Ni Martí después de la Fernandina, ni Fidel después de Alegría de Pío, ni cuando la amenaza nuclear presagiaba finales apocalípticos para este pueblo, se contempló la opción de la bandera blanca. Levantar ese estandarte vergonzoso y ponerlo sobre el capullo de las palmas, es el verdadero sueño irrealizado del Tío Sam.
No se trata de pequeños pañuelos en manos aisladas, pactando rendiciones por parte de aquellos que han decidido alejarse de la resistencia colectiva, se trata de una rendición mayor que significaría el final de esta historia de luchas, otorgando una victoria pírrica a los que han puesto todo el poder y el dinero para aplastar a una pequeña nación que los supera en dignidad y orgullo.
Suben las apuestas de quienes aspiran a llevarse la fruta madura y en el gastado cuaderno de planes postergados, anotan de nuevo los mismos augurios, mientras pasan rayas a los anuncios inútiles de un final que no llegó.
Cómo prinpales éxitos en la guerra feroz que se nos hace, se jactan de haber conseguido más carencias y haber hecho la vida más difícil a los cubanos, se sienten cómodos apretándonos el cuello, mientras aplauden cuando algunas de las propias víctimas aseguran que el bloqueo no existe, como si las manos del verdugo solo fueran una fatal ilusión o un simple invento del estado.
Ningún pueblo del mundo ha sido capaz de resistir por tanto tiempo el golpe fenomenal del gigante de las siete leguas, solo el sentido de patria y la unidad nos han mantenido a salvo, solo comprender que algo tan sagrado como la independencia está en juego, basta para decidir que pasados otros doce meses, acá estaremos sin que los prismático enfilados desde el norte divisen, sobre el capullo de las palmas, la bandera blanca.