Un héroe villaclareño casi olvidado

Con 19 años, Ramón Leocadio Bonachea Hernández, se sumó a las tropas de Ignacio Agramonte y fue uno de los 35 jinetes que participara en el rescate del brigadier Julio Sanguily. Foto: Periódico Vanguardia

Ramón Leocadio Bonachea nació el 9 de diciembre de 1845, en Santa Clara, en la calle de Buenviaje, entre San Francisco Javier (Maceo) y Parque. Bonachea en euskera significa buena casa. Pero esa vivienda ya casi no existe, el techo de la sala se cayó y su fondo es hoy parte de la cocina del local de Patrimonio, que da a la calle Santa Rosa. Mas su memoria parece casi totalmente sepultada y resulta, sin embargo, uno de los pocos generales que dio esa ciudad a la Independencia: José Braulio Alemán; el polémico José de Jesús Monteagudo y Bonachea. Este, además, protagonizó uno de los hechos más memorables de la guerra de los Diez Años. Por suerte para los villaclareños, es decir, para los ciudadanos de Santa Clara, a los cuales pienso verles un día restaurado su gentilicio, Gerardo Machado era de Manajanabo.

Es muy posible que la connotada Nicolasa Pedraza Bonachea haya sido maestra de Ramón Leocadio. También lo fue Miguel Jerónimo Gutiérrez. Ya hecho un jovencito, por un incidente con militares españoles, fue enviado a casa de un amigo abogado, en Puerto Príncipe, donde ¡oh contradicciones! el ambiente parecía más remansado. Allí se inició en la masonería en la Logia Tínima, junto a Ignacio Agramonte, de la cual el Venerable Maestro era Salvador Cisneros Betancourt. A los 19 años tomó las armas en Puerto Príncipe, el 4 de noviembre de 1868. Participó el 4 de noviembre en la toma de Guaimaro. Se le dio de inmediato el grado de teniente, por su labor de reclutador. Comenzó la guerra con la captura de militares enemigos y la ocupación de armas y monturas. Bajo el mando de Augusto Arango atacó a los españoles en Ceja de Bonilla, peleó en Sabana Nueva y Pitajones, a las órdenes de Ángel del Castillo y estuvo el 20 de julio de 1869 en el ataque a Puerto Príncipe, dirigido por Agramonte. Formó parte de la escolta del Mayor. Estuvo en el rescate del que sería después traidor, Julio Sanguily. A fines del 69 ya era comandante. Peleó el 1ro. de enero de 1870 en Minas de Juan Rodríguez, donde le hicieron al general Puello 223 bajas. Se le citó en el parte cubano del día. Formó parte de la legión invasora que en San Diego de Buena Ventura organizó Gómez para llevar la guerra a occidente. Peleó en Las Guásimas. Siguió a las órdenes de Maceo cuando Gómez partió a Jimaguayú a contener a Báscones. Después de la invasión fracasada de Gómez, fue enviado a territorio espirituano.

Libró operaciones sobre la trocha y Morón. El 10 de enero del 75 atacó y tomó el campamento de Naranjo. El 14 dispersó el refuerzo que venía hacia el campamento de Ranchuelo. Ocupó fusiles, balas, caballos y monturas. Cruzó la trocha 11 a 13 veces durante la guerra. El 25 de enero del 75, en Cumanayagua se incorporó a Gómez, quien al fin había invadido Las Villas. El 26 salió por el norte de Sancti Spíritus. Gómez ordenó al brigadier González invadir las jurisdicciones de Villaclara y Cienfuegos. En esa tropa marchó Bonachea, quien peleó en Marroquín, Chambas y Jatibonico.

El 26 de diciembre se había casado con su vieja conocida de niña, Victoria Sarduy, ante el prefecto de Santa Cruz del Sur. A su primera hija la llamó: María América Ana. En el 78 nació su hija Leocadia. Poco después partió Bonachea a cruzar la trocha hacia Las Villas orientales para continuar la lucha. El 27 de abril del 76, bajo el mando de Gómez, había entrado en Ciego de Ávila. En julio, a las órdenes del general Manuel Suárez, atacó Morón. A principios de 1877 pasó a Río Entero en Las Villas. En junio retornó a Camagüey, en la zona de Morón.

