Italia tiene un problema. Un problema feo. Tal vez el más feo de los problemas. Su ministra de Integración, Cécile Kyenge, una mujer de 49 años, madre de dos hijas, oftalmóloga de profesión, es acosada e insultada desde hace ocho meses con una violencia feroz, en la calle, en el Parlamento, en la prensa y en la televisión. (Fuente: El País)
Guillermo TellEl racismo visceral y duro sobrevive y conserva agresivos sostenedores al tiempo que el oficial discurso integrador europeo exhibe dramáticas fisuras que sufre esta congolesa de origen, para quien también la globalización se detiene en cuanto a inmigrantes del sur se trate.
Lleva meses resistiendo con firmeza que grupos xenófobos le arrojen plátanos, le preparen sistemáticos acosos, la comparen con orangután en medios de amplia difusión, por ser negra, y todo bajo la mirada pasiva de buena de la política y la sociedad italiana, sin que ninguna autoridad actúe contra quienes atizan el irracional odio racial.
Los gitanos reciben ya su cuota de discriminación en un contexto de inquietante repunte de bandas neonazis cuya potencialidad desestiman los poderes pese al caldo de cultivo de una profunda crisis económica de origen sistémico, pero de la que se tiende a culpar a los inmigrantes, fuerza de trabajo sobre la que se ha levantado, por cierto, buena parte de las riquezas.
Según declaró la indoblegable Cécile "me echan la culpa de ser negra, de ser mujer y de ser extranjera, e incluso por una cuarta cosa: haber estudiado".
Inaceptable para la sobreviviente ideología de la raza superior, teñida de infames nostalgias colonialistas.