Estas líneas pretenden ser una crónica al trabajo, el empeño y la inteligencia de quien no ha escatimado tiempo para enseñar, ayudar. Foto: Joel García.
Sabíamos la historia porque un día pronunció el nombre de Mariano Rivera muy solapadamente en una conversación de amigos, en las cuales no gusta de robarse el protagonismo que no le toca. Pero a los periodistas nos funcionó la memoria cuando tuvimos al estelar lanzador panameño frente a frente en la conferencia de prensa de la Serie del Caribe del 2019. Era la oportunidad de arrancarle la confesión que José Manuel Cortina casi nunca mencionaba por modestia y ética.
“Mariano, ¿cómo recuerdas a Cuba, especialmente a un entrenador que trabajó contigo siendo muy joven?”, fue la interrogante precisa. El cerrador más efectivo y mágico no solo de los Yanquis de Nueva York, sino de toda la historia de la Gran Carpa y único en entrar al Salón de la Fama de Cooperstown con votación perfecta (425), nos miró fijamente como si buscara entre tantos momentos vividos, hasta que soltó primero una risa y luego reveló el secreto bien guardado, pero feliz.
“Sí, trabajé con muchos maestros de la pelota cubana. Pero recuerdo bien a José Manuel Cortina porque aprendí muchas cosas con él. Me impacta y encanta como viven el béisbol, cómo lo sienten y cómo lo respiran los cubanos. Luego tuve un compañero de equipo muy grande, Orlando Duke Hernández, del que aprendí que uno nunca se debe dar por vencido”.
Después de esas palabras, ante cientos de reporteros, parecía que no habría más emoción para quienes reportábamos el evento. Sin embargo, la imagen más sobrecogedora quedó cuando se apagaron las cámaras y las grabadoras. El panameño, mientras accedía a una instantánea con la prensa cubana, murmuró en franca complicidad: “saluden a Cortina de mi parte si lo ven”.
Y no solo lo saludamos, sino que Cuba entera supo, a través de nuestros medios de comunicación, que contamos con un Dios que se viste de entrenador de pitcheo todos los días y ha sido, a ratos olvidado, otras subutilizado y en no pocas oportunidades marginado por decir verdades a decisores de nuestro deporte nacional, muchos de ellos sin conocimientos mínimos para dirigir la pasión deportiva más grande de los cubanos.
Lejos de ser un prólogo para el libro Confesiones de pitcheo, estas líneas pretenden ser una crónica al trabajo, el empeño y la inteligencia de quien no ha escatimado tiempo para enseñar, ayudar, compartir su sapiencia y amar al béisbol.
A Cortina (como muchos cariñosamente le decimos) las bolas y los strikes le vienen desde los genes, o mejor, desde que saltó de la cuna a la cerca que limitaba su casa natal con el estadio Ramón González Coro, en el lejano y montañoso territorio de Minas de Matahambre, donde su familia materna y paterna es referencia obligada en la historia de la pelota local.
Para más coincidencia, su fecha de nacimiento: 27 de diciembre de 1950, es la misma que el polémico primer partido histórico escenificado en el Palmar de Junco en 1874. Y como si no bastara, su abuelo Tomás Martínez, los tíos Tomás, Nancio y Raúl; y su padre José Manuel eran piezas claves en los duelos dominicales de béisbol contra el equipo de Santa Lucía.
Una temprana lesión en su brazo con apenas 17 años le impidió seguir el camino dorado de la familia como jugador, aunque lo mejor de su carrera deportiva estaba por llegar. Empirismo primero, estudio académico luego y ciencia acumulada de grandes maestros que nunca olvida referenciar: Juan Ealo, Ramón Carneado, Conrado Marrero y José Joaquín Pando, lo convirtieron a los pocos años en el entrenador pinareño y cubano que más anhelaban los lanzadores, tanto para enseñarlos a pitchear como para corregir lesiones o brazos lastimados.
