Benicio del Toro. Foto: K.
A mi amigo Antonio Boada, por abrirme esta puerta...
Al final... al final todo fue apuro porque “acaba de llegar mi invitado, ya te decía que almorzaría con un amigo”, pero yo, satisfecho, “tranquilo, ha sido un privilegio esta entrevista”, y él, disimulando la premura, “creo que ahí tienes suficiente material para escribir”. Le di la mano y “gracias, muchas gracias”.
Acababa de conversar poco más de media hora con un actor de Hollywood. Mejor dicho: un Actor, con “a” capitular, porque obviamente no es lo mismo un tipo con un Oscar, una Palma de Oro, un Premio Goya, que cualquier Jackie Chan o Sylvester Stallone, patadas van y balas vienen sin sentido ni justificación. Lo cierto es que jamás había estado delante de una estrella del cine mundial. Nunca, hasta que una conjunción propicia de los astros me sentó enfrente de Benicio del Toro en la terraza del Hotel Nacional.
Yo llegué antes. Por espacio de cinco minutos esperé a que bajara de su habitación, y entonces entró en escena el personaje, ajada la camisa, desordenado bajo la vieja gorra el cabello teñido de rubio para alguna película en ciernes. Caminó hacia mi mesa con la más acabada expresión de compadrito, sonrió levemente y acomodó en la silla sus seis pies de sangre española, italiana y amerindia.
Desde el primer momento, Del Toro se me pareció a Javier Rodríguez, su policía sin tacha en Traffic. Traté de ver algún detalle que lo ligara con Fred Fenster, el delicioso malhechor de Sospechosos Habituales, o con el guerrillero Che Guevara que encarnó para su amigo Steven Soderbergh. Pero aquella mirada reticente me llevaba, indefectiblemente, al agente incorruptible que le dio el premio de la Academia en el año 2000.
Nada delató en él al hombre acostumbrado a los platós, la reverencia universal y el grito de la fama. No daba la impresión de haber estado a las órdenes de Bryan Singer, Terry Gilliam, Sean Penn, o de haberse codeado con Robert De Niro, John Travolta, Matt Damon, Julia Ormond, Kevin Spacey, Anthony Hopkins...
Todo el tiempo habló bajo, casi entre susurros, sopesando cada palabra con la vista perdida en derredor, inquieta, como si se quisiera resguardar de un enemigo inexistente. Y fumó sin clemencia: en 37 minutos de diálogo, casi siempre tuvo un cigarrillo entre los dedos. Un cigarrillo Hollywood, acaso para tener presente que es actor. Uno de los mejores hoy en día.
Debo admitirlo: muy poca ganancia le saqué a mi socorrido recurso de la provocación. Benicio del Toro es un raro ejemplar puertorriqueño que hace de la ecuanimidad un mecanismo de supervivencia, y evade las preguntas incisivas con una elegancia educada en tantos años de contacto con los medios de comunicación. Jamás lo vi fruncir el ceño. Ninguno de sus gestos mostró incomodidad. Era solo uno más en la terraza.
-Déjame fumarme esto y luego me haces las fotos. ¿Qué es Cubadebate, un magazine?
-No, un sitio digital. El más visitado del país. ¿Ya puedo preguntarle, o prefiere tomarse primero el café?
-¿Y qué me vas a preguntar?
-Hablar con usted y no tocar el tema del cine es casi un sacrilegio. De eso y de algo más quisiera preguntarle.
-Pero mejor tengamos una conversación, no me pongas a contestar un cuestionario.
-Como quiera. Hablemos entonces. Quiero saber qué magnetismo tiene Cuba que Benicio del Toro regresa una y otra vez...
-Su gente, su historia... He venido muchas veces. Del 2001 al 2007 vine aquí frecuentemente a hacer el trabajo investigativo para las películas del Che, y en ese tiempo conocí a muchas personas, hice muchos amigos. Así es como pasan las cosas.
-Dicen que las películas dejan cicatrices en el alma del actor.
-Los personajes te educan de una u otra manera. Por ejemplo, en Miedo y Asco en Las Vegas, leyendo el libro y conociendo al autor, Hunter S. Thompson, se me abrió un nuevo modo de ver la literatura. Con Traffic me pasó igual, al trabajar directamente con una problemática tan delicada como la de las drogas. Y la película del Che, monumental, me enseñó mucho de historia de Latinoamérica. Creo que es la que más me ha marcado.
-En esa película, alguien afirma que para ser revolucionario hay que estar un poco loco. ¿Comparte ese criterio?
-Entre muchas otras cosas, hay que añadir eso. ¿Tú preguntas si yo estoy un poco loco para hacer lo que hago? Bueno, quizás lo esté.
