Vargas Llosa: El gran escritor a la derecha de la utopía

En la misma semana en que el escritor Mario Vargas Llosa recibía su Premio Nobel un hombre común en Cuba miraba con voracidad “tenderil” unos espejuelos en oferta. Los repasaba cuidadosamente hasta advertir el de su preferencia. Entonces llamó al vendedor y le pidió alcanzarle los artefactos.

Se los colocó con aire de quien se transfigura a la plenitud de un Narciso: ¿Y qué, cuán “americano” me veo?, interrogó a los presentes, mientras lanzaba una sonrisa estrepitosa e ingenua.

Parecería una anécdota fugaz, como esas estrellas que cortan con su filo luminoso la oscuridad de la noche. Pero no debemos engañarnos pues, lenta y pesadamente, las inclemencias de estos años devolvieron a algunos la vocación por parecidas luminiscencias, y no precisamente por las que cubren de misterio y esplendor el universo.

El hecho ocurrió un 9 de octubre en Cuba, la víspera de una fecha que marca los destinos de Cuba como los clavos sobre la cruz de Galilea. En Yara le surgió a esta tierra un Mesías de su destino, que la elevó al altar de la independencia, y a los mejores de quienes la habitan a santos expulsores de los mercaderes del templo, con su inmaculada vocación de humildad.

Curiosamente, en la semana en que Vargas Llosa recibía su Nobel se unieron otras extrañas coincidencias. Mientras las redes internáuticas se dividían por el otorgamiento del premio a este gran escritor, pero santificador furibundo de la derecha política y del mercado, la prestigiosa intelectual cubana Graziella Pogolotti lanzaba un aldabonazo contra la tecnocracia y en defensa del humanismo, ese sol que sitúa al hombre en el centro de todas las cosas.

Desde el sagrario derechista el famoso escritor Mario Vargas Llosa había proclamado que la utopía no es realizable. “La sociedad perfecta no existe ni va a existir, básicamente porque es imposible que la idea de la sociedad perfecta coincida en dos seres humanos. Varía con cada individuo, cada uno nos la creamos sobre la base de nuestras fantasías particulares, nuestros deseos, nuestra psicología. No se puede universalizar una idea de la felicidad, es cosa de fanáticos”, arguía.

Esta consideración del Vargas Llosa literariamente esplendoroso, aunque éticamente derrotado —o afiebrado por la nada utópica felicidad de los poderosos y los ricos— la rebatía Graziella, para quien uno de los grandes conflictos contemporáneos se diseña en torno a la contraposición entre tecnocracia y humanismo, cuando parece imponerse un utilitarismo miope.

Para esta figura prominente de nuestra cultura, en las antípodas ideológicas de Vargas LLosa, plantearse la necesaria refundación del humanismo no es pura especulación de ilusos. “La respuesta no habrá de proceder del materialismo vulgar, falsa moneda que, en última instancia, desconoce el papel del hombre ante las fuerzas ciegas de la economía”, sostiene.

Graziella, como otros, alerta que es tarea primordial en los tiempos que corren rescatar, atemperados a las premisas de la contemporaneidad y extrayendo las lecciones de nuestro propio aprendizaje secular, nuestra plataforma, válida para el porvenir y para dar respuesta a nuestros desafíos actuales.

También advierte que más que ninguna otra, la circunstancia cubana exige la asunción de una perspectiva humanista, término que —desde su consideración— no debe confundirse con humanitarismo. “Conferir a las personas un real protagonismo, basado en una participación responsable en la tarea concreta, en el empleo social de los diversos saberes, en la reivindicación del destino de la patria, hacer de cada quien objeto y sujeto de la historia”.

Mientras repasaba tantos desencuentros a propósito de la siempre dolorosa muerte, aunque sea de un hombre deslumbrante que no comparte las mismas ideas del bien humano, retornaba a la memoria aquel cuento de Jorge Luis Borges, en el que el escritor nos traslada al futuro; a un mundo y una época donde viven seres solitarios, aislados, que terminan por escoger “placenteramente” un final trágico.

Solo que la narración borgiana, aunque dura —como ya advertí en otra ocasión— deja una salida salvadora. Lo único que milagrosamente se salva es la utopía, porque al salvarse esta, también salva al ser humano, y en consecuencia lo mejor de él.