Foto de Archivo. Escritos Críticos.majfud.org
No deja de ser una ironía (y, al mismo tiempo, parte de la lógica capitalista y de los sistemas dominantes que lo secuestran todo) que los equipos de fútbol modernos hayan surgido en el siglo XIX de los gremios de obreros, de la clase proletaria organizada en sindicatos. Debido a la relevancia política y social de las organizaciones de trabajadores en el siglo XIX, las ligas de fútbol se convirtieron en confederaciones de clubes populares y, un siglo después, en empresas de multimillonarios con fines de lucro.
Todo, básicamente, ocurrió en Inglaterra, el reino donde nació el capitalismo en el siglo XVI, la Revolución Industrial en el siglo XVIII, las reivindicaciones obreras en el siglo XIX y la comercialización de la existencia y de sus emociones en el siglo XX.
Como consecuencia, también allí la pasión popular fue fragmentada, alienada, desmovilizada, controlada y vaciada de todo contendido político y social para producir dos destilados: por un lado, la pasión individual basada en emociones primitivas, ahistóricas (la horda detrás del tótem) y, por el otro, el beneficio del poderoso inversor, cuya pasión motriz es el incremento de su propio capital a través de la explotación de las emociones de las masas más pobres.
A su vez, las masas (agrupamiento de individuos bajo una bandera o dogma ajeno) pagan fortunas sin recibir un centésimo de su inversión. Su única aspiración es ver a su tribu ganar, cosa que no suele ocurrir con mucha frecuencia. Excepto para el dueño del tótem que venera la tribu.