Se produjo el pronunciamiento de Lagunas de Varona. Salió Gómez de Las Villas. Dejó a Julio Sanguily al mando. Bonachea regresó a Camagüey y trasmitió el sentimiento de disgusto de los villareños a Gómez por la designación y surgió un incidente con el generalísimo por el cepo a que condenó a un oficial. Esto le impidió a Bonachea el ascenso a grados superiores. Por esa causa, en febrero del 78 solo había llegado a teniente coronel. Sin embargo, en su hoja de servicios de los Diez Años, se anota “valor a toda prueba”.

En Camagüey lo sorprendió la paz del Zanjón en febrero del 78. Bonachea no aceptó el vergonzoso pacto, continuó la lucha con menos de un centenar de hombres. Libró una campaña solitaria de catorce meses más, hasta el 15 de marzo de 1879, en que presionado de diferentes maneras dejó las armas. Pese a las solicitudes de que capitulara había continuado combatiendo en las proximidades de la trocha de Júcaro a Morón, Sancti Spíritus, Ciego de Ávila, Trinidad y Remedios. Asaltó Morón, derrotó al batallón Simancas, en la hacienda El Rubio se apoderó de los depósitos de pertrechos, salió victorioso en el combate de Cabeza del Negro, también resultó victorioso en la hacienda San Marcos, marchó desde la trocha a Remedios, donde hostigó fuertes. El 2 de noviembre Bonachea libró combates en Ciego Potrero y Vereda del Caballo con una guerrilla montada del teniente Carrión, le causó bajas y le ocupó caballos. Bonachea sostuvo otros combates A todas estas Bonachea, protestaría de que el general cubano Maestre le interceptaba toda la correspondencia.

El 10 de noviembre del 78 el Comité Revolucionario de Nueva York, le había enviado el diploma de general de brigada. Lo vino a recibir en abril, días antes de marchar de Cuba. El 14 Calixto García le escribió y lo encomia: “Hay quien pretende desviar a usted de la gloriosa senda […] Habiéndose usted colocado en ese puesto debe morir, antes que rendirse al enemigo…”, le dijo.
El enemigo le pidió parlamentar y a mediados de noviembre de 1878 se entrevistó Bonachea con el coronel Martínez Fortún en las cercanías del ingenio San Agustín, próximo a Zulueta.

Pero a nada se llegó. A fines de enero de 1879 atacó en el potrero de La Ceiba a una fuerza del regimiento de la Reina, y le quitó caballos, armas y monturas y le ocasionó bajas. El 14 de febrero de 1979 sufrió su única derrota en un punto entre Cabaiguán y Nazareno. El 15 de febrero la laborante Cuba le comunicó que un traidor trataría de incorporarse a sus filas para matarlo. Para entonces, le mostraban a Bonachea cartas de jefes capitulados y autonomistas, como Spotorno, en que le expresaban la necesidad y conveniencia de su capitulación pues ansiaban la paz y la reconstrucción del país o recibía la de patriotas, como Serafín Sánchez, quien conspiraba a favor de la próxima guerra y consideraba que Bonachea, con su actitud irreductible mantenía alerta a los españoles.

Serafín Sánchez, escribió: “…su permanencia en el campo hacía aquí imposible todo trabajo beneficioso y mi conciencia me exigía salvar a este hermano, contra quien los españoles lanzaban a asesinos que a milagro no lo mataron […] Al ver yo que la traición jugaba con él y que hasta la correspondencia del extranjero se la ocultaban sus jefes, decidí tomarme el empeño en que se marchara, salvando el honor de nuestro hombre […] Tal vez me inculpen […] pero yo confío en el porvenir y vivo con la satisfacción de mi conciencia”.

Por fin Bonachea dejó las armas en Hornos de Cal, a 22 kilómetros al sudoeste de Sancti Spíritus, poblado de Jarao. En la protesta afirmó que si bien no había capitulado ante los españoles, ni con sus autoridades, ni aceptaba el Zanjón se encontraba conforme en cesar la lucha. Evidenció, junto a Maceo, con su Protesta de Baraguá, ser la encarnación de la rebeldía cubana.

