American Gods: Una serie oscura, polémica y necesaria

Cuando finaliza cada capítulo de la primera temporada de American Gods queda siempre una insólita sensación de vacío y un extraño sentimiento de duda. Oscura y difusa en ocasiones, simbólica, irónica, filosófica y concebida como una gran metáfora, esta producción lanza agudas miradas sobre la sociedad actual y abre puertas hacia importantes preguntas sobre quiénes somos y qué hemos construido en nuestra historia mítica y real.

Inspirada en la novela homónima del escritor británico Neil Gaiman, esta serie cuenta la historia de Shadow Moon, un exconvicto contratado por un misterioso individuo para que lo acompañe en un viaje por los Estados Unidos ante una inminente guerra entre las deidades antiguas y los nuevos dioses de la tecnología.

Los primeros, olvidados ante la falta de creyentes, tratarán de recobrar su poder y frenar la influencia de los segundos, surgidos como representaciones de Internet, los grandes medios de comunicación, las redes sociales o la globalización.

Así, por ejemplo, dioses modernos como Media —en clara alusión a los medios de comunicación— dominan las creencias de las personas y son capaces de transfigurarse en íconos del cine o la televisión como Lucille Ball o Marilyn Monroe para legitimar opiniones. Otros, como el Señor Mundo —encarnación de la globalización—, conocen toda la información de sus interlocutores y la utilizan para concretar la dominación y eliminar cualquier identidad ajena a la suya.

Desde el punto de vista formal, American Gods es una obra transgresora en todos los sentidos posibles. Tanto en su banda sonora, como en la presentación de los personajes o la concepción de los escenarios, cada elemento aparece como un reto a los públicos y un desafío a la pasividad de los receptores. Allí radica una de sus grandes virtudes: evitar el acomodamiento a lo preestablecido para colocar al espectador frente al paulatino descubrimiento y construcción de esta historia, muchas veces matizada por cada una de sus experiencias o conocimientos previos.

Estéticamente inquietante, desde la misma presentación aparecen códigos que cada cual deberá descifrar si pretende adentrarse en un mundo compartido por seres mitológicos y deidades surgidas al calor de la tecnología. En una excelente secuencia de apertura, se entrelazan elementos de ambos bandos con símbolos tan sugerentes como un astronauta crucificado o la imagen de Medusa con fibra óptica en sustitución de las tradicionales serpientes de su cabello, un magistral adelanto del invariable desafío entre lo tradicional y lo contemporáneo que marca la trama.

En ese sentido, la fotografía, el uso del color, la edición y los efectos especiales aportan el realce necesario a una producción siempre enfocada a dejar a la audiencia con nuevas preguntas al cierre de cada capítulo. Violentas, oníricas y explícitas escenas de sexo, bruscos saltos temporales, el empleo habitual de la cámara lenta y una pasión por la angulación y los enfoques complejos, convierten a esta serie en una obra sustentada por su discurso profundo y encriptado, pero también por la fuerza de lo sensitivo y lo visual.

En American Gods nada queda al azar, ni siquiera el ritmo demasiado lento de las primeras entregas o su narrativa en ocasiones dispersa y desarticulada. En un contexto donde las series están llamadas a ganar adeptos desde sus entregas iniciales o sucumbir frente a otras producciones análogas, esas estrategias parecen arriesgadas y fallidas de antemano.

Sin embargo, aquí cumplen con éxito su objetivo y funcionan para narrar un mismo fenómeno desde ópticas diferentes, mientras conforman la historia general de la llegada de los dioses a territorio norteamericano y cómo han tratado de subsistir a través de los años.

En esa presentación coral de cada una de las fábulas aparentemente desconectadas radica la otra gran metáfora: una reflexión sobre el alma de la inmigración en los Estados Unidos y su construcción como país a partir de esa mezcla cultural que lo nutrió y que ahora niega frente a otros objetos de reverencia. No en vano la serie articula buena parte de su trama a partir de un código esencialmente norteamericano como el road movie, pero en este caso el viaje de descubrimiento revela una nación marcada por el racismo y por la pérdida de su fundacional espíritu de integración.

Para ello, la serie presta atención al arribo de los dioses antiguos a América, ya sea en barcos negreros, junto a colonos irlandeses o con navegantes vikingos, porque en su concepción general ellos también conforman un grupo de inmigrantes que tratan de sobrevivir y triunfar en una nación activamente en su contra. Icónica la escena de Vulcano —deidad romana del fuego y los metales— como soberano de un pequeño pueblo donde el culto a los fusiles roza en lo paranoico y asemeja la tradicional adoración a los dioses, porque esta producción habla también sobre el funcionamiento de la sociedad de masas y la pérdida de la identidad que implica asumir patrones hegemónicos.

Con escenas cargadas de un profundo simbolismo y diálogos matizados por sólidas reflexiones filosóficas, American Gods resalta por el espectáculo visual que propone, pero también por sus habituales referencias culturales y su afilada crítica hacia un tipo de sociedad cada vez menos interesada en lo espiritual.

Por lo pronto, la primera temporada concluyó como el gran preámbulo de la épica batalla por venir y dejó el camino listo para indagar por todas las respuestas. Una búsqueda quizás difícil y frustrante, porque el facilismo, la complacencia y lo banal no encuentran espacio en esta serie compleja y necesaria.