Los Ángeles 2028 bajo la sombra del Tío Sam

Imagen creada con inteligencia artificial usando Copilot.

Los Ángeles, meca del cine y la industria del entretenimiento, se prepara para escribir un nuevo capítulo en su historia olímpica al convertirse, en 2028, en la tercera ciudad del mundo —tras Londres y París— en acoger por tercera vez los Juegos de Verano.

Bajo el resplandor de Hollywood y el poderío de las grandes corporaciones patrocinadoras, la urbe californiana promete un espectáculo mediático sin precedentes. Sin embargo, detrás del brillo de los aros olímpicos que pronto coronarán el icónico cartel en la colina, se esconde una inquietante incógnita: ¿podrá Cuba, la pequeña isla del Caribe que ha desafiado durante décadas el bloqueo más largo de la historia, participar en esta justa deportiva?

En la memoria colectiva aún permanece el espectáculo anticomunista orquestado en vísperas de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984 por el mediocre actor que llegó a la presidencia de Estados Unidos, y que culminó con la lamentable ausencia de la Unión Soviética y de varias naciones del campo socialista, incluida Cuba.

La sombra de la exclusión vuelve a cernirse sobre los atletas cubanos, víctimas recurrentes de una política migratoria y deportiva estadounidense que ha escalado en los últimos años hacia niveles de absurdo intolerable. Los recientes casos de delegaciones cubanas a las que se les ha negado visas —incluido el bochornoso episodio de las niñas sofbolistas impedidas de competir en un torneo clasificatorio en Puerto Rico— no son simples “errores burocráticos”, sino piezas de un entramado político diseñado para marginar a Cuba de los escenarios internacionales.

La delegación cubana que debía participar en el torneo clasificatorio del Caribe para la Serie Mundial de las Pequeñas Ligas de sóftbol femenino, categoría 9-10 años, se vio impedida de viajar a la sede debido a la negativa de visado para varios de sus integrantes.

La embajada de Estados Unidos en La Habana concedió visas únicamente a las 14 jugadoras, negando ese derecho a los siete adultos responsables de conducir el proceso competitivo y velar por la integridad de las niñas, según informó la Federación Cubana de Béisbol y Sóftbol (FCBS). Y no ha sido un hecho aislado.

La hipocresía de Estados Unidos aflora cuando, al tiempo que salpica su retórica con los colores de la “inclusión” y los “derechos humanos universales”, sostiene prácticas que contradicen esos principios y viola flagrantemente la Carta Olímpica, la cual exige a los países sede garantizar la participación de todas las naciones sin discriminación. ¿Cómo confiar entonces en que Los Ángeles 2028 será una fiesta de unidad, paz y amistad entre los pueblos del mundo, cuando el gobierno estadounidense sigue utilizando el deporte como arma de presión política?

El silencio del Comité Olímpico Internacional (COI) ante estos hechos desdibuja por completo los valores olímpicos. Mientras actúa con mano dura contra otros países bajo argumentos geopolíticos, mira hacia otro lado cuando su principal patrocinador, Estados Unidos, aplica un apartheid deportivo contra Cuba. La pregunta salta inevitable: ¿dónde están los principios olímpicos de neutralidad y fair play?

Desde su opulenta sede en Lausana, el COI guarda un silencio que no es diplomático, sino político. Y profundamente parcial. Mientras sanciona con exclusión a atletas rusos y bielorrusos —incluso bajo bandera neutral— por el conflicto en Ucrania, no emite ni una sola condena cuando Washington niega visas a delegaciones cubanas, violando flagrantemente el principio de universalidad consagrado en la Carta Olímpica. Peor aún: calla ante el genocidio israelí en Gaza.

La hipocresía llega al extremo de permitir que atletas israelíes compitan bajo su bandera sin restricciones. El mensaje que subyace es evidente: el COI no castiga crímenes de guerra, sino a quienes no están alineados con Occidente. Mientras tanto, prefiere navegar en las aguas tranquilas de la diplomacia corporativa, donde priman los contratos millonarios con patrocinadores estadounidenses sobre los derechos de los atletas del sur global.

Si el COI no exige a EE.UU. el respeto irrestricto a los principios olímpicos —como sí lo hace con otras naciones—, Los Ángeles 2028 no será recordado como unos Juegos de unidad, sino como la consagración del deporte universal  secuestrado por intereses geopolíticos.

La obsesión anticubana del señor Marco Rubio, quien susurra bien cerca en los oídos del actual inquilino del Despacho Oval, ha convertido el deporte en un rehén más de su agenda hostil. Durante la administración de Donald Trump, esta política se radicalizó, desfigurando el espíritu olímpico y transformando el símbolo de unidad en un mecanismo de exclusión.

Con tres años en el horizonte, el mundo observa. Los Ángeles 2028 no será solo la mayor fiesta del deporte, sino también un espejo de su tiempo. El legado y el espíritu de Pierre de Coubertin serán puestos a prueba, al igual que los fundamentos de la ética olímpica, ante los desafíos de una era marcada por la extrema polarización política. Y Cuba, como tantas veces antes, deberá afrontarlos con la misma tenacidad y entereza con que sus atletas encaran la adversidad y conquistan podios.

Esperemos que Los Ángeles 2028 no sea raptada por el espíritu del Make America Great Again, en un émulo del desvarío supremacista que marcó Berlín 1936. Y peor aún, que las políticas antinmigrantes y el profundo desprecio que de ellas emanan no repitan las lamentables escenas de horror vividas en el Parque del Centenario durante los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996.