El 15 de abril del 79 Bonachea reunió en su presencia a los jefes, oficiales y demás patriotas que hasta la fecha habían estado sirviendo a sus órdenes les dirigió la palabra y suscribió la siguiente: “Acta. En el lugar denominado Hornos de Cal, inmediato al poblado de Jarao, a 15 de Abril de 1979, el Brigadier cubano Ramón Leocadio Bonachea reunió en su presencia a los jefes, oficiales y demás patriotas que hasta la fecha han estado sirviendo a sus órdenes, y les dirigió la palabra haciéndoles presente que cuando a principios del año próximo pasado tuvo conocimiento de las estipulaciones hechas en el Zanjón, no las aceptó por considerarlas perjudiciales para el país, y porque mantenía la creencia de que no contentos los habitantes en su generalidad con la dominación española ni con la preponderancia que en virtud de ella habían de ejercer en los pueblos de Cuba los hombres procedentes de la Península, y especialmente los militares y empleados, pronto se reunirían a su alrededor patriotas en número suficiente, y se organizarían fuerzas más o menos poderosas que harían recobrar a la Revolución la pujanza de sus mejores tiempos.

En tal concepto e inspirado solo por su amor a la patria, continuó luchando por la libertad e independencia de ella arrostrando todos los peligros y dificultades consiguientes al aislamiento en que a que había quedado reducido después de verificadas las mencionadas estipulaciones; pero habiendo transcurrido más de un año sin que el pueblo de Cuba respondiese al llamamiento que se le hacía y habiéndose manifestado muchos patriotas residentes en las ciudades y poblaciones y algunos de los mismos jefes capitulados que su actitud hostil en medio de la pacificación ya efectuada, al paso que les granjeaba el aprecio de los patriotas por su abnegación y liberalismo, perjudicaba al mismo tiempo los intereses del país, porque imposibilitaba los trabajos agrícolas, comprendía que era ya llegado el momento de reflexionar sobre la situación actual y resolver lo que más conviniese a la Isla de Cuba.

Con tal objeto había conferenciado con algunos compañeros, oído el parecer de patriotas notables y notoriamente prudentes, y consultado a algunos jefes capitulados; y enterado de la miseria que pesaba sobre las familias residentes en el territorio que había sido teatro de la guerra, así como también de que el pueblo se mostraba conforme con las instituciones liberales prometidas por el gobierno español, según ellos `dignamente representado en esta Isla por el General Martínez Campos, cuyas disposiciones demostraban indudablemente tendencia a mejorar la suerte de los cubanos y ponerlos en posesión de sus naturales derechos, haciendo desaparecer toda desigualdad entre insulares y peninsulares´ ha creído conveniente y beneficioso para el país deponer las armas, abandonar la actitud hostil y retirarse de la Isla con aquellos de sus compañeros que así lo deseen, pudiendo los demás tornar a sus hogares, aprovechado la palabra, las promesas y la buena fe del gobierno que se muestra dispuesto a dar a todos acogida y protección franca; con lo cual aspira a que, restablecida la tranquilidad en el territorio, puedan sus conciudadanos dedicarse a la reconstrucción de sus fincas.

Declara, en consecuencia que su resolución de dejar las armas y retirarse obedece solamente al deseo de no interrumpir la reconstrucción del país sin beneficio alguno para la causa de la independencia, bajo la inteligencia de que de ninguna manera ha capitulado con el gobierno español, ni con sus autoridades ni agentes, ni con este se halla conforme bajo ningún concepto. Así lo expuso dando, dando las gracias más cordiales a los jefes, oficiales, y demás compañeros que con él han cooperado y servido, por su abnegación y patriotismo, demostrado en todas las ocasiones, y manifestándoles que quedaban todos en libertad de retirarse a donde mejor les conviniese, en la firme persuasión de que dondequiera que se hallase podían contar con su buen afecto, gratitud y benevolencia. Enterados de estas manifestaciones D. Juan Bautista Spotorno, D. Serafín Sánchez y D. Juan Pablo Arias, jefes capitulados, así como los demás concurrentes firman este documento juntamente con el brigadier Bonachea y conmigo su secretario, agregando también sus nombres algunas personas que, sin haber estado presentes, han coadyuvado a preparar la determinación que en el propio documento se explica, Antonio Nicolau, Serafín Sánchez, Juan P. Arias, Rafael Félix Pérez, Tomás de Pina y Gómez, Cirilo A. Cancio, Miguel Mariano Gómez, Pedro Ignacio López, Juan B. Spotorno, Landelino Carbonell, El Brigadier Ramón Leocadio Bonachea. Como secretario Emilio O. Tamayo”.

