Cría artificial: Amorosos humanos adoptivos

El bebé Owen se crio con mucho amor humano. Foto: Cortesía de los entrevistados.

Dentro de la jaula, el pequeño leopardo alza la cabeza y permanece atento, como si adivinara sus pasos o presintiera su llegada. Segundos después, la ve aparecer por la puerta que da acceso al área de cría artificial y salta al tronco del árbol donde habitualmente juega; la mira y, para provocarla, saca una garra por los espacios de la malla metálica que funciona como reja.

“¡Owen, travieso!”, le dice ella, sonriente, mientras abre el candado, entra y recoge la pelota de goma con la que el felino se divierte a ratos. De un brinco ágil llega hasta la muchacha, que le hace un cariño en la cabeza e, inmediatamente después, tiene que apartarle la boca de sus pantorrillas porque, si se descuida, el leopardo puede hacerle daño con sus retozos.

Tras nueve meses de maternidad adoptiva, ha llegado el día de la separación. Ella contiene el sentimiento y dedica unos últimos minutos a acariciarlo, antes de que lo trasladen al área común donde se encuentran los felinos adultos.

A sus 24 años, Rachel González Duarte, técnico en Veterinaria del Centro de Cría Artificial del Jardín Zoológico de La Habana, no tenía planes de ser madre, ni de forma biológica ni adoptiva. El parto de la leoparda Maya lo cambió todo. Había estado vigilándola durante siete noches seguidas, junto a su esposo, Jorge Carvajal Carvajal, también trabajador del centro.

Al amanecer del octavo día, cuando se encontraban descansando en su casa, ocurrió el alumbramiento. Fueron dos cachorros: una hembra y un macho, pero la poca experiencia de la madre jugó en contra y la pequeña resultó herida de muerte.

“Owen fue retirado del lado de Maya con apenas horas de nacido –recuerda Rachel–. Cuando llegó al Departamento de Cría Artificial, se decidió que, como era un animal tan delicado y hacía rato que no nacía uno en el zoológico, me lo llevara para la casa para darle todas las atenciones. Ahí empezó mi historia con él”.

Cada tres horas, Rachel debía alimentar a Owen, con leche evaporada y diluida. Foto: Cortesía de los entrevistados.

Rachel y Jorge ajustaron las condiciones necesarias en su habitación para atender al cachorro y evitarle estrés. Le crearon su espacio en una caja cubierta con una manta de calefacción y varias sábanas limpias.

Cada tres horas, Rachel debía alimentar a Owen, estimularlo con un algodón húmedo (que simulara la lengua de la leoparda) para que orinara y defecara, como lo hubiese hecho su madre de forma natural. Jorge recuerda que, a veces, se quedaba dormida durante la madrugada y debía despertarla para que se levantara a preparar la leche, mientras él vigilaba al cachorro.

“Yo hervía la leche de vaca que me mandaban del zoológico, la diluía y se la daba en un biberón pequeñito –cuenta la muchacha–. Poco a poco, le fui incorporando otros alimentos, con carne molida y leche. Luego debía estimularlo porque, al igual que los bebés humanos, ellos tienen gases. Había que hacerle cosquillas en la pancita, para que eructara y se le fuera haciendo el bolo fecal. También tenía que estar al tanto de cómo eran las heces para monitorear su salud”.

Rachel asegura que nunca se sintió sola durante el mes que duró su aprendizaje como mamá sustituta en el hogar. Su perra Lola, de raza pug, asumió la experiencia como suya, aunque tampoco es madre.

La joven relata que, cuando llegó a la casa con Owen, “lo primero que hizo fue olerlo. Me dio un poquito de miedo al principio, pero su instinto fue limpiarlo y estimularlo con la lengua. Cuando el leopardo se movía por la noche, ella saltaba de la cama y se paraba frente a la caja a ladrar. Así me despertaba y esperaba allí a que yo llegara con la leche”.

“Con Owen disfruté cada momento: cuando abrió los ojos por primera vez, cuando empezó a caminar y parecía un gatito recorriendo todo el cuarto, mordiendo los zapatos, jugando con la perra –dice Rachel, con una emoción que no esconde ni la barrera de la mascarilla–. El día que empezó a comer solo fue increíble. Me mordía hasta la mano”.

Lola, la mascota de Rachel, también participó activamente en la crianza de Owen. Foto: Cortesía de los entrevistados.

