Primero de mayo, entre la verdad y la sorpresa

No asistía a un desfile de Primero de mayo desde hace algunos años. Estuve indecisa y temerosa, porque hace tiempo cumplí los 35 y uno se va limitando con la edad. ¿Llegaré o no? Para mis compañeros de trabajo, parte de mi familia, ¿seré una compañía o una carga? Siempre me ha asistido esta frase: “quien no arriesga ni gana ni pierde”. Y me lancé.

Pasaron por la esquina de mi casa y me incorporé. Me descubrió Marxlenin que dijo: "Ahí está Susana" , luego Geydi, una chica joven, me abrazó y seguimos a un paso normal para los demás, para mí muy apurado. Cantaban, reían y avanzaban en una turba de personas alegres, contentas.

Me fui quedando atrás, ya estaba a más de 100 metros de mi gente. Cuando pensé que los perdía apareció Geydi y me tomó de la mano, me sentí como niño que llevan a la escuela. Más bien como una madre auxiliada por su hija.

A mi derecha llegó una brisa salvadora desde un malecón que ofrecía un bellísimo espectáculo: asomaba un sol redondo y rojo sobre el mar azul. ¡Qué alivio! “Gracias Yemayá” dije y Geydi se reía.

Al fin llegamos, ellos respirando hondo, yo, con la lengua afuera. En ese momento, Indira, nuestra subdirectora dijo: “Oigan, hemos caminado 7 kilómetros y medio”. Ahí mi primera sorpresa: ¿Cómo he podido realizar semejante hazaña?

Por el camino pude observar a mí alrededor: cubanos decentes, respetuosos, bien vestidos, casi todos con pullovers alegóricos, lindos, con diseños increíbles. No vi a ninguno con ropa sucia ni raída. Se habían vestido para una fiesta.

La música formaba parte del desfile, y me encantó ver cómo los jóvenes de ahora entonaban las canciones de Silvio que yo canté en mi primera juventud. Repetían: “Vivo en un país libre cual solamente puede ser libre, en esta tierra en este instante y soy feliz porque soy gigante” Luego los Van Van hacían mover los pies y los cuerpos, algunos grupos hacían coreografías espontáneas, y al final se reían y abrazaban.

Los carteles, que años atrás no eran más que una caja de cartón cortada con un palo de escoba clavado, pintado con lo que hubiera y a veces con errores ortográficos, no estaban. Se exhibían banderolas hermosas con mensajes bien pensados (no negaré que quizás alguien confeccionó en su casa alguno de cartón, pero no destacaban).

De repente el Himno nacional me estremeció como hacía mucho tiempo. Quizás un sicólogo podría explicar por qué. Pasaron por mi memoria todos lo que no están. Unos en el cielo, otros en la tierra de otros países. Sentí la responsabilidad de representarlos.

Podría asegurar sin temor a equivocarme, que todo el que allí estaba compartió mi emoción. Y quizás te lo encuentras mañana en medio de un apagón echando fuego por la boca, criticando, denunciando, maldiciendo; no hay fuerza mayor que pueda hacernos ignorar nuestros sufrimientos e insatisfacciones, esas que nacen de lo mal hecho, de las malas decisiones que se tornan injustas y ni siendo ciego dejarías de verlas.

Pero por encima de eso existe una energía superior que impide a todo ser inteligente y justo avizorar la realidad de lo que vivimos los cubanos de Cuba. Y creo que el acto y la marcha tuvieron un error: faltó la inclusión de la voz de Pablo FG o de Alexander Abreu en un mensaje dirigido a quienes no crean en lo que he descrito. El recado es: “Lo que pasa es que tu no me calculas”