Llegó Mijaín y Erislandy abre la cuenta de Cuba

Mijaín López. Foto: Tomada de @AsambleaCuba.

Directo de Bulgaria, vestido de rojo y sonriente como siempre, el más grande luchador de grecorromana de Cuba, América y el mundo en Juegos Olímpicos llegó a París. Mijaín López, cual ébano inspirador de resultados, se alojó en la Villa y a las tres horas uno de los debutantes del boxeo cubano, Erislandy Álvarez, aseguró la primera medalla para nuestra delegación con su victoria en cuartos de final.

La espera que no desespera, pudiera ser el nombre de la novela que se ha propuesto el tetracampeón olímpico de la máxima división de la lucha clásica, quien está por sexta vez en estas lides, pues pocos recuerdan que concurrió a Atenas 2004, donde terminó quinto con 21 años. Cuando bajó del colchón griego, su entrenador Pedro Val vaticinó: "será el campeón olímpico del 2008 y hasta que él quiera". Y su alumno ha sido fiel a ese retrato.

Por supuesto, 15 días antes de su cumpleaños 42, Mijaín intentará la hazaña que nadie ha podido escribir en su deporte ni en una misma prueba individual durante 128 años de Juegos Olímpicos. Otros tienen más oros que él, pero la particularidad de hacerlo en cinco juegos consecutivos en la misma modalidad (y no sumando coronas colectivas) solo le corresponde al nuestro, por demás, uno de los deportistas que más reflectores levanta por parte de la prensa acreditada.

Y junto a él arribaron también otros estelares que aspiran a la cumbre olímpica no por derecho ganado, sino con sudores, llaves, suplex, pegadas, volteos y entrega sin límites sobre el colchón: Luis Orta, el campeón eléctrico de Tokio 2020 en una división superior; y Gabriel Rosillo, monarca universal de hace un año y que aún no ha subido a un podio olímpico, sobresalen entre los diez luchadores, que incluyen a dos mujeres.

Pero el primer día del octavo mes del año dejó para Cuba su primera medalla, que pudiera cambiar de color y todavía no cuenta en el medallero oficial, pero ya tiene nombres y apellidos: Erislandy Álvarez, quien bajó del cuadrilátero muy feliz tras una verdadera paliza de golpes sobre el ring al tailandés Bunjong Sinsiri.

Esta vez no hubo incertidumbre ni árbitros confundidos. Festival de piñazos, como diría mi hija cuando no sabía nada de boxeo.

El combate de Erislandy Álvarez ante el tailandés Bunjong Sinsiri. Foto: Ricardo López Hevia/Granma.

Quizás lo más destacada de su actuación no sea ni siquiera la presea asegurada, sino el desenfado, la buena forma física, el guion cumplido desde la esquina, la esgrima boxística de la escuela cubana, y también la guapería natural que nos ha hecho ser el país con más oros y medallas olímpicas en esta viril disciplina. Él no es un desconocido, ya es subcampeón del mundo, pero viene por más, por esa gloria del Olimpo que solo unos afortunados duermen con ella para toda la vida en casa.

En la antesala de las mejores jornadas que esperamos todos de Cuba, este jueves hubo inyecciones de optimismo y demostraciones convincentes. Aún quedan crónicas en el tintero, o mejor desde La Habana con los ojos de París.