Fue mi viejo - que ya he dicho mil veces no es mi viejo, sino mi padrastro - quien me llevó de su mano por primera vez a un estadio de béisbol. Dice mi madre, decía... que lo hizo para congraciarse con ella, y parece que la cosa funcionó para ambos y para mí también. Recuerdo que las gradas eran de palo, y crujían un poco aquellos listones de madera cuando los pisabas... eran estrechos, y parecía que ibas a caerte. Incluso te daba cierto vértigo mirar hacia abajo. Esa fue la primera vez que fui a un estadio, al Luis Pérez Lozano. Con cuatro años y medio. Y fue la primera vez que escuché hablar de Conrado Marrero... que no tenía nada en la bola, pero que los güevos le limpiaban el montículo, le allanaban el camino a la pelota hacia el home plate y que incluso, los usaba como saco de pez rubia, pero no para él. No. Se los daba a los bateadores contrarios para que entalcaran el mango del bate. A ver si podían conectarle a "aquello" que él les lanzaba con malicia.
Mi viejo dice que lo vio pitchear y que no había pitcher más inteligente que él.
Era único, no tenía ni somatotipo de pitcher. No tenía una bola rápida que asustara pero si tenía buena curva. Ahora, lo mejor que tenía era que donde el cátcher le ponía la mascota, ahí mismo él le ponía la bola. A la velocidad que fuera. Puede que incluso fuera a 70 u 80 millas… pero siempre lejos del bate.
El papá de Cheito, otro que jugó en el profesionalismo, pero en AAA, un día me contó que El Guajiro de Laberinto (vaya suerte que tenemos los villareños de tener guajiros en la pelota, dentro de su historia más excelsa) ni siquiera pitcheaba, “lanzaba”.
Aquel Guajiro, tenía una puntería inmensa y era valiente como ninguno. Cuando en Cuba sonaban los nombres aquellos, Ted Williams, Mantle y otros muchos más, uno no sabía cómo un cubano podía codearse de tú a tú con todos ellos. Cómo podía pararse en aquella tabla de lanzar y decirles: “vaya, coge lo tuyo”. Era increíble verlo pitchear. Era un deleite, de verdad. Logró que con un equipo de poca monta, todos en la Gran Carpa hablasen de él. A mí a cada rato me preguntaban si lo conocía, que si yo “le sabía algo”. ¿Cuál es su secreto? – me preguntaban.
El misterio, recuerdo, se descubrió, pasados muchos años, un día en que no sé quién lo fue a entrevistar. Marrero le dijo al “periodista” que él no entendía mucho de esos “lanzamientos nuevos”, de split finger, palm finger,… que en su época solo existía CURVA Y RECTA.
- También el cambio “Premier”. La slider… ¡y la de nudillos…! Pero sí, estos lanzamientos existen.
Entonces Marrero, medio dudoso le preguntó al hombre que como es que se agarraba la bola para hacer esos lanzamientos, y este le enseñó pelota en mano cómo era el agarre.
- ¡Chico – le dijo – así la agarraba yo también y a mí nadie me dijo nunca que eso se llamaba así como dices tú.
Después de eso, Connie, aquel que un día la revista Life llamase “El pelotero más inverosímil en los Estados Unidos”, cuyo nombre jamás pudo ser pronunciado correctamente por locutor norteamericano alguno, reveló que él se ponía a inventar “agarres” y que luego, durante los juegos, los ponía en práctica.
La historia es cierta. Tenía tantos lanzamientos Marrero de esos que él llamaba “curva”, que en su primera temporada como novato lanzó ante los Tigres un juego de solo tres hits donde, según su catcher, no lanzó una sola recta. Reporteros estadounidenses de la época acuñaron su porte fantasioso como “El Curvo”, y predecir su movimiento era inútil. Le gustaba rechazar las señas del catcher, negándose a lanzar una bola rápida, señalando con el dedo a su pecho, como si dijera: Yo me encargo.
Era pequeño, apenas 5 pies 5 pulgadas,…“parecía un hidrante de agua contra incendios. Era más fácil pasarle por encima, que darle la vuelta alrededor”, dijo Shirley Povich, el famoso columnista del Washington Post. Bob Wolff por su parte contaba que “parecía de todo menos un pitcher, pero sí que lanzaba como un pitcher”
Aquel que según Pete Runnells “ wouldn’t give his mother a good pitch to hit at” (no le lanzaría una bola buena ni a su madre) murió ayer en la Habana. Eso dicen. Yo no quiero creerlo. Y entre las muchas otras anécdotas que desde fiñe me contaron sobre él, está aquella que en su quinto día en las Grandes Ligas ponchó al temible Ted Williams con una bola de nudillos, algo danzarina, que Williams apenas vio. Ya ponchada “la presa”, Marrero salió caminando del montículo dándose golpetazos en el pecho y gritando en su chapurreado inglés: “Oye, mí querer más dinero”
Marrero siempre fue el que me contó mi viejo. El pitcher que no parecía pitcher, el del movimiento raro de wind up, el que no enseñaba la bola, el que sacó a los Red Sox de unos play offs lanzándoles un juego de 6 hits. O aquel, si mi memoria no me falla, contra los Atléticos de apenas un solo indiscutible. Marrero es el pitcher del que “aquellos dulces viejitos amigos de mi viejo” querían que él me hablara para lograr captarme hacia la pelota y la heterosexualidad, como método infalible para alejarme de la lectura de los libros. Marrero es la imagen más fiel del por qué y el cómo un David, viejo y enano, puede derrotar a Goliat disfrazado de almanaque. Alguien que con el tiempo más que pitcher se convirtió en leyenda.
Marrero es aquel de los seis lanzamientos contra los Orioles de Baltimore en el 99, a sus 87. Marrero es Marrero. El Dios de los pitchers en Cuba. Para siempre.