Rey & Gaby: De símbolos y banderas que no nos representan

Foto de presentación de las hamburguesas. Foto: Captura de pantalla

Una bandera de Estados Unidos adorna la “Hamburguesa americana” del restaurante Rey & Gaby, sita en G y 25 en el Vedado capitalino. Huevo frito, queso gouda, bacón, lechuga, tomate y vianda frita completan la presentación del plato de 1300 pesos moneda nacional.

Lo que pudiera parecer algo común en otros lugares, por ejemplo los de comida mexicana o italiana, tiene una doble lectura en un momento en el que la colonización cultural se impone con más fuerza, y donde la cultura, incluida la culinaria, se ve como una mera mercancía y constantemente se reproducen patrones para vender una “realidad paralela” a más de 90 millas, muchas veces, maquillada.

En Rey & Gaby el servicio del local es impecable, de hecho, la imposición del 10 por ciento de la cuenta, cuando la propina debería ser voluntaria, pareciera que garantiza una atención diferenciada de aquellos lugares que no lo exigen.

El trato al cliente, un ambiente amenizado con música pop estadounidense, códigos QR y pago online en tiempos de bancarización y los susurros del resto de los comensales, complementan la visita a un lugar donde la cuenta perfectamente puede superar el salario medio de un trabajador estatal en Cuba.  

El ambiente parece color rosa: platos con presencia y calidad, con un trabajo refinado de un grupo de cocina para nada amateur que contrastan con precios que triplican la media de los establecimientos gestionados por el sector no estatal, desde un café expreso a 300 cup, un agua natural en 320, hasta un refresco nacional en 380 o una malta en 570.

Esas cifras propician otras interrogantes: ¿quién se encarga de velar por establecer un tope a los precios de los lugares privados? ¿Debería existir alguna ley que permita controlar el precio máximo a la reventa de productos nacionales, muchas veces superior a los importados? Quien le pone el cascabel al gato. 

Más allá de estas urgencias básicas y de los montos de infarto ─comunes, tristemente, no solo en este restaurante─ otras cuestiones como las planteadas al inicio conllevan a análisis distintos.

Si bien en Rey & Gaby se ofertan platos identitarios de los Estados Unidos, de la llamada “fast food” como hamburguesas o papas fritas, el menú va más allá y también figuran la comida italiana como pastas o pizza, postres, o entrantes como croquetas o bolitas de queso.

Por eso y a partir de este menú, la comida del local no se reconoce como identitaria de EEU; no se justifica que dentro de esas cuatro paredes se imite a una cultura extranjera que no lleva el sello de ese restaurante.

Entonces, ¿se trata realmente de vender con la bandera estadounidense la comida típica de dicha nación, o es un proceso de culturización? ¿Es necesario vender o hacer un producto más llamativo a partir de símbolos que se intentan imponer para desplazar a aquellos más arraigados a la idiosincrasia del cubano? ¿Hay que colocar el mercado por encima de la cultura, de lo que está bien o mal? ¿A qué le dan promoción, a la comida o al propio país? Dudas que quedan sobre la mesa.