La Quinta de los Molinos

Museo a Máximo Gómez en la Quinta de los Molinos, reinagurado en La Habana el 24 de febrero de 2020. Foto: Thalía Fuentes Puebla/ Cubadebate.

En los terrenos de la antigua estancia de Aróstegui, muy cerca de la Zanja Real y de las faldas del castillo del Príncipe, existían en tiempos remotos dos molinos de tabaco arrendados por don Martín de Aróstegui a la Factoría.

Cuando se inició la construcción del Gran Teatro, llamado entonces Tacón y, después, Nacional, se impuso la necesidad de que desapareciera el primitivo Jardín Botánico construido cerca del lugar. Fue entonces que el capitán general Miguel Tacón ordenó que las plantas y arbustos del Jardín se trasladaran a Los Molinos.

Dispuso Tacón asimismo que en ese sitio se construyera una pequeña casa quinta, de una sola planta, como residencia de verano de los Capitanes Generales, y que sirviera además a los gobernadores como residencia de tránsito cuando, después de entregar el mando, esperaban trasladarse a España. Fue así que se construyó la casa en lo que después se llamó Quinta de los Molinos, obra de los ingenieros Félix Lemau y el muy famoso Manuel Pastor, a quien tantas obras importantes debe La Habana.

En 1844 la casa fue ampliada con un piso alto, se embellecieron sus galerías y se introdujeron algunas reformas, bajo la dirección general del ingeniero Carrillo de Albornoz, uno de los grandes urbanistas de la época. Pese a todo, este inmueble nunca llegó a rivalizar con las grandes mansiones del Cerro, donde hubo residencias verdaderamente fastuosas. Pero llegó a convertirse en un lugar muy agradable. Cirilo Villaverde la describía como un lugar precioso… uno de los jardines más amenos y extensos de las cercanías de La Habana, donde las fuentes rústicas, las montañas artificiales, las grutas misteriosas, los saltos de agua, cenadores y otros caprichos y rarezas que deleitan el espíritu.

Finalizada la Guerra de Independencia, en un gesto inusitado de muy significativa cortesía, el interventor militar norteamericano dio la Quinta de los Molinos, como residencia oficial, a Máximo Gómez, General en Jefe del Ejército Libertador. Aunque se dice que Mario García Menocal utilizó esporádicamente la Quinta de los Molinos como Palacio Presidencial de verano (utilizó también con este fin el Palacio de Durañona, en Marianao) ya en la República la Quinta dejó de ser utilizada por las primeras autoridades del país. Fue Jardín Botánico, centro de exposiciones, dependencia de la Universidad…

La Quinta de los Molinos, La Habana. Foto: Alexis Rodríguez/ Habana Radio.

Y venga ahora una anécdota deliciosa. Ya se dijo que la Quinta de los Molinos debía servir también de residencia a los Gobernadores que cesaban en el cargo y esperaban su retorno a la Península. Cuando Federico Roncali, conde de Alcoy, se hizo cargo del gobierno (1848) para suceder a Leopoldo O’Donnell, el Conde de Lucena le jugó una mala pasada ya que el relevo le llegó antes de lo previsto y sin causa que lo justificara.

O’Donnell no solo recibió a Roncali con evidente desprecio y no cambió con él más de media docena de palabras durante la ceremonia del traspaso de mando, sino que le dejó vacío el Palacio de los Capitanes Generales. Salvo el Salón del Trono y las dos piezas principales, que lucían en todo su esplendor, en el resto de las habitaciones faltaba no solo aquello que representa la comodidad y el lujo, sino los objetos más indispensables; como si la mansión acabara de sufrir los efectos de una mudada.

Algo de eso había porque Leopoldo O’Donnell, a quien apodaban el Leopardo de Lucena, antes de cesar en el gobierno se había establecido, junto a su familia, en la Quinta de los Molinos y se empeñó en convertirla en una casa de vivienda digna para el primer funcionario de la Colonia, y se llevó del Palacio hasta los clavos. Sustituido, siguió viviendo en ella, sin prisa por retornar a España.

Cuando la condesa de Alcoy, como dueña de casa, recorrió el Palacio de los Capitanes Generales advirtió que no dispondrían ella y su esposo siquiera de una cama donde reponerse de tan largo viaje. Para salir de aquel trance y evitar tener que pasar la noche acomodados en las butacas del Salón del Trono, el Conde y la Condesa se vieron obligados a recurrir a don Pancho Marty, un avispado catalán que llegó a Cuba pobre como una rata y se había enriquecido gracias a la trata negrera y al trabajo de los presos, que explotaba a su favor, y que ajeno al protocolo visitaba Palacio y veía al gobernador cuando le venía en ganas. Marty se pintaba solo para solucionar un asunto como ese, solución que redundaría en su influencia y valimiento

Cosas de don Leopoldo, señora, dijo a la Condesa. Todo se arreglará. Y se arregló en efecto.

Mariposario de la Quinta de los Molinos, en La Habana. Foto: Alejandra García / Cachivache Media.

La Quinta de los Molinos. Foto: Alexis Rodríguez/ Habana Radio.

La Quinta de los Molinos, La Habana. Foto: Alexis Rodríguez/ Habana Radio.

La Quinta de los Molinos, La Habana. Foto: Alexis Rodríguez/ Habana Radio.