Muchos atribuyen a Aristóteles y a Plutarco las primeras citas de un dilema, hoy medio humorista y medio filosófico, que se refiere a lo primordial histórico en cuanto a la existencia del huevo o de la gallina. El filósofo griego hizo descripciones importantes del mundo natural según la información fenomenológica de la que se disponía en el cuarto siglo antes de nuestra era. Y sacó algunas conclusiones, hasta donde se podía en aquellas condiciones. Se afirma que concluyó, sabiamente, que se trataba de una secuencia infinita de huevos – gallinas sin un origen cierto. Cuatro siglos después, Plutarco en Roma se reporta que extrapoló el asunto a la gran interrogante de los tiempos acerca de si el mundo tenía o no un comienzo.
Hoy sabemos que el proceso de la vida es complejo y ramificado. Los individuos vivos somos parte de ella y en constante cambio. El comienzo es el de todo ese sistema con las moléculas que dieron origen a los primeros eventos de alimentación y reproducción autónomos. Lo del huevo y la gallina es parte de la cadena: los dos forman parte de ella y no hay primacía causal.
La economía de un país es también un sistema que tiene que ver con las relaciones que establecen los seres humanos para crear y gestionar lo que llamamos “valor económico”, o simplemente “valor”, y beneficiarnos de ello. Este es una categoría abstracta, inventada como elemento de medición, pero que se materializa en la capacidad de disponer o no de recursos para cualquier propósito en el universo de las relaciones humanas.
En momentos de crisis, al igual que en los de prosperidad, todos nos interesamos e intercambiamos activamente acerca de lo que debe hacerse para mejorar nuestras condiciones de vida. En las múltiples discusiones que los cubanos emprendemos hoy acerca de economía y mucho más, en cualquier escenario, incluyendo preferencialmente las “colas” o filas de espera tan frecuentes, se presentan casi siempre opciones de solución de lo que debe hacer nuestro gobierno en este campo. Las opciones que se oyen suelen ser muy creativas, radicales, simplistas, sublimes, espirituales, liberales, comunistas, optimistas y pesimistas. También se pueden usar más calificativos.
Si se toman como puntos de importancia prioritaria los de las reformas que deben hacerse, pueden tenerse en cuenta dos tendencias: I) la necesidad de creación acelerada de valor económico, haciendo énfasis en la exportación, para lograr lo que se necesita para abastecer un país que por pequeño no puede ser autárquico; II) la liberación del valor universal del dinero local para que se pueda usar en cualquier escenario en el intercambio para esos abastecimientos en cada acción y en cada momento, sea en el mercado interno o el externo.
Resulta que la creación de valor exportable para poder importar lo que se necesita es primordial, pero no se puede lograr sin el trabajo de los actores locales. Por otra parte, la conversión de la moneda nacional en dinero real de cambio universal e irrestricto requiere que esos actores locales puedan disponer de mercancías de todo tipo, incluyendo por supuesto a los servicios, para que el valor de su dinero se pueda realizar. Una parte importante de ello tiene que provenir del mercado exterior. Se trata de un dilema muy parecido al del huevo y la gallina: ¿cuál es el primero a resolver?
En realidad, la inmensa mayoría de los demás países del mundo no tienen este dilema, al menos de la misma y dramática forma. No deben de existir muchos casos en los cuales la situación de emergencia que provocó que se le quitara convertibilidad legal universal a la moneda nacional se haya prolongado tanto tiempo. En nuestro caso eso ocurrió unos pocos años después del triunfo de la Revolución, originado en el bloqueo de los vecinos del norte y por la asimilación de las formas económicas del mundo socialista de entonces. Se atenuó durante casi una década en los años 90 del pasado siglo, durante la crisis de esa época y mucho ayudó a salir de ella, al menos parcialmente. Sin embargo, la restricción legal del cambio se volvió a establecer desde principios de este siglo y solo se ha atenuado levemente de forma oficial con la reapertura muy limitada del mercado cambiario hace poco más de un año.
Sin embargo, el escenario actual incluye un floreciente y multiforme mercado cambiario oculto que permite que el renacido sector privado de la economía utilice la moneda nacional, se beneficie de sus bondades como dinero y se rija por sus reglas de mercado. Quedan ajenos a ese desarrollo los principales entes de producción de valor del país, que se concentran en el sector público en forma de la empresa estatal socialista. El llamado sector presupuestado, donde se concentran las joyas del bienestar del socialismo cubano, como es el caso de la salud, la educación y la seguridad social también queda fuera.
Toda esa parte social de la economía queda incluso a merced del sector privado en estas condiciones. No puede realizar muchas funciones elementales por si misma con la moneda que gestiona debido a las restricciones legales que tiene para su cambio universal y acceso al mercado. Se ve obligada entonces a comprar esas funciones imprescindibles en la economía privada con esa moneda a precios diferenciados. Ese valor si le sirve con capacidad liberatoria ilimitada a este, precisamente porque en sus manos tiene cambio universal dentro del mercado oculto del cambio de divisas.
La forma de salir del círculo vicioso está sin dudas en un aumento de la producción de valor y en dedicar una parte sustancial a la exportación. De esa forma se aumenta la oferta interna de bienes y servicios y se puede restablecer el valor del dinero, saliendo de la espiral inflacionaria actual. Pero para eso se requiere eso mismo: la moneda debe ser dinero y tener valor para todos, sea el pueblo de Cuba o sean los empresarios privados. No se puede exportar lo que no se produce por no poderse pagar adecuadamente en el mercado interno, que es el que genera todo el valor nacional.
Al igual que el dilema del huevo y la gallina, este tiene que resolverse construyendo imparablemente ambas soluciones, como un sistema. No puede olvidarse ni preterirse nunca alguna de ellas. Un matemático nos diría que la solución del problema se basa en una combinación lineal donde la convertibilidad de la moneda y la necesidad de aumentar las exportaciones son dos términos determinantes, cuyos coeficientes de participación deben ser ambos los más importantes.