Cuando marchó de Cuba en 1879, solicitó al gobernador general un comprobante de que no había recibido suma alguna de dinero, pues los hacendados trataron de entregarle 20 000 pesos, más 10 000 puestos por los españoles, tolo lo cual pidió se lo entregaran a sus hombres y él no tocó un centavo.

Ramón Leocadio Bonachea en incontables ocasiones intento, desde el exterior, de revitalizar la lucha en Cuba. Trató de venir como jefe de la llamada Expedición de Vanguardia, en 1884, en El Roncador. Pasó la noche del 2 de diciembre en Las Coloradas, en el golfo de Guacanayabo. Al amanecer del día 3 los mambises lograron acercarse a la costa. Bajaron dos exploradores. Uno de ellos, Pedro Ros, le preguntó a unos pescadores, ¿Dónde estaban y cómo ir hasta El Arrozal? Estaban en Las Coloradas, les dijeron. Los expedicionarios reembarcaron y El Roncador se dirigió a los bajos de Buena Esperanza. Bonachea pretendía desembarcar por Palo Alto, en el extremo occidental de Camagüey, entre el río Jatibonico y Júcaro. Zona para él conocida.

Los dos pescadores, a quienes preguntaron dieron cuenta a José Reitor, alcalde de barrio de Belic: “Andan Moros por la costa”. Entonces, Reytor y otros, fueron en un bote hasta el cañonero Caridad, fondeado en Cabo Cruz. Ramón González, práctico de la zona asumió el timón del cañonero. Esta nave divisó a las 2 de la tarde a El Roncador, que enfilaba tierra. Bonachea vio el cañonero. Pensó resistir, pero para no sacrificar a sus hombres hizo lanzar los fusiles y cartuchos al agua para privar de pruebas a las autoridades españolas.

El comandante de La Caridad, el cubano Emiliano Enríquez de Loño vio con los gemelos que los navegantes arrojaban al agua lo que llevaban. Pero un barbero jamaicano, desertor, tenía un documento dado por Bonachea cuando se desenroló. Amarrados los expedicionarios fueron llevados a Manzanillo. Cuando lo llevaban por las calles de Manzanillo, atrapado El Rocador, fueron víctimas de los escupitajos y las burlas de los voluntarios. Uno de los apresados más jóvenes se echó el sombrero sobre el rostro y bajó la cabeza. Bonachea le gritó: “Levanta la cabeza, que no es indigno luchar por la patria y la libertad”. El 4 de diciembre de 1884 se les tomó declaración. El día 6 fueron llevados a Santiago de Cuba en el Thomas Brooke. En Santiago los pasaron al Sánchez Barcaíztegui. Cuando este tuvo que salir los pasaron a Cayo Ratones, en medio de la bahía. El 13 de enero de 1885 los llevaron a las mazmorras del castillo del Morro.

Del Morro fueron al Jorge Juan, para ser juzgados. Condenaron a muerte a cinco por rebelión y filibusterismo al ya general de división, José Ramón Leocadio Bonachea, al coronel Porfirio Estrada, al capitán Pedro Cestero, al teniente Cornelio Oropesa y al práctico Bernardo Torres. A otros se les condenó a cadena perpetua, a Miguel Suárez y Pedro Ros a 17 años y a los marineros griegos a 12 años de reclusión. El capitán general Fajardo ratificó la sentencia. Fueron fusilados el 7 de marzo de 1885. Cerca de ellos colocaron a los otros reos, para que presenciaran la ejecución. Serafín Sánchez no solo denostó a las hienas colonialistas sino a los autonomistas, que no dijeron una sola palabra que pudiera haber salvado a Bonachea y sus hombres. Allí cayó el héroe de Hornos de Cal, el hombre que demostró durante ó más de un año la resistencia de los cubanos a la opresión.

*Doctor en Derecho. Profesor de Historia de Cuba, en la Universidad de La Habana, miembro de número de la Academia de la Historia. Premio Nacional de Ciencias Sociales y de Historia