Primera Declaración de La Habana: “Cuba no falló”

Fidel en la Primera Declaración de La Habana. Foto: Raúl Corrales.

Desde hace más de seis décadas, desde cierta historiografía, se intenta rectificar el carácter socialista de la Revolución (proclamado públicamente en 1961). No tardaron en aparecer los que sostuvieron —todavía lo hacen— que aquel socialismo no era más que una importación del europeo en lugar de la catalización de un movimiento cultural subversivo que había comenzado décadas antes en la isla y que a partir de 1959 pasó a ser colectivamente protagonizado, y avalado como tal, por el pueblo.

Los prejuicios y clichés en torno al contenido (ideológico) de la Revolución Cubana han sido una constante dentro de un tipo de relato que la entiende subordinada a otros procesos hegemónicos y no como sujeto de sí misma: a la URSS y el campo socialista primero, y a Venezuela después. Dentro de esta línea destaca cierto esfuerzo por desvirtuar la autenticidad que ha caracterizado al proceso cubano; intentos sostenidos de anular su capacidad de autodefinirse, de reinventarse orgánicamente, y hasta su propia condición de ser y de existir.

Situarse del lado de los que aseguran que el comunismo llegó a Cuba como “calco y copia”, como imposición soviética de última hora o cual conveniente “tabla de salvación” ante las amenazas del imperio del Norte, es desconocer —y renegar— la vorágine transformadora  y creadora cotidiana de aquellos meses que le siguieron al triunfo; así como de toda la historia acumulada hasta esa fecha.

Tan temprano como el 2 de septiembre de 1960, la todavía llamada Plaza Cívica se vio abarrotada con más de 1 millón de ciudadanos, entre ellos obreros, campesinos, intelectuales, estudiantes, amas de casa, niños, ancianos, etc., reunidos en “Asamblea General del Pueblo de Cuba”. Aquel encuentro fue conocido a partir de su “Declaración de La Habana”, la Primera, porque dos años después vendría la Segunda.

Para entonces ya no era una novedad que la capital se colmara de miles de cubanos llegando de recónditos lugares. Recuérdese, por ejemplo, la concurrida “Operación Verdad” (1959), que motivó el desplazamiento espontáneo y hasta la improvisación de medios de transporte para salir con tiempo, incluso, desde el centro del país para llegar al Palacio de la Revolución en La Habana. O el icónico acto por el 26 de julio en la misma Plaza (1959), del cual trascendió en imagen aquel “Quijote de la farola”, que gracias al lente de Korda sirvió para aprehender mejor, desde la perspectiva de la imagen, el mar de gente allí reunida.

Las asambleas públicas y multitudinarias, espacios para el diálogo entre los dirigentes y el pueblo —entre Fidel y el pueblo— fueron símbolo criollo de un nuevo y mejor modo de democracia, más parecido al concepto nacido del ágora griega, pero resignificado por una Revolución democrática, popular y antiimperialista que puso en tela de juicio el clásico uso burgués del término.

Poco importó en este sentido la inexperiencia política de quienes ocuparon el gobierno o, tal vez, fue precisamente su juventud y su desconexión con las corruptas administraciones anteriores la condición suficiente para distinguirse a través de la conducción de tamaña osadía participativa. La Primera Declaración de La Habana fue un espectacular ejemplo “del efectivo ejercicio de la soberanía, expresada en el sufragio directo, universal y público” de la ciudadanía cubana, como bien figuró en el cuerpo del documento que se dio a conocer en la voz del líder.

Fidel en la Primera Declaración de La Habana. Foto: Raúl Corrales.

Había transcurrido apenas un año y ocho meses desde el triunfo, sin embargo la novel independencia estaba en peligro todo el tiempo. No pasó un solo día sin que la Revolución hubiera tenido que enfrentar, a la vez que iba transformando el orden de las cosas heredado, sucesivas agresiones orquestadas por los Estados Unidos.

Entre ellas figuraron las económicas y comerciales, como la suspensión de la famosa cuota azucarera y el bloqueo de las exportaciones a Cuba; acciones encubiertas de la CIA, dígase propaganda, formación de la contrarrevolución, sabotaje, desestabilización y atentados contra el proceso y sus principales líderes; guerra contra el campesinado hasta el punto de cobrarse la vida de muchos de ellos; y planes sostenidos para menguar la soberanía del país desde organismos internacionales, como la OEA. Nunca tuvo —ni ha tenido— la Revolución Cubana la posibilidad de planificar y construir la nación a no ser bajo ataque permanente de la potencia más poderosa y destructiva de la historia.