Justo al mes del nacimiento del leopardo, le avisaron que ya era hora de incorporarlo al Centro de Cría Artificial. “Lloré como una niña chiquita, a pesar de que sabía que lo iba a seguir atendiendo hasta que fuera mayor –confiesa–. Parecía que me estaban quitando un hijo, aunque yo sabía que estaría bien”.

Más que padres sustitutos

La cría artificial es una de las fortalezas del Jardín Zoológico de La Habana. En los últimos años se han logrado chimpancés, monos araña, un leopardo, un león, ungulados, antílopes negros y un buitre leonado, que es el único caso reportado en Cuba por esta vía, según especialistas de la institución.

Esa modalidad no es fortuita, sino que obedece a necesidades y situaciones específicas de los diferentes ejemplares, que la condicionan. Así lo explica Celia María Roque Trevilla, directora de Bienestar Animal del zoológico:

“En los animales existen conductas innatas y otras que se asimilan. Algunas hembras tienen dificultad para aprender a cuidar a sus crías porque han nacido en cautiverio y carecen de ese sentido de maternidad o apego. Por eso es que las separamos de sus bebés, para lograr que los pequeños sobrevivan”.

Juan Daniel cuenta que a los chimpancés pequeños hay que tenerlos cargados buena parte del tiempo porque no saben caminar, trepar ni sentarse. (
Foto: Cortesía de los entrevistados)

Bien lo sabe Juan Daniel Acanda Armas, educador ambiental y estudiante de tercer año de la licenciatura en Medicina Veterinaria y Zootecnia, de la Universidad de La Habana. Entre sus experiencias más valiosas está la crianza artificial de chimpancés, gracias a la confianza que depositó en él la doctora Martha Yánez, bióloga de la institución.

“Nos conocimos cuando yo era un muchachito de secundaria que había pasado todos los cursos que impartían en el zoológico –recuerda el joven de 22 años de edad–. En una jornada científica, al finalizar mi exposición sobre los gorilas, ella se me acercó y me invitó a bañar a los chimpancés que había criado en su casa y que, en aquel momento, se encontraban ya en el zoológico.

“Yo no tenía ni idea de cómo se hacía. Estuve allí todo el día. Los bañamos, les dimos su medicamento, interactué con ellos y me gustó tanto la experiencia que quise ir todos los fines de semana a ayudarla”.

Aquella invitación marcó para Juan Daniel un nuevo rumbo y el inicio de una paternidad adoptiva que no conoce barreras, como sucede con el amor. De esos años no olvida la relación de afecto que construyó con los chimpancés Ada y Anumá:

“Cuando nacieron, eran como niños chiquitos: no sabían caminar ni trepar y no se sentaban. Por eso había que tenerlos encima la mayor parte del tiempo, porque así se comportarían en un hábitat natural con su madre. Debíamos darles leche cada tres horas, cargarlos cada vez que lloraban y hasta cambiarles el pañal que les poníamos para que no ensuciaran la casa de Martha.

“Algo curioso que aprendí con ellos fue que los primates saben reconocer su imagen en un espejo. La pequeña Ada se miraba y se movía los pelos como si se estuviese peinando. Y también le gustaba halarme mis cabellos, como parte de su juego”.

Cuenta el muchacho que apenas tenía 16 años cuando la cuidadora de una cría de mono macaco le dijo a la doctora Martha que no podía tenerla por más tiempo en su hogar. “Entonces la llevamos para casa de la especialista y no dormimos en toda la noche por cuidarla, pues estaba un poco deshidratada. Semanas después murió, y eso me marcó para siempre”.

Juan Daniel muestra con nostalgia las fotografías que datan de hace más de ocho años. Aquellos bebés ya son adultos, aunque a veces, cuando se para frente a la jaula de Anumá y lo saluda, este le extiende una de sus manos, con la palma hacia arriba, e insistentemente le pide la pulsera de cuero que usa el muchacho, como recordándole que algo del pequeño chimpancé travieso aún perdura.

“El trabajo con los animales no es difícil; de hecho, me resulta más fácil que tratar con las personas –dice Juan Daniel–. Con ellos se viven experiencias hermosas, pero son muy duros los momentos tristes, como ver morir a alguno de los que les dedicaste tiempo y cariño. Y eso, unido a la insensibilidad y el maltrato de algunas personas del público, lo hace mucho más complicado.

“Por eso no me cansaré de educar a la población para tener, algún día, un zoológico al cual se vaya a aprender y a respetar el espacio de los animales”.

“Con Owen disfruté cada momento”, cuenta Rachel. Foto: Cortesía de los entrevistados.

(Tomado de Bohemia)