La Habana. Foto: Julio Angel Larramendi
La ciudad es el producto cultural más complejo producido por el hombre, el más perdurable y el que mejor refleja en la historia las circunstancias por las que una sociedad determinada ha transcurrido. Nunca un bien cultural estuvo cargado de tantos significantes políticos, socioeconómicos y medioambientales. Nunca una obra de arte expresó más claramente ser el resultado tanto de una construcción colectiva, como también y al mismo tiempo, ser la sumatoria de expresiones individuales.
La ciudad se expresa en lo físico, pero también porta valores intangibles proporcionados por quienes la viven; ella es un organismo dinámico que se presenta tal cual objetivamente y como la imaginamos; quizás también como la proyectamos al futuro, porque toda ciudad carga en si la historia de su desarrollo y los potenciales de su devenir. La ciudad, para ser, ha de estar habitada: no hay ciudad si no hay ciudadanos. Ella es el testigo que pone al descubierto los aciertos o desaciertos de gobernantes y gobernados; ella juzga en el tiempo las decisiones tomadas y nos devuelve su imagen como espejo para que reflexionemos sobre las políticas aplicadas.
No comprender esta dimensión cultural de la ciudad, que implica una mirada desde el complejo mundo de la transdisciplina y añadir subjetividad por encima de lo meramente funcional, ha conducido a la producción de lugares enajenantes, fértiles territorios de conflictividad social, que avivan inequidades ya existentes.
Con la revolución industrial, las ciudades comienzan su larga historia de segregación: surgen los barrios obreros “seriados”, cercanos a las zonas industriales, paralelamente a los ensanches, asiento de la nueva clase burguesa, que traslada las características formales más cualificadas del sitio fundacional, aunque implantando los nuevos edificios en una traza más racional y holgada. Continúa así el crecimiento de la ciudad, acentuado más adelante por el crecimiento demográfico, y las migraciones provocadas por las asimetrías entre las condiciones de vida entre el campo y la ciudad, los eventos naturales que causan desastres o los conflictos armados.
De alguna manera, este proceso de crecimiento ha sido acompañado por los postulados del Movimiento Moderno, que desde principios del siglo XX planteó la zonificación funcional de la ciudad, segregando las actividades básicas de habitar, trabajar, recrearse y circular. Y más que por estos postulados, por una distorsión fundamental del discurso moderno, que causó un crecimiento desmedido de las ciudades, bajo esquemas clasistas y de mercado.
Para los más pudientes se crearon nuevos guetos cerrados donde habitar entre iguales en periferias privilegiadas y ‘seguras’, con policía privada, alejándose de las zonas céntricas en una medida directamente proporcional a la opulencia que ostentan. Los espacios públicos quedaron allí como lugares residuales de interconexión vehicular con los sitios de las actividades escolares, lúdicas, comerciales, de esparcimiento, etc. resueltas en grandes superficies comerciales, out lets, o clubes privados. Los nuevos parques temáticos lúdico-comerciales excluyentes crean caricaturas de ‘centro urbano’ para clases medias consumistas. Una manifestación más de ‘agarofobia urbana’. (Borja, 2005: 211). Aparecieron también los distritos administrativos, financieros y comerciales, muy vitales durante el día, pero ‘muertos’ en la noche, al igual que los campus universitarios alejados de la ciudad.
Formando parte del esquema segregado de la ciudad contemporánea y clasista, se desarrollaron ciudades-dormitorio, pobre intento de resolver los problemas habitacionales de la clase media baja y popular.
También comenzó un proceso de terciarización de las zonas tradicionales de los antiguos ensanches,[1] con la aparición inclusive de edificios altos, debido a procesos de desregulación que, favoreciendo la especulación inmobiliaria, van transformando la escala de la ciudad jardín y, por tanto, la fisonomía típica de estos barrios.
En el patrón segregado de la ciudad, para los pobres quedaron grandes manchas de exclusión en las periferias - poco o nada dotadas de servicios - o bolsones marginales en las zonas centrales, devenidas nichos de actividades ‘informales’, distorsionándose su condición original de lugar heterogéneo en usos y sectores sociales, transformados en reductos de pobreza, monofuncionales y uniclasistas.
Se verifica entonces una curiosa paradoja que no pocos procesos especulativos intentan aprovechar: en los sectores más ricos de la ciudad - en cuanto a patrimonio cultural y simbólico se refiere - viven los sectores sociales más pobres, pues en las zonas centrales, donde todavía es perfectamente reconocible la ciudad en su sentido de urbis, civitas y polis, se concentraron las clases más desfavorecidas.
En este escenario de ciudades que han crecido exponencialmente, de manera caótica, con una altísima acumulación de conflictos socio culturales, socioeconómicos y medioambientales, el centro histórico adquiere un doble significado en relación a la urbe: uno relativo a lo espacial - su carácter de centralidad, sobre todo funcional - y otro a lo temporal - acumulación de rasgos tipológicos y estilísticos de diversas épocas y sumatoria de hechos históricos relevantes - que le confiere una especial importancia en el ámbito urbano.