Un recuento de toda esa denuncia, del lugar de Cuba en el continente y en relación a sus aliados como la ex Unión Soviética y la República Popular China, pero también de cara al latinoamericanismo, forma parte de aquella Declaración de solo 5 páginas, que al día de hoy guarda absoluta coherencia en sus objetivos y sus principios. Releerla desde el contexto actual pudiera provocar un déjà vu hasta al más incrédulo de los observadores. “El imperio revuelto y brutal que nos desprecia” no solo no ha variado su modus operandi, tampoco su obsesión sobre esta isla indómita y sobre nuestro continente. Como documento histórico la Primera Declaración… trasciende además, por haber establecido formalmente las bases ideológicas del proceso revolucionario, definiendo a su vez la posición soberana cubana ante el mundo y su derecho a la autodeterminación sin injerencias de ningún tipo.

Con la valentía habitual que le imprimió al proceso, Fidel anunció con ella la decisión de establecer relaciones diplomáticas con todos los países socialistas y con China —a quienes Estados Unidos intentaba aislar y desarticular—. Y, yendo todavía más allá: “La Asamblea General Nacional del Pueblo declara ante América y el mundo, que acepta y agradece el apoyo de los cohetes de la Unión Soviética, si su territorio fuere invadido por fuerzas militares de los Estados Unidos”. Desde este lado de la historia, con Girón y la crisis de los misiles mediante, bien se puede juzgar la claridad y lucidez del líder en sus valoraciones y  decisiones.

Si este documento se erigió fundacional es, sobre todo, porque constituyó una firme e indiscutible declaración de los principios subversivos que definieron al proceso cubano y que fue respaldado desde el voto directo de las miles de personas que alzaron las manos durante varios minutos legitimando estos términos: “La Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba condena, en fin, la explotación del hombre por el hombre, y la explotación de los países subdesarrollados por el capital financiero imperialista.”

Mucha es la historia que atesora este país y muchos son los hechos que atender antes de enjuiciarla ahistóricamente. En su devenir ha sabido estar a la altura de cada difícil coyuntura impuesta y en esa sagacidad ha sido decisiva su temprana y permanente elección por el socialismo como ideología.

Un socialismo que lejos de haber sido importado en la década del 60 como hay quien pretende acuñar, ya había calado entre la vanguardia revolucionaria cubana fruto de su cultura marxista y del impacto que tuvo la Revolución Bolchevique en este lado del planeta. Esa simbiosis entre lo foráneo y lo autóctono fue interpretada y explicada no pocas veces por el mismo Fidel, quien aquel 2 de septiembre de 1960 (sobre la Revolución y su identidad) afirmó:

“Desde el primero hasta el último disparo, desde el primero hasta el último de los 20 000 mártires que costó la lucha para derrocar la tiranía y conquistar el poder revolucionario, desde la primera hasta la última ley revolucionaria, desde el primero hasta el último acto de la Revolución, el pueblo de Cuba ha actuado por libre y absoluta determinación propia, sin que, por tanto, se pueda culpar jamás a la Unión Soviética o a la República Popular China de la existencia de una revolución, que es la respuesta cabal de Cuba a los crímenes y las injusticias instaurados por el imperialismo en América”.

Cualquier semejanza con la actualidad no es fruto de coincidencias, sino de la permanencia de un sistema —el capitalista— que para sobrevivir requiere avasallar todo y a todos a su alrededor y para el cual cada proceso revolucionario que implique una alternativa humanista a él supone una gran amenaza que destruir.

Han pasado 66 años de aquella Asamblea General Nacional del Pueblo, sin embargo no podemos decir que el tiempo le haya sustraído vigencia. Por el contrario, constituye un punto de referencia propio a emular como ejercicio democrático directo.

Hoy, cuando al igual que en aquellos primeros años se pretende dejar absolutamente aislado a este país, constituye un deber moral volver a alzar la voz y sumar nuestros brazos para votar y repetir, con la misma conciencia de clase de esa ocasión —y junto a Fidel, ahora en el año de su centenario— la sentencia final de la Primera Declaración de La Habana:

Cuba no fallará. Aquí está hoy Cuba para ratificar, ante América Latina y ante el mundo, como un compromiso histórico, su dilema irrenunciable: Patria o Muerte.” O lo que es igual: ¡socialismo o muerte!

En la Plaza Cívica (actual Plaza de la Revolución), Fidel pronuncia un vibrante discurso donde da a conocer la "Primera Declaración de La Habana".