En las páginas a leer vuelve a salir la insistencia de Cortina sobre la necesidad de que los serpentineros piensen como bateador y aprendan a leer códigos no escritos, pero probados en el arte de subirse al box para tirar pelotas a 60 pies y seis pulgadas del home plate. Sus razones para oponerse a calentamientos colectivos, lo útil de recuperar el pitcheo en las prácticas de bateo de cada conjunto, así como los ejercicios de coordinación con el infield son ítems que muchos agradecerán conocer, sobre todo los principiantes en esta noble labor de entrenador.
No olvida en sus reflexiones la creatividad e independencia que debe tener un lanzador para no ser dirigido desde el banco, tendencia que se ha impuesto en nuestras series nacionales y eventos internacionales con resultados discutibles. Se atreve además a soltar ideas tan estupendas como comparar el box con la matemática o explicar convincentemente por qué es imperioso buscar hombres altos para subirse en el montículo, donde solo por excepciones triunfarán los más pequeños.
Cual receta nada perfecta, pero sistematizada en su propia obra, Cortina resume los tres ingredientes fundamentales que no deben faltar en quienes decidan emprender su vida como entrenadores de pitcheo.
“La primera no puede dejar de estudiar todo lo concerniente al pitcheo…, la segunda ser un profundo observador y estar pensando en béisbol las 24 horas del día, y por último tener una gran memoria”.
El plato fuerte de la obra es muy similar a la discusión de un campeonato o título mundial. Con pocos lanzamientos, Manolo saca out a los lectores con 17 aspectos imprescindibles que permitirían decir luego a quienes lo cumplan: Yo sé lanzar. Y no escatima ejemplos personales ni vivencias de las mejores ligas profesionales del mundo para la mejor comprensión de cada uno de esos aspectos.
Tan válido como haber optado por el título Confesiones de pitcheo, cual parodia al programa televisivo Confesiones de Grande, pudiera haber sido definir tanta sabiduría como Diccionario Real de un Pitcher. Quien quiera sobresalir en la formación de un serpentinero deberá examinarse antes con esta lectura.
Cortina, o mejor, el Dios que se viste de entrenador de pitcheo todos los días, no se conforma con un expediente de nombres que honran su trabajo: Rogelio García, Julio Romero, Jesús Guerra, José Ariel Contreras, Ariel Prieto, Carlos Mesa, José Ibar, Danny Betancourt, Vladimir Baños, Danny Aguilera, entre otros. Se va más allá. Transmite la posibilidad real de lograr resultados y contar con peloteros tan ilustres como los que tuvo en sus manos a través del trabajo diario, pero sobre todo a través de la confianza, mucha confianza entre discípulo y maestro.
“La cosa más importante para mí es el movimiento de lanzar”; “en la lucha del bateador y el lanzador gana siempre el más inteligente”; “lanzar lo considero un acto de acrobacia”; “soy un convencido de que el pitcher se lastima porque no tira, si tirara más su brazo estaría mucho más fortalecido”, son apenas frases trascendentes para el debate tras concluir una lectura sencilla, accesible y amena, cual escritor fundido en sus deseos de ser comprendido hasta en lo más técnico.
Luego de Cortinazos, esta segunda entrega editorial nos dibuja que había tanta fuerza e ideas para decir que el autor quizás lo supo desde la primera línea. No podemos dejar de escribir que su libro más preciado hace mucho rato lo imprimieron los reconocimientos de centenares de jugadores y miles de aficionados al referirse a sus conocimientos con respeto y aprobación total.
Para Cuba y nuestro béisbol, este nuevo ejemplar solo refleja la historia y el aprendizaje mayor de un profesor pinareño, talentoso y modesto, que abrazó desde la distancia y con ojos humedecidos al panameño Mariano Rivera en febrero del 2019 por no olvidar su nombre.
(Prólogo del Libro, por Aurelio Prieto Alemán y Joel García)
Vea además:
José Manuel Cortina: Entre Cortinazos y Confesiones sobre pitcheo