Durante siglos lo que hoy es el centro histórico fue toda la ciudad, es decir, que en el mismo espacio y tiempo convivieron las más diversas funciones y los mas diferentes estratos sociales. En otras palabras, que la característica fundamental de los centros históricos es la heterogeneidad funcional y social que sostuvo durante cientos de años, ergo, esto debería constituirse en el leitmotiv de su revitalización.
Cienfuegos. Foto: Julio Angel Larramendi
Vulnerabilidad de los centros históricos debidos a la evolución de la ciudad
Los procesos urbanos que cobraron gran auge en la región latinoamericana hacia los años ´60 y ´70, tenían una relación más obvia con los postulados de la Carta de Atenas[2], que con la incipiente teoría planteada por la Carta de Venecia[3]. El ideal moderno de la nueva ciudad era diametralmente opuesto a la ciudad tradicional, entendida como insalubre, caótica e inviable para la circulación de los nuevos vehículos. La propuesta de un orden segregado para la ciudad, y la creación de áreas libres en los sectores antiguos, enfrenta radicalmente las teorías del urbanismo moderno con las de preservación patrimonial, constituyendo esta divergencia de criterios la primera amenaza con que ‘nacen’ los centros históricos.
Los centros históricos manifiestan también contradicciones de difícil resolución. Se enfrentan en ellos los que buscan un empleo…o una vivienda económica…con actividades turísticas de nivel (…) internacional. Muchos contienen viviendas ‘tugurizadas’ (…) ubicadas en calles muy cercanas a los edificios de la administración nacional, estatal o local o a las sedes de la banca. (Hardoy y Gutman, 1992: 30)
Otro concepto asociado al carácter especial que define al centro histórico como objeto singular de la ciudad está relacionado con la crisis que padecen....Lo paradójico de la situación radica en que el nacimiento de la centralidad histórica se produce en el momento en que entra en decadencia. (Carrión, 2006: 175)
El declive de los centros históricos ha tenido diferentes orígenes. Hay una evidente diferencia entre Europa y Latinoamérica. La Segunda Guerra Mundial provocó la devastación de grandes zonas en las ciudades europeas. En la recuperación de posguerra hubo casos excepcionales como la minuciosa reconstrucción de Varsovia, Polonia, pero el período posbélico se caracterizó por la construcción masiva de viviendas - de estilo internacional[4] - y en ocasiones la suplantación del tejido tradicional, ...en Italia en los años cincuenta se destruyó mas con la reconstrucción que lo que habían destruido los bombardeos. (Cesari, 1993: 279)
Los centros históricos en Latinoamérica sufrieron una degradación más tardía. A partir de los años ´60 y ´70 ocurren dos procesos paralelos de dramática incidencia en ellos: la marginalización o la desaparición.
El natural ensanche de las ciudades primero, debido a lógicos crecimientos demográficos, y la emigración del campo a las urbes después, provocó la decadencia de los centros históricos que sobrevivieron al auge desarrollista. Ellos se fueron convirtiendo en el hábitat de clases desfavorecidas, produciéndose un proceso de hacinamiento y sobreuso o de vaciamiento y transformación de viviendas en comercios y almacenes.
Paradójicamente, en nuestra región es común también que estas zonas antiguas continúen conservando los principales símbolos del poder (palacios de gobierno, sedes financieras, concentración de los principales templos religiosos). También pervive un significativo número de edificaciones de gran valor, espacios públicos tradicionales y la trama urbana y arquitectónica que una vez representó el esplendor de la ciudad, asiento de tradiciones e imaginarios bien arraigados.
Es por eso que puede asegurarse que los centros históricos son los espacios más complejos y frágiles de la ciudad al coexistir en él los más altos valores simbólicos identitarios con una fuerte degradación física y social. Espacios que en muchos casos reciben a diario más visitantes y usuarios externos que el número de aquellos que los habitan. Centros de toda una ciudad, de una región e incluso de un país utilizados como espacio administrativo, comercial, cultural, de expresión política y de protesta…Sitios que, pese a su profundo significado histórico, a la intensidad y diversidad de sus usos a que están sujetos y a la enorme cantidad de recursos que se negocian en su interior, sufren la constante amenaza del abandono y la destrucción. (Ortiz, 2007: 12)
[1] Zona Rosa, en México DF, o La Mariscal, en Quito.
[2] Grecia, 1933. Promovida por el CIAM (Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna) que pusieron de manifiesto los postulados del Movimiento Moderno, que fundamentados en el caos de la ciudad industrial y posindustrial, plantearon un nuevo modelo de ciudad, basado en la zonificación de las cuatro funciones que consideraron básicas: habitar, trabajar, recrearse y circular.
[3] Italia, 1964. Se reconoce por vez primera el valor del centro histórico como conjunto urbano.
[4] Término acuñado en 1936 en Estados Unidos, para identificar los códigos del Movimiento Moderno.
Trinidad. Foto: Julio Angel Larramendi
Matanzas. Foto: Julio Angel Larramendi