiendo al filipino y preguntando si ella también va al Festival Mundial de la Juventud en Sochi.

—Yo soy de Cuba. Voy también para allá.

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Dice Pilar que en Cuba ha estado ya tres veces. Comienza a mencionar músicos, poetas y escritores nuestros, el nombre de algún trovador que no conozco. Dice Pilar que Dulce María Loynaz tiene una poesía que la atrapa y la amarra y le da vida. Pilar tiene 29 años y siempre soñó estudiar Letras, pero su familia no tuvo dinero para mandarla fuera del estado. Igual pudo estudiar otra cosa también relacionada con el arte y en la Venezuela de hoy se desempeña como realizadora, aunque no renuncia a que un día pueda estudiar aquello que no pudo.

Dice Pilar que lee mucho y que empezó a hacerlo de veras cuando murió Chávez. Lo que se le ocurrió para parecérsele un poco fue leer y estudiar y seguir leyendo. Pilar habla de Chávez y de Fidel como si fueran lo mismo, cómo si no hubiese cómo separar lo que fue uno de lo que fue el otro y Pilar tiene razón.

No conoció físicamente a Fidel, pero sí lo hizo de otras formas, no menos directas, no menos sensitivas. De niña, Pilar vivía en el estado Falcón y cuenta que en la casa sus padres recibían constantemente a los médicos y maestros cubanos que llegaban a Venezuela en las distintas misiones.

Batalla de ideas en Cuba; Barrio adentro, Yo sí puedo y Operación Milagro en Venezuela. Los hechos, la coexistencia, la vida…

Pilar pertenece al Frente Francisco de Miranda. Entonces me vuelvo a acordar…

—Chica, va y tú conoces a Susana, que también se mueve en toda esa vaina, como dicen ustedes.

—¡Claro! ¿Cómo que no? ¡Susana!

Pilar saca el teléfono y nos hace una foto, dice que para que se muera de envidia.

Justo cuando se la va a mandar a Susi, ve que no hay conexión, porque ya el avión va saliendo. Al tiempo descubre que Susana acaba de escribirle, hablándole de un compañero de Cuba, de un amigo periodista que tiene que conocer y que va para donde mismo ella.

Parte de la delegación cubana en Sochi. Foto: Lázaro Manuel Alonso.