Carlos Lazo y su nieto. Foto: Facebook.
Con Martí, con mi José Martí, no se metan. Llámenme iluso, soñador o chapado a la antigua, pero en esa yo no transo. Tengo mis razones. Aprendí mi primer poema cuando tenía seis años. Eran unos versos de José Martí que hablaban de una rosa blanca y de amar a todos, incluso a nuestros enemigos. Recuerdo como si viera una película en blanco y negro, la imagen de mi madre junto a mí aquella tarde. Estábamos en una parada del autobús en el paradero de La Lisa, en la Habana. La guagua que esperábamos era “la cuarenta” (es la primera ruta de la que tengo memoria). Nosotros íbamos para Jaimanitas, el pueblito donde vivíamos. Mientras esperábamos, mi mamá, para alardear de mis dotes “artísticas” y para sobrellevar el aburrimiento (en aquella época no había teléfonos celulares y, en las paradas de guagua, la única forma de aliviar el tedio era conversar) me dijo: “A ver hijo, recítale el poema a los compañeros” (había tres o cuatro personas allí). Yo, con tremenda pena, empecé: “Cultivo una rosa blanca, en julio como en enero…” mientras gesticulaba. Era como si con mis manitas, sacara flores de un cantero imaginario (mi pecho) y las ofrendara a la improvisada audiencia. En aquel momento no comprendí por qué los viejitos que estaban en la parada me miraban con ojos brillosos de amor. Confieso que, a esa edad, tampoco entendía mucho del significado de aquellos versos.
Con los años aprendí un poco más de José Martí. Por ejemplo, descubrí que Martí es la única figura histórica que abraza de manera amorosa e inclusiva a todos los cubanos. Andando por el mundo, hallé su estatua en los cuatro puntos cardinales. Me encontré monumentos de Martí mientras caminaba por New York o Hialeah, por Cancún o Madrid. El Apóstol fue tan versátil y universal que sus pensamientos son citados por personas de diferentes credos e ideologías. Su libro La Edad de Oro, es una presencia constante en casi todos los hogares cubanos (dentro y fuera de Isla). El caso es que Martí, al menos para mí, no pasa de moda. Y aunque su obra es inmensa, lo que más me gustó siempre fueron los versos sencillos. La noción de amor expresada en esas estrofas siempre me recuerda aquello de “amarás al prójimo como a ti mismo”. Por eso, José Martí adquiere una relevancia especial en estos tiempos en que parece pulular el odio. Cuando se azuza el rencor, se ofende y se difama, Martí nos sigue repitiendo “cardos ni ortiga cultivo…”. Es como si nos recordara que el amor, incluso el amor callado, hace enmudecer al odio.
Pero, en fin, a lo que iba. Manolito, mi nietecito vino a quedarse con nosotros (como cada fin de semana). Nos acostamos y hablamos un rato. Cuando ya se iba a dormir empezó su rutina de recitar el “ángel de la guardia dulce compañía”. De ahí siguió: “con Dios me acuesto, con Dios me levanto”, así, de carretilla. Yo pensé que terminaría el rezo “con la virgen María y el espíritu santo” y que cerraría los ojos. Pero el chama no paró ahí. De pronto hizo una pausa y (¡se lo juro por mi madre, tienen que haberlo visto!) agregó: “Cultivo una rosa blanca, en julio como en enero…” ¡completico! Y al final, amén.
Manolito no entiende aún el significado de esos versos. Pero yo sí. Y me llené de ternura al verlo con sus manecitas gesticular así. Parecía que el niño arrancaba flores de un cantero (que era su pecho) y las ofrecía a una audiencia imaginaria mientras yo lo miraba con ojos húmedos de esperanza. Por eso, llámenme iluso, soñador o chapado a la antigua, pero con Martí, con mi Martí no se metan.
(Tomado de la cuenta de Facebook de Carlos Lazo)