Inauguración mojada y Cuba empapada

Cuba desfiló con su tradicional alegría. Foto: Oscar Alfonso Sosa.

Por cuatro horas seguí desde la televisión cubana una de las inauguraciones más largas –no recuerdo cuatro horas para abrir ningún evento deportivo– no solo de Juegos Olímpicos, sino de cualquier evento sociocultural, que al mismo tiempo brindara tanta cultura y creara tanto suspenso, como si todavía quedara tiempo para soñar en un mundo donde el deporte pide paz también, como en la era antigua, para guerras, muertos y soberbias de imperios.

Los Juegos Olímpicos de París 2024 prendieron los cronómetros este 26 de julio con un río Sena lleno de luces, barcos, banderas, cultura, deportistas, música, sorpresas, y un espectáculo que será recordado por ese recorrido histórico de una Francia que por tercera ocasión acoge una cita como esta, incluso aunque muchos ni siquiera sepan que la Torre Eiffel tardó en construirse dos años, dos meses y cinco días y fue durante 41 años el edificio más alto del mundo hasta 1930.

Esa misma Torre Eiffel sobre la que giró buena parte de la ceremonia (que parecía más concebida para la televisión que para los propios protagonistas de los Juegos Olímpicos, con inteligencia artificial incluida), volvió a ser esa imagen icónica que nadie quiso perderse, aunque la lluvia hiciera acto de presencia y por más de tres horas empapó a deportistas y artistas, como si quisiera ser ella la vedette de la fiesta.

Y a la delegación cubana, o al menos a la pequeña parte que le correspondió la delantera de la barcaza, la vimos empapada de la llovizna, pero también de alegría y optimismo. Julio César La Cruz e Idalis Ortiz portaban la bandera y hasta más de una sonrisa vibrante por lo inédito de una ceremonia como esta se apreciaba en Luisa Mojarrieta y su hijo Rodolfo Falcón Junior; en la tenista Daniela Fonseca y en la clavadista Anisley García, por solo mencionar los que más captaron los fotógrafos.

Los medios reseñan que en medio de tanta majestuosidad y luminosidad, los organizadores franceses solo estaban pendientes de las alarmas de seguridad que les hizo paralizar su red de trenes de alta velocidad y hasta el aeropuerto de Basilea, en la frontera entre Francia y Suiza. Pero por suerte, por esa seguridad máxima, nada pasó y todos disfrutamos quizás de la apertura más larga y a la par más vistosa, de cuantas recordamos desde el siglo XX.

El encendido del pebetero, por más secreto guardado, terminó siendo menos sorpresivo que el más grande momento que todos recordamos: el de Barcelona 1992 y aquella flecha en parábola. Lo del globo aerostático iluminando todo París es increíble y mágico, pero la emoción cedió paso a la tecnología y otra vez muchos hicimos una mueca a esa historia bien guardada, que por suerte tuvo como colofón la voz de Celine Dion desde la Torre Eiffel en una canción que Édith Piaf inmortalizara.

Ver a deportistas universales con la antorcha encendida, más allá de los locales, como Rafael Nadal, Nadia Comaneci, Carl Lewis o Serena Williams, estremeció el orgullo universal de los franceses y de quienes nos remontamos a esa historia de siempre, cuando el deporte simboliza paz, fraternidad, amistad y un largo abrazo que ahora mismo pone punto final a esta crónica, nacida desde lejos, pero agradecida de nacer un día como hoy, cuando el movimiento olímpico regresó a la luz, a la ciudad más cosmopolita y universal de cuantas hay en el mundo. Gracias París.

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