Entonces sonrió. Tomó la taza de café, se me quedó mirando y murmuró:
-Hay que ser un poco atrevido. Más de lo normal. Aunque no del todo loco, porque hay que ser consecuente y tener orden y preparación. Pero sí, definitivamente hay que estar un poco loco para ser revolucionario y también para meterte a actor, que es alguien cuya carrera está en las manos de otros: el director, el escritor, el productor... La carrera del pintor o del músico está en sus propias manos; la de uno, no.
-¿Cree que cine y compromiso político deben ser un matrimonio, o pueden prescindir uno del otro?
-Pueden andar juntos, pero también es posible hacer buen cine con el único propósito de entretener. Porque al final de cuentas la idea del cine es escaparse.
-¿Cómo se abren paso las minorías latinas en Hollywood?
-Es complicado. Aquel cine resulta difícil para el latino, el modelo funciona parecido al del afroamericano o el italoamericano. Mira este año, a Alejandro González Iñárritu –que es mexicano- le dieron una ducha de Oscars, pero él los merecía hace tiempo. Algunos latinos llegan a Estados Unidos con un trabajo hecho en sus propios países, como Diego Luna o Gael García Bernal. Otros, en cambio, son formados allá, como es mi caso. El problema es que al latino lo van a invitar a hacer de latino, y el que escribe los libretos seguramente no lo es. Entonces serás narcotraficante, maletero, no sé... Porque esa es la pregunta verdadera: ¿Cuántos escritores latinos están en la industria, haciendo historias que le interese contar a Hollywood?
-Usted ha hecho de villano muchas veces. ¿Realmente es mejor ser el malo de la película?
-Es lo que hay, yo lo que hago es tratar de hacerlo interesante. El villano lo que puede usar un poco más la imaginación, crear más. Tiene mayor cuota de libertad por parte del guión, del director, y también del que lo encarna.
-A un periódico español le declaró que adora el misterio que esconde una pantera negra. ¿Cómo alguien que trabaja para estar en los ojos del mundo, puede ser una persona reservada, introvertida?
-Hay actores extrovertidos, y otros que no. Es como ocurre con el resto de la gente. Algunos prefieren el show; a mí solo me gusta cuando estoy trabajando. Soy un hombre calmado.
-¿Entonces queda poco de aquel picapleitos que fue en su infancia?
Puede que esta pregunta lo haya tomado por sorpresa. De ahí que volvió a mirarme fijo, como con ganas de decir “me tienes estudiado”. Pero no me lo dijo. Se limitó a otra chupada al cigarrillo, otra cortina de humo, otra sonrisa comedida.
-Pero era picapleitos para que no me agarraran. Ahora ya es distinto, porque no hago maldades. Salvo una que otra, claro está.
-¿Cómo se aprende a convivir con la fama?
-Día a día. No sé...
-¿Pesa mucho llevarla?
-Un poco. Ahora mismo es duro hablar con el “flash, flash, flash” de esa cámara de fotos. A veces estás en el aeropuerto y hay un desconocido que te está filmando... Actualmente todo el mundo es fotógrafo, hay poca privacidad. Aunque si te pones a pensar mucho en eso, puede entrarte el pánico. Fíjate, yo no sabía que me iban a tirar fotos aquí y ni me peiné, menos mal que me puse la gorra.
-Igual puedo esperar a que se peine...
-No macho, si voy a peinarme no vuelvo.
-Seguimos pues. Entonces usted vive con pánico desde 1995, cuando hizo Sospechosos habituales...
-Lo que dije fue que no puedes vivir en el pánico. Eso hay que evitarlo.
-¿Es el cine la literatura de los siglos XX y XXI?
-Claro está. Ya te decía que el cine es de equipo, un fenómeno muy complejo donde se unen todas las artes.
-¿Por qué lo acompaña la fama de ser un tipo complicado?
-Esa pregunta es para otra gente. Tienes que preguntarle a los que lo han dicho.
-Usted nació en Puerto Rico, vivió desde muy joven en Estados Unidos y tiene nacionalidad española. ¿Se siente de todas partes?
-Yo me siento puertorriqueño. No obstante, no es menos cierto que mi decisión de ser actor surge en Estados Unidos, toda mi preparación en el cine la obtuve allá, y lo que soy se lo debo a eso.
-¿Se considera un buen actor, un gran actor, o un hombre que tuvo la suerte de estar en la estación cuando el tren pasaba por ella?
-Yo creo que he tenido suerte, que he tenido talento, creo que en ciertos momentos he sido mejor que en otros. He tenido suerte, sí, pero ha llegado acompañada por el esfuerzo, la disciplina y el entusiasmo. Hay muchos actores de hoy que me gustan mucho, no creo que debiera ponerme a decir “yo soy un gran actor, caballo”, eso que lo digan otros. No creo que me toque a mí decirlo.
Foto: K.
Foto: K.
Foto: K.