Raúl y la lealtad a la leyenda

Raúl Castro en la Sierra Maestra.

Raúl era prácticamente el último de la fila, avanzaba con dificultad porque ponía el hombro de apoyo a Reynaldo Benítez, que tenía un tiro en una pierna y apenas lograba andar con la herida abierta que aún no le habían curado, varios días después de los ataques a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes.

A la entrada de la prisión de Boniato, Raúl levantó la mirada y vio a su hermano Fidel, en el lugar donde los soldados y oficiales del ejército batistiano, quizá imaginaron que sería mayor su humillación, y, sin embargo, la presencia de Fidel imponía por la firmeza de la mirada y la postura erguida, con aquella estampa de dignidad e hidalguía que Raúl le conocía bien de todos los combates en las calles, las tribunas y los desafíos temerarios.

Mil pensamientos y palabras se entrecruzaron con la mirada ambos jóvenes, y aunque no les permitieron acercarse ni conversar, la certeza de que uno y otro vivían fue suficiente para una intensa alegría. Raúl nunca olvidaría aquel instante tremendo y la imagen de Fidel persistiría en su memoria como una lección de entereza y valor, aún en el momento más áspero, en la más dura de las adversidades. Su hermano escribiría poco tiempo después:

“Los pusilánimes dirán que no teníamos razón considerando juris de juris el argumento rastrero del éxito o el fracaso. Este se debió a crueles detalles de última hora, tan simples que enloquece pensar en ellos. Las posibilidades de triunfo estaban en la medida de nuestros medios; de haber contado con ellos no me queda ninguna duda de haber luchado con un noventa por ciento de posibilidades”.

Cincuenta años después, su memoria recuenta aquellos días, medita en voz alta sus impresiones. Le pregunto por los libros que influyeron a la velocidad de la luz en su pensamiento y vuelve a Fidel, que le puso entre las manos la primera y más vehemente lectura de las realizadas a la altura de sus dieciocho años, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, de Engels, y luego, los libros de filosofía e historia que su hermano le comentaba entusiasmado llenaba de anotaciones, le explicaba en detalle, con una minuciosidad y profusión propias de un maestro.

No estaba muy lejos de esa entrañable circunstancia, había sido Fidel quien le convenciera de viajar a La Habana para comenzar los estudios en la Universidad y vencer en breve tiempo un número significativo de asignaturas, para él, significaba algo así como un preceptor, alguien que le señalaba un camino, alguien en quien podría siempre confiar, cuya estatura iría agigantándose después en la lucha, no solo como hermano mayor, sino como líder de la Revolución que ya también él soñaba para Cuba. Por todas esas convincentes razones, sin proponérselo, su vida sería la lealtad a la leyenda.

Raúl define a Fidel guerrillero, un militar que es a su vez un gran táctico y un gran estratega, alguien que conoce el arte operativo, alguien que graba en la memoria todos los detalles y geografías distantes en las que no estuvo jamás por las descripciones que solicita con una precisión de reparador de relojes o de afinador de pianos antiguos. Alguien, afirma Raúl, que adelanta lo que va a hacer el enemigo, como aquella vez que previó cómo iba a proceder Jonas Savimbi, durante una ofensiva allá en Angola, tan lejos: “va a volar todos los puentes desde Luanda”, vaticinó, y pudo decidir de acuerdo con lo que ya daba por cierto y luego sucedió así mismo, tal y como él lo había imaginado.

Para fundamentar su convicción, Raúl pone de ejemplo las palabras de Juan Bosh, el viejo luchador dominicano y amigo de Fidel desde los tiempos universitarios. A Raúl le gustaba conversar con él largas y amenas horas.

“¿Tú sabes por qué tu hermano vence siempre a los imperialistas?”, preguntaba a Raúl y de inmediato le respondía, “porque les aplica en política tácticas guerrilleras, por eso, cuando los yanquis están esperando que va a actuar de esta forma, él actúa de otra”.

A Raúl también le gustaba intercambiar opiniones con Rodney Arismendi, secretario general del Partido Comunista del Uruguay, a quien Raúl distinguía por considerarlo un hombre muy culto, muy bien preparado, muy amigo nuestro, que manifestaba sus discrepancias respetuosamente y no era un halagador.

Rodney Arismendi siempre le decía: “Tú tienes un hermano que es genial, que hubiera sido genial en cualquier actividad de su vida a la que se hubiera dedicado”. Y Raúl concluye que es verdad, y confiesa que prefiere citar esas palabras de dos políticos de América Latina, más que las propias porque a Fidel “lo conozco desde que tengo uso de razón y es mi hermano querido”.

(Crónica originalmente publicada en el diario Granma, 2003, a partir de una entrevista concedida por el entonces Segundo Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Ministro de las FAR, General de Ejército, Raúl Castro Ruz, el 30 de julio de 2003).