El caballo de Menocal y los gallos de Mendieta

Mario García Menocal. Caricatura: LAZ/ Juventud Rebelde.

Dos generales se disputaron la presidencia de la República para el periodo 1925-1929. Por los liberales aspiraba Gerardo Machado, que había ganado la asamblea postulatoria de ese partido gracias a la habilidad y los trajines de su coterráneo, el joven político santaclarero Clemente Vázquez Bello, que logró derrotar al no menos hábil Orestes Ferrara, que impulsaba la nominación del coronel Carlos Mendieta. Por los conservadores participó en la justa su caudillo natural, el general Mario García Menocal, que había ocupado ya la Presidencia de la República entre 1913 y 1921.

Fue entonces que Alfonso XIII, rey de España, mandó de regalo un caballo a Menocal. El obsequio provocó la repulsa de sus contrarios que, al grito de “A pie”, se echaron a la calle para cantar:

“A pie, a pie, a pie

se acabaron los caballos.

A pie, a pie, a pie

no me duelen ni los callos”.

Más tarde, cuando se confirmó la victoria de Machado, que obtuvo un triunfo arrollador en cinco de las seis provincias cubanas y sólo perdió Pinar del Río por 200 votos, los liberales volvieron a inundar las calles. Cantaban:

“El rey de España mandó un mensaje,

el rey de España mandó un mensaje,

diciéndole a Menocal,

devuélveme mi caballo

que tú no sabes montar”.

Ese caballo lo trajo el catalán Jaime Mariné. Una vez aquí decidió quedarse y sentó plaza en el Ejército. Fue uno de los beneficiados del golpe de Estado del 4 de septiembre de 1933. De sargento que era pasó a comandante; ayudante del coronel Batista y, con el tiempo, jefe de la Dirección Nacional de Deportes. Le llamaban El hombre del guaniquey. Como testaferro de Batista y con su propio dinero hizo, después de 1944, importantes inversiones en Venezuela.

Otro sargento de origen español resultó también beneficiado con aquel golpe militar. Era un curro que respondía al extraño y sonoro nombre de Ulsiceno Franco Granero. Ascendió también a comandante; fue jefe de la Policía y, con Mendieta, jefe de la Casa Militar del Palacio Presidencial.

Allí se convirtió en un dolor de cabeza para Mendieta pues no solo daba por terminadas las audiencias del presidente cuando lo estimaba oportuno, sino que, sin ningún recato, se hacía presente en las sesiones del Consejo de Ministros y se enteraba así de asuntos de Estado sobre los que informaba a Batista, a la sazón jefe del Ejército.

Mendieta se molestaba con aquellas irrupciones, pero nunca se atrevió a poner a Ulsiceno en su lugar. Se limitó a hacer instalar un timbre eléctrico, de los llamados de chicharra, en la puerta del salón del Consejo a fin de que el militar avisara cuando tuviera a bien entrar. Pero eso duró hasta que Ulsiceno quiso porque un buen día rompió la chicharra.

Mendieta, que fue un pelele de Batista, tenía sin embargo fama de atabaludo, y físicamente era un hombre de una fortaleza descomunal. Siendo estudiante de Medicina, el 1 de enero de 1896, ultimó en el Parque Central de La Habana a un español que insultó a unas muchachas cubanas. Entonces decidió alzarse contra España, y en el central América, propiedad de su familia, en San Diego de Núñez, Pinar del Río, armó con dinero propio una partida de 125 hombres y se fue a la guerra. Terminó la contienda con grados de teniente coronel. Se hizo médico en 1903.

Tal fue su pasión por los gallos finos o de pelea, que existe una raza lograda por él y que lleva su apellido. El famoso gallo Mendieta. Es, sin duda, un animal de calidad superior, de color blanco o canelo, prototipo del valor y de la hermosura, que tiene en la fiereza una de sus cualidades principales. Claro que un gallo Mendieta gana o pierde como cualquier otro pollo. Porque el cruce y recruce entre ejemplares de la misma familia lo hizo degenerar en tamaño y en resistencia. Son, en proporción a su peso, más pequeños que otros gallos y, dicen los especialistas, si de rebatida se trata (punto en que los dos tiran al mismo tiempo) por regla general, caen abajo con todas las de perder. Si la pelea se alarga y las heridas y la pérdida de sangre son muchas, por muy bien cuidado y alimentado que esté el “mendieta”, su organismo dará muestras de innegable flaqueza, que lo pondrá en desventaja por mucho esfuerzo que realice y por mucho ardimiento que muestre.

Aunque nació en San Antonio de Vueltas, en la antigua provincia de Las Villas, a Mendieta le apodaron El solitario de Cunagua. Sus partidarios quisieron que pasara a la historia como “El hombre del traje blanco”. No solo por su afición a ese color, sino porque decían que los crímenes que cometió el Ejército durante su periodo presidencial (1934-35) no lograron manchar su figura. Es entonces que se reprime con saña la huelga de marzo de 1935 y en que, entre otros hechos, ocurre la muerte de Antonio Guiteras. Demasiada sangre para que no lo salpicara.

Mendieta falleció en La Habana, en 1960.

El coronel Carlos Mendieta Montefur