Papá, ¿te acuerdas?...

Niño en el Malecón de La Habana. Foto: Deny Extremera.

Y se ha llegado a convertir en mi memoria vicaria o segunda: ¿Te acuerdas? De aquella vez en que “fuimos al río oscuro y me tiré y toqué un pez”; de otra en que “me hiciste la grúa con el juego de armar y cargué tu zapato”…

Me hice asiduo de los muñes, de pronto estoy discutiendo con él sobre quién es más poderoso, si Hulk o Shrek; de pronto tengo en mis manos un barco que vuela, o un cocodrilo de plastilina que al momento no es un cocodrilo… “Parece una cobra”. Y él: “No, no, es una boa”. Y yo: “No, un dragón flaco”. Y él: “No, un cocodrilo robot”. “Bueno”… Me resigno y sigo jugando. No hay nada como la mirada del niño para correr unos cuantos grados los ángulos de la realidad. Por capricho unas veces; otras por un punto de vista en que hay tanto desconocimiento de lo que estimamos “reglas de este mundo” como limpia percepción de sus raras posibilidades.

Me asombré, me conmoví discretamente el día en que fuimos a uno de esos mercados en que venden mucho de poco y entre carritos y yoyos y héroes de plástico hechos en moldes criollos, fue directo y sin vacilación al Elpidio Valdés montado en un Palmiche entre amarillo y naranja. Pero a Rodrigo le gusta más Patacortada, un pirata retirado que inventé de emergencia para las noches, una mezcla de Sherlock Holmes cojo con agente 007, de mal carácter a primera vista pero al final bonachón, siempre dispuesto a resolver los apuros del pueblo en que se asentó. “Papá, hazme un cuento de Patacortada”. Y ya van más de cien episodios de Patacortada. Cien casos resueltos. Y siempre, después de la última palabra, Rodrigo pone su cabeza en mi hombro y se duerme.

Cuando se acerca un viaje y me quedo: “Papá, te voy a extrañar. ¿Me vas a extrañar tú?”. Cuando le pregunto cómo me quiere: “Más grande que el Sol, más fuerte que Hulk, más alto que la Luna”. “¿Quién cocina mejor?”: “Tú”. O “vamos rápido a la Ciudad Deportiva, tú eres mi entrenador”. A la Ciudad Deportiva, entonces, con el habitual programa de tres sesiones: fútbol, cometa y béisbol hasta que batee “diez jonrones”. Los outs no cuentan porque él no los cuenta (y no es que no sepa contar), así que no hay por qué hacerse el pitcher “inteligente”. Si es de mediodía, pues de mediodía: todavía no quiere entender que es mejor después de las cinco. De mi hijo mayor, Darío, me vino la pasión por el Barça y yo la pasé a Rodrigo: a sus cuatro años, para él Messi era un amigo de Darío que venía con frecuencia a casa.

Más allá de que tu hijo es el más hermoso, e indiscutiblemente se ve hermoso durmiendo –en esa paz que borra tranquila todo alrededor, el mundo y el tiempo–, hay días de especial ajetreo, de intensa hiperactividad, en que al final de la noche, ya dormido, lo verás mucho más hermoso que nunca. Total serenidad luego de una jornada perfecta para él: ha trabajado, trabajado y trabajado, lo cual quiere decir que ha jugado, jugado y j… todo el día. Por primera vez en 12 horas respiras pausadamente y tu hijo (lo piensas una y otra vez) es el más hermoso del mundo (en este caso por dormido, aunque intentes decirte que no, que no es por eso hoy).

A sus seis años, a Darío le dio por los Beatles y Harry Potter y la historia; a Rodrigo le ha dado por los dinosaurios y los superhéroes, los meteoritos y el espacio, las estrellas y galaxias. Se me hace difícil explicarle. Sabe del lento Argentinosaurio; conoce, claro, al Tiranosaurio Rex, pero vio que el Espinosaurio fue mucho más grande. Yo sigo aprendiendo. Cuando nació Darío y yo era joven y me quitaban el sueño las responsabilidades paternales y económicas que se avecinaban, una amiga me dijo que los niños “vienen con un pan debajo del brazo”. Y tenía razón. Pero debiera agregar que con un libro también, o mejor dicho, muchos. Yo sigo aprendiendo.

Como muchos, soy un padre que reincidió cuando ya va bajando la curva de los años. Mi hijo mayor ingresó a la universidad justo el día en que el menor comenzaba el primer grado. Otra vez el camino, un camino que nunca es el mismo. Siempre cuesta arriba.

“Siempre llegarás a alguna parte si caminas lo suficiente” o “depende en gran parte del sitio al que quieras llegar”, le dice el Gato de Cheshire a Alicia cuando ella le pregunta qué camino tomar para salir de allí. Nunca es igual el camino. Nunca lo configuramos solo los padres. Incluso, sin darnos cuenta, los hijos definen una parte; y otra parte fuerzas, presencias que están más allá. Con suerte, antes habremos puesto algo bueno en ellos.

Soy un padre cansado algunos días, estresado a menudo. Hay días en que pierdo la paciencia (porque Rodrigo tiene todo el tiempo de sus días para exigir y apurar y requerir tiempo para él, pero no tiempo para esperar), y noches en que lo veo más hermoso dormido. Me sorprendo esperando ansioso las cuatro para recogerlo en la escuela, mirarlo salir sudado, su uniforme arrugado de tanto correr y jugar y pelear –porque el orden dura lo que duran las clases, y estas solo una parte de la jornada–, y ver su sonrisa y darle un abrazo y comprar luego el helado diario. Me escucho leer como yo a mis seis años cuando leo libros con él. Hacemos la guerra, cada uno con líneas de soldados cara a cara. Aunque he tratado, ya olvidé armar aquellos “cañones” con palitos de tender de madera que lanzaban fósforos que –debo confesarlo– encendíamos. Me pone en un serio dilema cada vez que regala soldaditos y carritos, esos carritos con los que tanto jugamos, que tan difícil es conseguir y que tanto me gustan. Al final veo cómo salen (en otras manos) por la puerta de casa, tal vez con una expresión en el rostro como la de cuando me tocaba un número alto en la época de los “tres por año”.

Cantamos juntos, cuatro, cinco veces seguidas, Mi caballero; para mi satisfacción, me ha hecho poner la opción de “repetir” en alguna que otra pieza de Dave Matthews o Emerson, Lake & Powell, pero a veces tararea cosas que inquietan mi oído y cada vez entiendo menos. Salimos a caminar de noche por el barrio, conversamos, miramos las casas “bonitas” e intento introducirle nociones breves y simples de lo que es sobriedad, de lo que es feo y lo que no lo es, solo que está descuidado. Un día martillo y él martilla a mi lado y en una tabla de desecho logra una “balsa” que me recuerda a la Kon-Tiki de mi niñez, de la que algún día quiero leerle, como también escuchará de aquel barco bautizado como La isla desconocida. Termino vigilando mis dedos y los suyos, abandonando mi tarea para ponerle vela a su balsa, la que construyó, porque Rodrigo no tiene tiempo para esperar.

Papá, ¿te acuerdas?... “¿Te acuerdas del día en que me porté mal en tu oficina y me regañaste y me castigaste y me diste una nalgada?”. “Papá, ¿te acuerdas de cuando yo era chiquito y estaba en la camita y tú me saludaste y estabas pintando?”… “¿Y tú te acuerdas de todo eso, Rodrigo…?”. Y entonces pienso en que algún día la pregunta cambiará: ¿Te acuerdas, Rodrigo?, y en que ojalá vea yo ese día que una sonrisa le ilumina el rostro después de la pregunta.